Pensar la infancia. Golpe final a la autoridad adulta
Muchos chicos sienten poder abordar “todo” –desde las tareas escolares hasta sus dilemas existenciales– en centésimas de segundo y en la intimidad de una pantalla. Entonces piensan: "¿Para qué sirven los adultos?".
Dos fallos judiciales recientes reavivan la discusión sobre el efecto perjudicial del uso de las redes sociales.
Un jurado del estado de California declaró responsables a Meta y a YouTube por afectar la salud mental de una joven –menor de edad al momento de los hechos y hoy con 20 años– a quien el uso excesivo le causó de manera directa “depresión, ansiedad y dismorfia corporal”.
La compensación económica ordenada llega a U$S 3 millones.
En Nuevo México, en tanto, otro jurado responsabilizó a Meta de no proteger a menores de edad frente a depredadores y a situaciones de explotación sexual (en Facebook y en Instagram), por lo cual les estableció una pena de U$S 375 millones.
Ambos casos podrían representar el inicio de un proceso que promete involucrar a más de 1.600 demandantes, que sostienen que “los servicios de redes sociales fueron concebidos para generar adicción y no ofrecieron mecanismos adecuados para proteger a los menores de situaciones de riesgo, entre ellas, la explotación sexual, el contacto con depredadores y el acceso a contenido considerado dañino”.
A modo de defensa, Mark Zuckerberg, CEO de Meta, aseguró que las investigaciones científicas disponibles “no demuestran que las redes sociales causen daños a la salud mental, y que sus plataformas no fueron diseñadas para ser dañinas ni adictivas”.
Tal vez su postura podría ser asumida como honesta, aunque cabría recordarle que, en sus inicios, la industria del tabaco no tuvo la intención manifiesta de causar el pavoroso daño asociado a fumar: la adicción masiva y los trastornos cardiopulmonares y neurológicos hoy tan reconocidos.
Lo cierto es que estas noticias judiciales refuerzan el cambio de percepción del rol de las plataformas sobre la salud integral infantil, motorizado de modo principal por familias y por escuelas que demandan más recursos para prevenir daños no limitados a lo físico o mental, sino a los frecuentes conflictos vinculados al uso de redes sociales entre estudiantes.
La revolución tecnológica dictada por el advenimiento de lo digital es descripta de modo sintético por el escritor Alessandro Baricco en su libro The Game: “En 20 años, la revolución ha ido anidando en la normalidad; en los gestos simples, en la vida cotidiana, en nuestra gestión de deseos y miedos”.
El autor habla del “ocaso de las mediaciones” para explicar que no se trata de la mera irrupción de la tecnología, sino de un cambio de mentalidad para pensar la realidad.
Los dispositivos –en especial, los teléfonos– parecen cumplir el anhelo de las nuevas generaciones de encontrar caminos directos a las cosas, evitando o saltando mediaciones hacia ese logro. “Ganar” tiempo y eliminar a terceros.
La consecuencia inevitable es el número significativo de personas que se abre paso hacia la obtención de datos (no de información) sin fricciones, y, usualmente, en soledad.
Muchos chicos sienten poder abordar “todo” –desde las tareas escolares hasta sus dilemas existenciales– en centésimas de segundo y en la intimidad de una pantalla. Entonces piensan: "¿Para qué sirven los adultos?".
Cada madre, padre o docente vive de manera cotidiana diversas dificultades en los modos de vincularse, conversar o mantener la atención de quienes eligen atajos, saltos de ritmo, tiempo y espacio con los que les resulta más intrigante y divertido reconocer el mundo.
Así advierten que internet –sus múltiples recovecos, incluida la IA– parece estar dando el golpe final a la autoridad adulta, hasta ahora indispensable fuente de salud infantil.

