Formación y capacitación para la política y la gestión
Los fallos de los gobiernos a la hora de dar respuestas efectivas a necesidades y problemas sociales gatillan el descontento ciudadano hacia los gobernantes y hacia la política democrática en sí. Esta pierde legitimidad cuando se acumulan los fracasos de gestión y, jaqueada, busca elementos externos para legitimarse.
Las malas decisiones, las defectuosas políticas y los pobres resultados van constituyéndose, cada vez más, en un serio obstáculo para la vida de la política democrática.
Los fallos de los gobiernos a la hora de dar respuestas efectivas a necesidades y problemas sociales gatillan el descontento ciudadano hacia los gobernantes y hacia la política democrática en sí. Esta pierde legitimidad cuando se acumulan los fracasos de gestión y, jaqueada, busca elementos externos para legitimarse.
Los encuentra en el discurso científico, que aplasta el debate político ideológico bajo el peso de una estructura de conocimiento cierto y acumulado que, aunque falible, permite siempre conocer la solución correcta a nuestros problemas. Una solución “científica”.
Esta abdicación de la política se hace visible en el sentido común, que atribuye las malas políticas a la falta de capacidad de quienes ocupan posiciones de poder y de decisión en gobiernos y administraciones. Crece así la sensación de que los dirigentes no están preparados, mientras no se discute qué significa esta preparación.
Es innegable que quienes pretenden liderar la comunidad deben formarse y capacitarse. Pero, tomada de manera acrítica, esta aseveración limita la participación en la esfera pública, clausurando la lista de legitimados para discutir los grandes temas que nos afligen.
La pregunta es: qué pedirle a la ciencia y qué pedirle a la política.
La tentación de suplantar política con ciencia conduce a pensar que existe algo así como una escuela para buenos gobernantes. Una escuela donde quienes toman y comunican decisiones que afectan a nuestros pueblos pueden aprender un conjunto de verdades históricas, económicas y jurídicas que, legitimadas científicamente, indican de manera más o menos clara qué constituye una buena política y una buena gestión. Y cuáles son los caminos para alcanzarlas.
La esencia de un buen gobierno radica en la política democrática. Sin dudas, la creciente complejidad de los problemas comunitarios obliga a recurrir al conocimiento técnico-científico para generar soluciones. Pero las grandes cuestiones de nuestro tiempo son transcientíficas: trascienden al discurso académico, aunque recurren a él; y sólo pueden resolverse por el debate político. Serio, fundamentado y responsable. Pero político al fin.
¿Qué exigir, entonces, de quienes ocupan nodos de poder y decisión?
Capacitación, sí. En herramientas de gestión, para los problemas emergentes de un mundo cada vez más complejo. Pero, fundamentalmente, formación. Política. En la prudencia y la razón práctica. Virtudes que en la ética aristotélica poco tienen que ver con afirmar científicamente verdades incuestionables ni con el uso de técnicas infalibles, sino con la capacidad de discernir, en cada situación e insertos en el ethos comunitario, lo que es mejor hacer. Una línea de defensa, en una democracia cuya legitimidad sigue siendo golpeada por la falta de preparación de sus actores.
* Licenciado en Ciencia Política

