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Fábula de los sucesores idiotas

En 1700 muere Carlos II, “el Hechizado”, un rey idiota que deshereda a su propia familia. Oscar E. Frávega.

07 de julio de 2011 a las 12:01 a. m.
Oscar E. Frávega (Escritor - [email protected])
Fábula de los sucesores idiotas

En 1700 muere Carlos II, "el Hechizado", un rey idiota que deshereda a su propia familia, los Habsburgo, y entrega el trono al duque Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV. Éste reinará con el nombre de Felipe IV, con lo cual el trono español pasa a manos de los Borbones y de sus políticas absolutistas y despóticas. Se cuenta que desde entonces, por éstas, sus tierras, los gobernantes herederos por transferencia de aquellos genes despóticos y autoritarios, para asegurarse el poder eterno y quebrar el "hechizo", lo invierten, nombrando a sus presuntos reemplazantes entre sus mejores cortesanos sumisos e idiotas. Y tales gobernantes, que en la actualidad cargan con alguna Constitución republicana que les impone a disgusto el título de presidente cuando en la realidad disfrutan con los gestos, los actos, la arbitrariedad, el desdén, las joyas, atuendos, modales y la farolería monárquica, no tienen otra opción más que llamar vicepresidente al reemplazante y sucesor que la ley establece. En el limbo irreal y fantasioso en que viven, jamás lo imaginan como reemplazante, porque, claro, ellos son eternos, inmunes, invulnerables y en último término, llegado el caso, sin ellos el futuro de la Nación les importa un comino.En el comienzo republicano y democrático de algunos países, las fórmulas presidenciales –presidente y vice– se constituían eligiendo a personalidades destacadas para ambos cargos, teniendo en cuenta la posibilidad cierta de sustitución por renuncia o fallecimiento, circunstancias que varias veces acontecieron, con resultados exitosos por parte de los vicepresidentes. Sistema presidencialista. Pero con el transcurso del tiempo, el afianzamiento del sistema presidencialista y el consiguiente surgimiento de caudillos autoritarios y déspotas, el vicepresidente –que ya de por sí y por definición tenía escasas facultades ejecutivas– pasó a ser una mera figura decorativa, a la que había que nombrar sólo porque la Constitución lo exigía. Entonces, era el caudillo de turno el que lo designaba, sin participación del partido –que en este caso también era una simple formalidad, una agrupación de corifeos adictos y devotos–, esmerándose en buscar obviamente a los más sumisos y mediocres, pues en ese escenario se hacía imposible pensar en una clase dirigente con protagonistas con ideas propias. En otras palabras, el mayor mérito para el cargo era ser idiota. Entre esas historias de Borbones vernáculos, hay una que es paradigma de la patética degradación que ha sufrido el cargo de vicepresidente. En vísperas de elecciones, la reina gobernante convocó a una reunión en la Corte –era lo mismo la sede del partido que la sede del gobierno– para anunciar, en una parodia de suspenso, primero su voluntad de presentarse a la reelección y, en un segundo acto, dar a conocer el nombre de quién sería su candidato a vicepresidente.Se dice que el señalado se enteró de la nominación en ese mismo acto, versión que no fue desmentida y parece ser cierta, a juzgar por las muestras de euforia del agraciado. Es decir que ni siquiera le preguntaron si aceptaba el cargo; simplemente lo nombraron, sin su participación, sin conversaciones previas, sin evaluaciones, sin consideración de sus propias opiniones, de su dignidad, de sus ideas, que con esto demostraba no tenerlas. Una vez más, se despreciaba la institución, la envergadura del cargo, priorizando la sumisión, confundiendo capacidad, inteligencia y liderazgo con subordinación; se hacían a un lado los intereses de la República; se ignoraba al Partido –con su anuencia y obsecuencia, desde luego–, que es la estructura política fundamental del sistema que supuestamente debía sostenerse. En otras palabras, se elegía al verdadero y necesario "idiota", que aceptaba la prebenda sin hesitar.La moraleja de la fábula: el vicepresidente es el reemplazante natural del presidente y, hasta que ello ocurra y su figura aparezca opacada, relegada a la presidencia del Senado; no por ello institucionalmente es menos importante. No es un bufón, ni es un títere y merece ser tratado con seriedad, eligiendo a una personalidad relevante y acreditada, pensando en la posibilidad de que pueda llegar a asumir la primera magistratura.¿Se ha pensado en la República en manos de un "idiota"?Si la dirigencia irresponsable no lo piensa y no le importa, el elector, el ciudadano, sí debe hacerlo a la hora de votar.En este mundo, nadie es eterno y los ejemplos están muy cercanos para demostrarlo.