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Hermanos del Resucitado

El papa Juan Pablo II, consagrado beato, convocó el 27 de octubre de 1986 a la Jornada de Oración por la Paz. Nos preparamos para celebrar los 25 años. Federico Palacios.

17 de mayo de 2011 a las 12:01 a. m.
Federico Palacios (Laico católico; miembro del Comipaz)
Hermanos del Resucitado

Desde hace unas semanas, nos encontramos celebrando una vez más la Pascua del Señor, que es nuestra Pascua. Pascua que es una realidad en dos dimensiones inseparables: la del sacrificio, por su pasión y muerte, y la gloriosa, por su victoriosa resurrección. Si miramos sólo a una de ellas, no contemplaremos el misterio pascual en su conjunto, parcializándolo con graves consecuencias para la vida cristiana. Nuestro Señor nos salva íntegramente, como sólo él puede hacerlo. A lo largo de las primeras semanas, hemos contemplado los pasajes evangélicos de las apariciones del resucitado. En uno de ellos, a María Magdalena el Señor le dice: "Ve a decir a mis hermanos: subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes" (Evangelio según San Juan 20, 17).Esta expresión resulta para nosotros muy sugerente, ya que el Señor nos llama a nosotros, sus discípulos, como "hermanos"; por otra parte, también nos indica que su Padre es nuestro Padre. En algunos pasajes evangélicos también nos llama "hermanos" (Mateos 12, 46-50; Marcos 3, 31-35; Lucas 8, 19-21), en evidente alusión a que somos de su familia los que escuchamos la palabra y cumplimos su voluntad.Sin embargo, en esta oportunidad, el Señor lo está diciendo en un contexto muy diferente: son sus primeras palabras como resucitado. Cuando toma el micrófono ya como vencedor sobre el pecado y la muerte, es para decirnos que somos hermanos de él e hijos del Padre. Si damos un paso más en la contemplación de la escena, podemos tomar conciencia de que se lo está diciendo a una mujer (sin poder para testimoniar legalmente, en la tradición judía de esa época): "Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes". Filiación y fraternidad. Sin lugar a duda, el primer fruto de aquel amanecer pascual fue el don de la filiación y el de la fraternidad, el de una fraternidad sin fronteras, sin muros, sin discriminaciones. El corazón de Dios Padre nos adopta como hijos y nos concibe como hermanos entre nosotros. Se trata de una experiencia de fe que tenemos que renovar continuamente si queremos contagiar la frescura de aquella mañana de pascua primaveral. Es la mejor noticia (la "buena nueva", el Evangelio) que podemos transmitir a nuestra sociedad: ¡somos hijos, el Padre y todos hermanos de Jesús!En la tradición de la Iglesia, se ha percibido siempre a los santos como nuestros hermanos mayores, testimonios vivos de la eficacia de la Pascua de Jesucristo. Precisamente, uno de nuestros hermanos mayores, que nos presidió como vicario de Cristo a lo largo de 26 años, el 1º de mayo último fue reconocido como beato: se trata del papa Juan Pablo II, quien visitó la Argentina en 1982 y en 1987, y pisó tierra cordobesa en su segunda visita. Su lúcida intervención forjó una paz estable entre la Argentina y Chile.En consonancia con esto, no podemos dejar de hacer pasar por el corazón ("re-cordar") aquella primera Jornada de Oración por la Paz del 27 de octubre de 1986, en la que el sucesor de Pedro convocó a numerosos representantes de las diversas religiones del mundo. Precisamente, este año celebraremos los 25 años de aquel inspirado y original gesto.Gracias, beato Juan Pablo, porque con tu vida y con tu empeño como misionero nos comunicaste a los cristianos del nuevo milenio la frescura de aquella mañana de Pascua, diciéndonos una vez más: "No tengan miedo, ¡abran las puertas a Cristo!".