Fraternidad religiosa. Escuchar nuestro corazón
El desafío es saber escuchar. Escuchar las heridas y los propios dolores, escuchar sus cantos, sus gozos, escuchar sus quejas, sus fiebres, sus enfermedades.
Hace varios años, en una entrevista a Franco Zeffirelli, director de cine italiano, quien dirigiera aquella película de los años ’70, Hermano sol, hermana luna, referida a San Francisco de Asís, se le preguntó, a la luz de este “mensajero de la paz”, “¿qué podemos hacer con este mundo tan loco?”, a lo que respondió con mucha sabiduría: “A este mundo no lo va a cambiar la subversión bastarda de la guerra, sino que se conquista con la fuerza tenaz e invencible de la humildad: mirando dentro de nosotros mismos, escuchando los latidos de nuestros corazones, buscando los caminos que llevan a quien nos ha creado, con la convicción de que si cambiamos nosotros, el mundo también cambiará”.
Y lo decía no un santurrón, ni un cura ni un obispo, sino un laico, un hombre de mundo y un grande en lo suyo, lo cual nos hace mucho bien.
He ahí el desafío: saber escuchar -verdadero maestro del corazón-. Escuchar las heridas y los propios dolores, escuchar sus cantos, sus gozos, escuchar sus quejas, sus fiebres, sus enfermedades.
Escuchar los latidos del corazón para saber dónde me encuentro, cómo estoy, quién soy.
Escuchar con ternura: recuperarla como trato con nosotros mismos y con los demás. Escuchamos con dureza, no con la misericordia y ternura conque nos escucha Dios. No aplastarlo al corazón con reproches estériles.
Escuchar el corazón posibilitando un ámbito de confianza y creyendo en el corazón que tienen ante ustedes.
Pero es bueno aclarar que este entrar al propio corazón, esta intimidad normalmente tiene un sentido de privacidad, de cosa no abierta a los demás. Pero no es así.
Los que han descendido al misterio profundo de sus corazones llegan al descubrimiento de que la solidaridad es la otra cara de la moneda de la intimidad.
Empiezan a ver que el hogar que han encontrado en su ser más íntimo es tan amplio que en él cabe toda la humanidad. Esta interioridad será realmente fecunda y no un ensimismamiento estéril, si se manifiesta en servicio a los demás.
Así lo expresa bellamente nuestro Fito Páez: “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.
*Arzobispo de Córdoba, miembro del Comipaz.

