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Había quecelebrar

Llegamos a esta democracia con una dictadura en retirada después de haber sufrido la derrota en una guerra impensada. Tocábamos el cielo con las manos.

15 de diciembre de 2013 a las 02:28 p. m.
Había quecelebrar

Había que celebrar. Era demasiado importante para la historia de los que estamos presentes, los que ya estábamos en aquel diciembre de 1983, los que vinieron después y los que no alcanzaron el umbral de la democracia prometida, esos que la soñaron alguna vez pero su tiempo se derramó bajo las botas. Había que celebrar 30 años de democracia, claro que sí, porque tiene que ver con lo permanente y no con lo circunstancial, y hoy, la vigencia de las instituciones parece haber echado suficientes y vigorosas raíces como para festejar que así sea, que tenemos un país entre manos y no un país ajeno en manos de unos pocos. Había que celebrar por lo mucho que hemos sufrido mientras transitábamos estas tres décadas, cuando muchas veces sentimos que se nos caía la Argentina encima de nuestras cabezas, y respiramos jadeando, aplastados por la gran desventura nacional, aunque no fuéramos todos los que quedamos desamparados. Llegamos a esta democracia con una dictadura en retirada después de haber sufrido la derrota en una guerra impensada. Y aunque sentimos tocar el cielo con las manos e imaginamos que el devenir histórico de los pueblos también había estaciones y que esta vez nos tocaba la primavera, a poco de andar entendimos que el camino estaba sembrado de trampas. Hubo que padecer movimientos golpistas a la vieja tradición, como los que agitaron la Semana Santa de 1987, y luego otros sin armas pero con mucha contundencia, como fueron los movidas económicas que provocaron la hiperinflación y el saqueos de finales del gobierno de Raúl Alfonsín. Pero la década de 1980 no terminaría sin una de las peores versiones que tuvimos en esta democracia, y que fue la voluntad popular estafada cuando Carlos Menem prometió unas cosas durante la campaña electoral y luego ejecutó otras diametralmente opuestas. La clase política, entonces, muy lejos de la gente, se pretendió entendida en un asunto de profesionales, del mismo modo que la economía parecía sólo cuestión de especialistas formados en los centros de poder. Y fuimos en una dirección única hasta estrellarnos contra la trágica pared de diciembre de 2001. Y luego de las decenas de muertos en las calles por represión, pasó la semana y un poco más de los cinco presidentes, la policía ejecutando a dos líderes de la resistencia social y otras tenebrosidades que nos deparó la democracia en su versión más traumática. Luego vino una década que, con polémica y errores, transitó con crecimiento y numerosas reivindicaciones. Había que celebrar por eso, porque entre lo perdido y lo ganado, estamos de pie tratando de escribir nuestras páginas en un concierto regional diferente, insertos en una saludable convivencia sudamericana. Y había que festejar justo en medio de una semana de zozobra social, de desamparo y fractura de la convivencia a partir de la huelga policial de Córdoba, cuyo ejemplo, saqueos incluidos, se propagó por casi todo el país y dejó una docena de muertos. Porque un reclamo acaso justo estuvo contaminado por planteos de extorsión y hasta sedición, lo que nos hace preguntar no sólo a quiénes les damos las armas, sino también si ya no es hora de encontrar otro modelo de relación de los poderes de la sociedad con la Policía. Sabemos que hace falta más democracia, más justicia social; que nos falta mucho para ser un país entero de buena gente. Pero había que festejar porque somos contemporáneos y estamos aquí, para verlo y vivirlo: 30 años de democracia representan un viejo sueño argentino, pese a todo y a todos los que sufren y los que se fueron sufriendo.