Pensar la infancia. Enfermedades infantiles: una triste semejanza

Curiosa novedad la de esta parte del siglo: que las condiciones de vida estén combinando carencias y excesos para que las enfermedades infantiles comiencen a adquirir una triste semejanza.

11 de abril de 2026 a las 11:34 p. m.
Enfermedades infantiles: una triste semejanza
Niños en comedores populares.

En su libro El origen de las enfermedades humanas, escrito en 1988, el médico epidemiólogo Thomas Mc Keown agrupaba los trastornos de salud de una manera por demás original.

Desde la visión de un mundo aún no dominado por la dependencia tecnológica, limitaba su clasificación a tres categorías: las enfermedades perinatales (vinculadas con la gestación y el parto), las enfermedades de la pobreza y las enfermedades de la riqueza. Su síntesis era absoluta.

Las perinatales siguen imperando como causas de mortalidad infantil por las malformaciones congénitas y la prematuridad.

Las enfermedades de la pobreza, en tanto, se consideraban producto de carencias estructurales y prolongadas. Chicos y chicas mal alimentados, a merced de factores climáticos, y desamparados cuando, por diversas razones, desertaban del colegio.

Los definía el hambre; un sufrimiento no limitado a los alimentos, sino también pasible de ser saciado con abrigo y con presencia adulta.

Su fragilizada inmunología, afirmaba Mc Keown, los exponía a infecciones severas, así como a procesos malignos.

Y a recurrentes lesiones intencionales –físicas y emocionales—, otro aspecto tradicionalmente asociado a la pobreza infantil.

El autor no preveía la catástrofe que significaría la pandemia por Covid-19. Hasta entonces, y aun con deficiencias, la mayoría de los chicos conservaba una intención de cuidado familiar y escolar.

Luego de aquel caos mundial, un elevado porcentaje de los adolescentes –al menos, en nuestro medio– quedó fuera del sistema educativo formal, para no volver.

Muchos pasaron a conformar legiones de soldaditos de la droga o instrumentos de la delincuencia organizada.

A finales del siglo pasado, las enfermedades de la riqueza eran las vinculadas al desarrollo socio-económico; o, mejor expresado, a los daños ambientales y cambios de hábitos derivados de los procesos de industrialización que afectaron de manera inédita la salud general.

Aumentó el consumo de alimentos no naturales, el uso de aditivos artificiales, el despiadado incremento de la contaminación ambiental y el resabio del uso cotidiano de sal, azúcar y harinas refinadas.

En la primera década del siglo 21, la tecnología modificó la conducta de todos. Su consumo excesivo se comenzó a evidenciar en los chicos como hiperactividad motriz, déficit atencional y diversas formas clínicas de ansiedad generalizada.

La sorpresa –que ni Mc Keown ni otro experto hubiera podido anticipar– es que en la actualidad parecen borrados los límites entre el origen de las enfermedades infantiles de pobreza y las causadas por la riqueza.

Una enorme mayoría de chicos experimentan hambre; los que comen poco y los que eligen qué comer.

Muchos tienen hambre de alimentos naturales, si consideramos que más del 60% de los productos que consumen contienen conservantes, colorantes y más sustancias con distinto impacto negativo en su salud.

Otros muestran hambre de adultos que, en genuina posición de adultos, les permitan transitar la infancia como infantes y no como autómatas.

Solos (casi todos), ya sean ricos o pobres, parecen depender hoy de dispositivos que les aseguren un entretenimiento que, por efecto del masivo uso de inteligencia artificial, es cada vez menos creíble.

Y no pocos demuestran un hambre inédita: la que se adivina en conductas de desembozado desprecio por el colegio como fuente de conocimiento, de autoridad, de orden cívico.

Curiosa novedad la de esta parte del siglo: que las condiciones de vida estén combinando carencias y excesos para que las enfermedades infantiles comiencen a adquirir una triste semejanza.