Debate. Entrenaron el odio, nunca la gestión
Constructores frente a destructores: una lectura política para la provincia de Córdoba en el contexto actual.
La humanidad no avanzó gracias a los que gritaron más fuerte. Avanzó gracias a los que se quedaron cuando todos se fueron. A los que construyeron cuando destruir era más fácil, más aplaudido y –seamos honestos–, también más rentable. Esa tensión define épocas. Define también, y cada vez más, la política argentina de hoy.
Destruir no requiere talento. Construir, sí. La destrucción no requiere capital ni valentía. Requiere odio, y el odio nunca escasea. Los agitadores no lo crean: lo encuentran, lo organizan, le ponen nombre y enemigo. El constructor, en cambio, cede el ego, tolera la crítica y sigue de todas formas.
El filósofo coreano Byung-Chul Han lo sintetiza con una precisión que incomoda: "La indignación es una emoción excelente para la comunicación porque tiene un alto valor de excitación. Pero no es una pasión política genuina, sino una emoción que se agota en sí misma".
El odio viaja sin equipaje. La construcción exige lo que hoy parece casi subversivo: pensar despacio, tolerar la complejidad, no explotar el malestar ajeno.
Gobiernan las personas
Córdoba eligió. Y lo viene demostrando desde hace décadas. Durante el kirchnerismo, Córdoba pagó con desfinanciamiento y estigmatización el precio de no entrar en la lógica de la confrontación permanente. Mientras ese ciclo dejaba una economía destruida y una sociedad fracturada, Córdoba dejaba hospitales, rutas e instituciones.
Hoy el signo político cambió pero la lógica es idéntica: hay quienes no llegaron prometiendo construir, sino prometiendo destruir. La motosierra no fue una metáfora económica, fue una declaración filosófica. La promesa de quemar todo para que de las cenizas nazca algo puro es vieja y peligrosa. Argentina ya la pagó en dictaduras, crisis y generaciones perdidas.
El gobierno que conduce Martín Llaryora –continuando la tradición que Juan Schiaretti sostuvo en años decisivos–representa hoy una anomalía: un Estado que cree que su función es construir. Sostener hospitales, escuelas y seguridad mientras la Nación desfinancia no es administración ordinaria. Es resistencia activa.
El odio como negocio de algoritmo. Este modelo tiene réplicas locales. En Córdoba hay dirigentes que encontraron en el discurso del odio no una convicción sino una oportunidad técnica: alimentar algoritmos.
Las plataformas no amplifican la moderación, amplifican la indignación. Entonces provocan, porque provocar genera interacción, la interacción genera alcance, y el alcance genera esa ilusión de relevancia que de otra manera nunca alcanzarían.
No es ideología. Es marketing del resentimiento con forma de militancia. Son emergentes del algoritmo antes que del territorio, y saben que el día que bajen el tono dejarán de existir políticamente.
Me hago una pregunta que nadie en ese espacio parece querer responder: ¿qué construye el que sólo sabe destruir?
La motosierra es una herramienta. Pero las herramientas no gobiernan, gobiernan las personas. Y las personas que pasaron años entrenando el odio, perfeccionando la denuncia, monetizando el resentimiento, no desarrollaron ningún músculo para lo otro. Para lo aburrido. Para lo que no sale en ningún algoritmo: pagar un sueldo, sostener una guardia, ordenar un territorio. El día que tengan que administrar lo que prometieron quemar, la pregunta va a responderse sola.
Templanza para gobernar
El electorado cordobés no es fácil de engañar. Córdoba tiene una cultura cívica que aprende a distinguir al que construye del que simula. El odio cansa: primero entretiene, después fatiga, finalmente aburre. Cuando el resentimiento se agota no deja nada, ninguna obra, ninguna institución, solo el recuerdo de los gritos.
Los hechos, en cambio, se acumulan. Una escuela, un hospital, una política de seguridad que ordena donde había caos. Se sedimentan en la memoria colectiva de una manera que ningún algoritmo puede borrar. La gente vive en los hechos, no en los trending topics.
Gobernar con templanza en medio de los gritos. El destructor siempre necesita un enemigo. El constructor necesita aliados. Un músculo apoyado en el otro, y ese en el siguiente, hasta que la fuerza colectiva supera lo que ninguno podría mover solo.
Construir sin gritar no sale en los diarios. Gobernar con templanza –responder a la difamación con argumentos; a la crueldad, con dignidad; al caos, con orden– es el acto político más exigente de este tiempo.
La templanza no es tibieza: es la virtud del que tiene la fuerza y elige administrarla. El que grita siempre es el que teme que lo escuchen cuando baja la voz.
El odio puede ganar un ciclo de noticias. Rara vez gana la memoria. Córdoba eligió construir. Y esa elección, acumulada en obras y en instituciones, es lo que ningún algoritmo puede borrar.
Director de Fundación Idear Córdoba

