Conflicto Trump-León XIV. Los excesos agraviantes de Donald Trump
Si se considera que el catolicismo es la segunda minoría religiosa en Estados Unidos, donde hasta el vicepresidente se declara católico, se entiende mejor el grueso error cometido por un Trump que ataca porque no puede defenderse.
El larguísimo rosario de incoherentes agravios propinados a diario por el presidente Donald Trump ha superado todos los límites de lo aceptable al emprender contra el papa León XIV y sumar a sus ataques verbales imágenes que parodian nada menos que la figura de Jesucristo.
Es difícil precisar, en el fárrago diario de noticias, cuánto de todo esto es el producto de una persona alterada o sólo la estrategia de ruido vano implementada por un presidente frustrado por no obtener resultados satisfactorios en su cruzada contra Irán.
Nadie debería sorprenderse de que el mandatario estadounidense siga empeñado en degradar la institución presidencial de la primera potencia del planeta: al fin y al cabo, nadie espera que deje de hacer lo que siempre hizo.
Pero esta vez ha cruzado un límite nada sutil, esa línea divisoria entre la política y la fe, en un arranque digno de un falso profeta. Ya no son los agravios vertidos sobre el primer ministro británico Keir Starmer, un aliado histórico de Washington; el desdén por el jefe de Gobierno español Pedro Sánchez, o el ninguneo a una compañera de ruta como la italiana Giorgia Meloni, todos ellos blancos de la ira del ocupante del Salón Oval, en un raid que parece no tener fin.
Si se considera que el catolicismo es la segunda minoría religiosa en Estados Unidos, donde hasta el vicepresidente se declara católico, se entiende mejor el grueso error cometido por un Trump que ataca porque no puede defenderse y emprende contra el jefe del catolicismo sólo porque este hizo lo que de él se espera: llamar al cese del desquicio producido por el ataque a Irán, que se formuló como un paseo y ha sumido al mundo entero en el caos.
Sin embargo, la ocasión vale para visualizar los límites precisos de una concepción de la política y el poder que se funda en el desprecio por los otros y la reducción de los opuestos a la condición de cosas, un recurso de las autocracias que, al minimizar a quienes discrepan, legitiman cualquier violencia que se ejerza sobre ellos.
Allí están, para corroborarlo, Recep Erdogan, Nayib Bukele y el ahora derrotado Viktor Orbán. El ataque al Papa, sin embargo, transita otros carriles, porque agrede a un representante religioso de presencia y consideración mundial, sin importar desde qué tribuna se lo mire.
Esta manera de referirse a los otros es posible hoy porque segmentos importantes de nuestras sociedades –también la nuestra– han internalizado la violencia y el maltrato, y los celebran y aplauden, ratificando lo que desde hace mucho se sabe, pero nadie quiere recordar: que la mejor receta para la destrucción de cualquier colectivo social es la legitimación de la intolerancia como recurso válido para un sector de su opinión pública, ese que calificaría lo antedicho como palabras propias de algún ñoño republicano.



