En el principio, fue la noche
Esta súbita desaparición del Estado en su elemental función de último garante de la vida no es sino el corolario de un proceso de corrupción estructural.
Si algo le faltaba a la Policía de Córdoba para liquidar su deteriorado prestigio institucional, era demostrarle a la gente que podía arrojarla a los buitres por una cuestión económica. Tras la máscara de Anonymous, los uniformados cordobeses rebasaron la última barrera moral, al destapar la caja de Pandora de los demonios de la guerra de clases y permitirle a la delincuencia organizada, más la turba de ocasión, asolar la ciudad capital.La fría determinación con que los amotinados se cruzaron de brazos ante la tragedia por ellos mismos provocada, evidencia una peligrosa disposición psicológica a la alternancia dialéctica con el hampa, utilizada así como herramienta extorsiva funcional a los reclamos del temible "sindicato armado". Ahora todos se asombran de lo ocurrido. Pero, ¿qué esperaban? ¿Acaso no somos testigos de este tiempo, signado por el generalizado descenso sociocultural resultante de la interminable mala praxis política que destruyó la educación popular, la salud y la seguridad públicas? Esta súbita desaparición del Estado en su elemental función de último garante de la vida no es sino el corolario de un proceso de corrupción estructural que ya tuvo muchas otras manifestaciones previas, a las que nadie parece haber prestado la debida atención.El fenómeno netamente policíaco de la "liberación de zonas" –que convirtió a Córdoba en tierra de nadie– viene siendo ejercitado en forma permanente, desde hace décadas, en relación con el negocio de la nocturnidad.Si hay antecedentes históricos de alianzas espurias entre el poder político, las fuerzas policiales y el crimen organizado, es en la noche, escenario del alcohol y de drogas prohibidas.Pocos días antes del estallido, la Iglesia Católica y la Corte Suprema de Justicia habían reclamado a las autoridades públicas nacionales y provinciales que se hicieran cargo del perverso negocio del narcotráfico y de sus secuelas sociales. Le exigieron a la dirigencia política gobernante terminar con la hipocresía que soslaya esta gravísima cuestión de Estado, cuyo impacto sanitario se está fagocitando a buena parte de la juventud argentina, un costo humano inadmisible. Como sociedad, hemos sufrido otra vez el caos generalizado que provoca la ausencia de autoridad legítima. Tengamos en cuenta que ese caos –y las más de tres mil muertes que produce anualmente– es la crónica realidad en el submundo de la noche, al que millones de adolescentes y jóvenes descienden cada fin de semana, abandonados a su suerte por gobernantes y policías que pactan impunidad con los saqueadores de sus derechos humanos a la salud y la vida. He allí la escuela de corrupción más antigua, en la que siempre encontraremos "zonas liberadas" y "agujeros negros" de la legalidad, donde el orden imperante es el patovica y la única ley su mano dura o la del policía convertido en guardia pretoriana del realizador de los eventos toxicológicos, por virtud de un contrato. No es casual que el grupo de personas que mejor atinó a defenderse de la brutal agresión delictiva durante la noche del 3 y 4 de diciembre haya sido el estudiantado universitario de barrio Nueva Córdoba. Es que en la nocturnidad los jóvenes se foguean autodefendiéndose como pueden en condiciones de caos, porque aquella se desenvuelve así, sin nadie que haga cumplir las leyes protectivas (24.788 y 23.737).Parafraseando el célebre poema "Ellos vinieron", del religioso alemán Martin Niemöller (erróneamente atribuido a Bertolt Brecht), los adultos podríamos decir que: "Primero vinieron por los jóvenes y se los llevaron, pero no dijimos nada porque no somos jóvenes. Ahora vienen por nosotros, los mayores, pero ya es tarde pues no queda nadie que nos defienda".
* Abogado, centro de estudio Por Nuestros Queridos Hijos

