Ella, "él" y los demás
Tras la muerte de Néstor Kirchner, cobró nitidez el liderazgo presidencial. Cristina terminó de comprender que el humor social rechaza la agresividad. Claudio Fantini.
La política es como la física: la masa tiene gravitación; el vacío, no. En política, la masa es el liderazgo, porque atrae adhesiones, mientras que la percepción de vacío (ausencia de liderazgo) carece de atracción. Desde la muerte de Néstor Kirchner, el conglomerado opositor pareció esforzarse para representar la nada; un vacío insoportable producido por acumulación de veleidades, negligencias y mediocridades. Durante ese período, en el oficialismo se perfiló con nitidez un liderazgo contundente. Hasta octubre de 2010, en el Gobierno se percibían dos liderazgos que se superponían de manera incómoda. Esa percepción en la que se desdibujaba la imagen presidencial desapareció junto con Néstor Kirchner. A partir de entonces, el liderazgo presidencial cobró nitidez.A eso se sumó que, mientras los opositores amontonaban estropicios, la Presidenta terminó de comprender que el humor social tiende a castigar la agresividad.El propio trayecto de Cristina lo corrobora. Llegó a la Presidencia prometiendo institucionalidad junto a Julio Cobos, quien no aportaba discurso lúcido pero sí imagen de mansedumbre. La agresividad con que afrontó la batalla por las retenciones la llevó a una clara derrota en la opinión pública. Y su marido, con una campaña vociferante y combativa para las legislativas del 2009, fue vencido por un candidato intrascendente: Francisco de Narváez. Voto desideologizado. El discurso combativo funcionó para Kirchner y otros políticos, como Luis Juez y Elisa Carrió, en los tiempos aún cercanos del "que se vayan todos". Pero ni Kirchner ni Juez ni Carrió advirtieron a tiempo la reversión de aquel ánimo. Cristina Fernández, sí, y actuó en consecuencia desde que enviudó. Ya no hubo conferencias con descalificaciones y dedito acusador. Tampoco los agresivos discursos que recordaban a "la Evita del puño crispado y el rodete". Desaparecieron las arengas combativas de Luis D'Elía y, para hacer explícito su nuevo convencimiento, la mandataria dijo: "Es mejor escucharnos que descalificarnos". Una idea que, de no haber sido dicha por ella, sus ideólogos habrían rebatido con el cliché de que "la política es confrontación".El efecto luto aportó lo suyo, pero el repunte en las encuestas lo produjo la Presidenta dando el estratégico giro que apaciguó su discurso. No desactivó la agresividad oficialista, ya que el aparato de propaganda montado en el dispositivo mediático mantiene la práctica totalitaria de ridiculizar y denostar a opositores y críticos. Pero la mayoría despolitizada de la sociedad disocia esa agresividad y el nuevo tono de la Presidenta.Si le hacían falta pruebas para terminar de convencerse de que la agresividad y las poses combativas –que tanto excitan a cierto kirchnerismo de clase media– restan mucho más de lo que suman, ésas llegaron en tres comicios: el macrismo arrasó en las urnas porteñas con campañas de cursilería tilinga y fue además la sorpresa en Santa Fe, con un sonriente y superficial humorista. Después, llegó Córdoba, con la derrota de Juez y su lógica del antagonismo entre "decentes y delincuentes". A esa altura, las encuestas ya corroboraban la extinción del oráculo tremendista de Carrió.Por cierto, influyó la economía, con la recuperación del empleo, la apoteosis del consumo, la asignación por hijo y la ampliación de las jubilaciones. También el logro que señaló Martín Lousteau citando a Chrystian Colombo: en un mundo de jóvenes sin esperanzas, el Gobierno dio a la juventud una idea de futuro. Puede discutirse y refutarse, pero es algo, y surgió del oficialismo, no de la letanía opositora. Sólo Binner. La oposición fue una postal patética. Como si la contradicción no fuera evidente, todos hablaban de forjar políticas de Estado mientras exhibían una pavorosa incapacidad para alcanzar acuerdos mínimos. El fracaso de la interna radical y la apuesta a una alianza inconcebible dan la razón a James Neilson, cuando describe a Ricardo Alfonsín como un producto fallido del "nepotismo post mórtem".El ridículo que hicieron Eduardo Duhalde y Alberto Rodríguez Saá, la desmaterialización de Felipe Solá y la margarita interminable que deshoja Carlos Reutemann, dieron por resultado el vacío. Un vacío que se mantendrá si los dos principales derrotados (Alfonsín y Duhalde) persisten en la negligencia de repetir el 23 de octubre el rol calamitoso del domingo.Desde ese escuálido empate que los neutraliza mutuamente, sólo les queda desactivar sus candidaturas (renunciar no pueden), limitarse a apoyar a sus listas legislativas y abrir paso a Hermes Binner, cuyos 10 puntos son un logro notable habiendo partido de la nada.El Frente Amplio Progresista es lo único novedoso que ocurrió en el escenario electoral. Binner sumó apoyos en un mes, partiendo de ser un desconocido para el 60 por ciento. Además, se rodeó de gente respetabilísima, como Norma Morandini, Victoria Donda y Claudio Lozano. Y, a pesar de su timidez y de ese porte chapado a la antigua, irradia una decencia que probó gobernando Santa Fe. Allí demostró que hay un progresismo que gobierna sin corrupción, sin clientelismo, sin relato épico y sin financiar aparatos mediáticos obsecuentes con el líder y difamadores de los opositores.Quizá no tenga chances de ganar, pero sí de afianzarse como una opción progresista a lo único que ha quedado en pie: el kirchnerismo y el conservadurismo macrista.

