Días contados. El festival de la ventana
La vereda se llena de mesas y las mesas de gente. La vereda repleta de cuadros rojos y blancos, y vecinos. La televisión se llena de música que viene, primero de Jesús María, después de Cosquín.
Gustavo Scarpetta
Es enero no hay aire acondicionado, ni en casa ni en la cuadra. Ni en el pueblo. Hay luna y resaca de las fiestas. El calor se combate con mesa afuera y comida fría.
Acá cerveza se escribe con doble r de porrón. Acá no se dice birra, eso es en Italia o en Buenos Aires. Con la mesa de rueditas se da vuelta el televisor blanco y negro para que apunte a la ventana.
La vereda se llena de mesas y las mesas de gente. La vereda repleta de cuadros rojos y blancos, y vecinos. La televisión se llena de música que viene, primero de Jesús María, después de Cosquín.
Cuando corría un airecito era una bendición. Las mujeres regaban a la tardecita porque decían que eso refrescaba. Los chicos celebrábamos los festivales en la ventana, porque eso prolongaba las horas que podíamos andar en la calle y juntarnos con los amigos de la cuadra.
Mi viejo leía la programación en La Voz y mi vieja la escuchaba en la radio. Se sabía el horario en que comenzaba, pero no cuándo terminaba. En la radio temprano anunciaron que estaba Mercedes Sosa o Atahualpa, que volvía después de varios años.
La doma por televisión
Antes, cuando la televisión no pasaba los festivales, estos se escuchaban por radio. A la doma la transmitía la vieja LV2. El nono se iba a la cama, cuidadosamente controlaba las pilas, y la radio recién se apagaba cuando finalizaba la transmisión.
El nono te contaba con total detalle cómo había sido cada doma, todo lo que había imaginado en su cabeza. Te hablaba de la Clidy Suárez.
Un año, el canal 10 anuncia que comenzará a transmitir el Festival de Doma y Folklore de Jesús María, y corrimos a avisarle al nono.
Todo fue vigilia desde entonces. No pasaban los días hasta el estreno de semejante acontecimiento.
Esa tardecita, durante el noticiero –noticioso decía el nono–, se conectaron por primera vez. Era en blanco y negro, y en esa casa se respiraba ansiedad.
Al otro día, partimos temprano para preguntarle al nono cómo le había ido en el debut. “Vayan por la callejuela”, dijo la mami, que hay menos autos.
Enero en la piel, no relinchaba un bagual en mi pueblo, sino que quemaba el calor.
Para enterarse de algo de alguien, había que ir a verlos y tocar el timbre. Había más hornos microondas que teléfonos y eso que hornos había pocos. Hoy tenemos un teléfono por pera.
Así que para enterarte algo de tus abuelos había que ir a verlos. La opción ahora es WhatsApp o Facebook, antes era callejuela o calle ancha.
El nono estaba sentado como siempre en la punta de la mesa. La nona, atrás, parada cerca de la pava, esperando que caliente el agua para el mate.
–Y nono, ¿cómo estuvo la Doma?
–Aburrida, aguanté un ratito y me fui a la cama a escucharla por la radio.
El festival de Cosquín
Un sábado de 1978, mi viejo decidió que iba a ir a Cosquín, pasar de televidente a espectador. Mi mamá lo miró sorprendido.
El lunes partíamos para La Falda, el martes íbamos a Cosquín y el miércoles mi viejo tenía entradas para ir a ver Talleres-Independiente.
El Dodge 1500 se llenó de galletitas e ilusiones. Las ventanillas bajas, la visita a los nonos el lunes a primera hora para la despedida y un largo viaje por la ruta 9 hasta Carlos Paz y luego llegar a La Falda. Aire acondicionado por el fresco viento que entraba por las ventanas.
Al lado de donde parábamos había un loro que anunciaba los diarios. “La Voz, la voz”. Mi vieja se quejaba de los precios y mi viejo del tráfico en la ruta. A nosotros nos prometieron ir al río y un helado a la noche, en caso de portarnos bien.
Todo marchaba de acuerdo al plan. El martes, el tiempo en el río fue más breve. Teníamos que prepararnos para la ida a Cosquín.
Estacionamos a cuadras de la plaza y el GPS era el humo de los choripanes. Había mucha gente y muchos policías. Mi vieja le recomendaba a mi viejo que no tomara nada.
Era la noche del regreso de Jorge Cafrune y nosotros hacíamos la cola para las entradas.
En un acto de improvisación diferente a lo que hizo toda la vida, mi viejo llegó hasta el final de la cola y charló con la boletera.
Nosotros jugábamos a un costado. Pidió disculpas y se abrió una conferencia cumbre entre mamá y papá.
Años después supimos que el tema era que mi viejo ya se había gastado el presupuesto de salidas del mes en la entrada de Talleres. Y el precio de las entradas era más cara de lo que esperaban.
Mi vieja lo convenció para que lo viéramos de atrás del tejido. Según ella, se escuchaba igual y pasó lo mejor de aquella noche.
La ñata contra el alambrado
Como era mucha la gente que iba para estar detrás del alambrado, con la ñata contra el vidrio, como dice el tango, aunque en este caso la ñata contra el alambrado, los vendedores ambulantes vendían periscopios.
Un artefacto cuadrado, de cartón blanco que tenía dos espejos inclinados, uno en la parte de abajo y otro en la parte alta. Entonces vos mirabas en el espejo de abajo y observabas lo que se reflejaba en el espejo alto, y de esa manera veías por arriba de la muchedumbre que se había formado fuera del Festival.
Entre el humo y lo lejano, lo mejor era la música. A nosotros el río ya nos estaba ganando la batalla y los ojos comenzaron a cerrarse. Todo fue silencio hasta que comenzó Cafrune.
Idealmente elegida, inició con “De nuevo, estoy de vuelta después de larga ausencia” de Luna Cautiva.
El argumento final de mi vieja para convencer a mi viejo de no entrar esa noche fue que al año siguiente volverían ellos dos solos a ver a Cafrune. Al día siguiente, mi viejo fue a ver Talleres-Independiente.
Unos días después –ya en casa– mi vieja estaba lavando la ropa y subió el volumen de la radio.
Cuando pasaba eso, o era Valeria Lynch o era algún muerto. Había fallecido Cafrune, un 1° de febrero de 1978.
En mi casa siempre se dijo que lo mataron. El viejo guardó los discos de Cafrune en el baúl del patio. Guardamos los periscopios y al poco tiempo, mi vieja que no tiraba nada, los tiró.

