Días contados. En mi familia todos usaban capa, menos yo
El primer maestro que uno tiene es el hermano mayor. Y el actor de todas tus películas. Mirás al lado, y ahí está, en las fotos cuando te recibiste, cuando te casás, en la foto del día que nació mi primera hija, en ese momento tan sagrado, lo primero que hice fue llamarlo.
Me perdí tres años de juegos y de charlas. Así son las familias, relegan al hijo menor a tener recuerdos diferentes. Siempre contaban las anécdotas de los días previos a mi llegada, pero no sé nada de los días previos a la llegada de mi hermano.
Mi hermano nació con el Cordobazo. Se escuchaban las bombas, decía mi mamá, aunque no creo que se hayan escuchado desde Oncativo. En la tele mostraban una de las manifestaciones más fuertes del siglo en Argentina y tal vez la más importante de Córdoba. Eran días de gobierno militar y familia de tres.
Nació en 1969, supongo que en mayo para llegar a ver al hombre pisar la Luna. Siempre le gustaron los astronautas, los alfajores y los enchufes. Jugaba de 4 o de arquero. Le hizo al básquet y, por su culpa, me llevaron primero a picar una pelota antes que al jardín de infantes.
Los viejos armaron un viaje a Buenos Aires en pleno abril de 1978, no eran vacaciones, pero se les parecían bastante. El viejo tenía que viajar por trabajo. Hacía frío en una capital, que era la primera vez que visitábamos. Todo era grande e increíble, el Cabildo, el Obelisco y los edificios.
En mi pueblo, lo más alto que había era el ombú del patio del colegio.
La primera noche, después de un extenso viaje por la antigua ruta 9 y mis 6 años, nos dormimos en el departamento de la calle Uruguay, cerca de Corrientes. Para la segunda noche, la idea de los viejos fue llevarnos al cine a ver una película que rompía todo: Encuentro cercano del tercer tipo. “Es una película de extraterrestres“, dijo la vieja. “Es de Spielberg”, dijo el viejo.
Presentes en las novenas
Fuimos juntos a dibujo, básquet, escuela de verano, pileta del club, inglés y a la novena de la Virgen, que terminaba el 8 de diciembre.
Éramos tres hombres en toda la iglesia: el cura y nosotros dos. Íbamos en la fila para dejarle flores a la Virgen.
La novena de la Virgen eran nuevas misas seguidas antes del 8 de diciembre, que es el día de la Virgen y siempre es feriado.
Nuestra mamá, apenas terminamos las clases, nos sumó a la novena. Mi hermano tenía 10 y yo 8. Él me confesó tiempo después que nuestra mamá lo había convencido de ir con el argumento de que, si íbamos, la Virgen iba a interceder ante el Niño Jesús –al fin y al cabo era su madre– para que le trajera la bici para Navidad. A mí me convenció la idea de estar con él.
Resulta que esa Nochebuena una bici azul, extraordinaria, marca Cincia, apareció al lado del árbol. Y al año siguiente fuimos obviamente a la novena. 7 de la tarde en el fresco diciembre, en lugar de jugar al fútbol en el campito, íbamos a misa.
Este segundo año, mi hermano pidió un flipper, el Niño Jesús o Niñito Dios, como lo llamábamos, no pudo con la economía argentina y no lo trajo. Por suerte, así dejamos de ir a la novena y pasamos los diciembre andando en bici y recorriendo el pueblo, como la mayoría .
Extraterrestres en Buenos Aires
El primer maestro que uno tiene es el hermano mayor. Y el actor de todas tus películas. Mirás al lado, y ahí está: en las fotos cuando te recibiste, cuando te casás, en la foto del día que nació mi primera hija, en ese momento tan sagrado, lo primero que hice fue llamarlo. El orden en que avisás en esos momentos te marca para siempre.
Cuando uno nace último en una familia, todos los demás son superhéroes. Mi papá manejaba el auto como Fangio, mi mamá cocinaba como doña Petrona y mi hermano era todo lo que yo quería ser.
Salía, le gustaba la música y me enseñaba. Compraba discos y tenía amigos y amigas. Muchos. Quería imitar a Calamaro y le salía genial cantar como Miguel Abuelo.
Volviendo a la historia en Buenos Aires. Caminamos por Lavalle y compraron cuatro tickets. Los afiches eran enormes. En un momento, entre maní con chocolate y maní con chocolate, apareció en la pantalla una imagen tan inolvidable como el Obelisco. La primera vez que vi un extraterrestre.
El julepe que me agarró. Ni recuerdo cómo terminó la película. Recuerdo caminar con mi hermano mayor al lado y mirando al cielo para ver si aparecía la nave, y cualquier luz fuerte era una ovni. El cansancio ayudó a dormir esa segunda noche.
A la tarde, nos compraron dos revistas que elegimos. Mi hermano, Condorito; y para mí, Isidorito. Y a la noche, el plan de los viejos era ir a ver un espectáculo de tango con Edmundo Rivero en calle Corrientes, a metros de donde estábamos.
Eran otros tiempos, y nos quedamos los dos hermanitos con la puerta cerrada y la persiana abierta, para ver los edificios. La promesa era que en dos horas iban a estar de vuelta y, de acuerdo con los antecedentes, en minutos íbamos a estar dormidos. Pero empezaron a aparecer extraterrestres en la ventana.
Tirado en la cama, entre aventura y aventura de Isidorito, en la ventana comenzaron a aparecer extraterrestres. La luz de los edificios que titilaba y era la nave estacionando. Mi hermano me preguntó por qué no me dormía, y el susto que tenía aumentó. El cagazo, en realidad.
No había forma ni de dormir ni de dejar de ver cómo aparecían muñecos blancos luminosos, ojudos y con la cabeza pelada. Maldito Spielberg.
Mi hermano se arrodilló al lado de mi cama. Puso su mano en mi hombro y me dijo: “¿A qué le podés tener miedo, si estás conmigo?”. Me dormí al minuto.
Esta historia forma parte del baúl familiar y aparecía cada tanto en el anecdotario de las sobremesas de los domingos. Un día, cuando ya tenía más de 20, razoné que, si yo tenía 6, él tenía 8 años. 8 años.
Vivíamos en Rivadavia 677 y allí ya no queda nadie. Sólo hay olor a humedad y tristeza. De ese grupo de cuatro que de niño creíamos indestructible sólo me queda él. ¿A qué le puedo tener miedo, si está conmigo?

