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Cultura

El soldado que pudo matar a Hitler y le perdonó la vida

El 28 de septiembre de 1918, un inglés tuvo la oportunidad de cambiar la historia de la humanidad en una trinchera de Marcoing.

21 de diciembre de 2021, 16:58
El soldado que pudo matar a Hitler y le perdonó la vida
Henry Tandey, cuadro de Fortunino Matania

Ciertamente, un Julio César, un Gengis Kan, un Solimán, un Carlos V, un Napoleón, un Lenin pudieron cambiar la historia del mundo.

Pero no siempre se necesita ser un conductor de pueblos para trazar su rumbo. La aventura humana tiene una marcha tan azarosa, tan precario es su aparente determinismo que en no pocas oportunidades individuos que fugazmente han escapado de la anonimia, para muy pronto reintegrarse a ella, han influido por acción u omisión en su avatar.

Henry Tandey y Adolf Hitler. (La Voz/Archivo)
Henry Tandey y Adolf Hitler. (La Voz/Archivo) (La Voz)

¿Quién, por caso, recuerda al soldado raso del ejército inglés Henry Tandey? Ni los ingleses. Y sin embargo, en un instante de su existencia, tuvo en sus manos las llaves del futuro de la humanidad, y la piedad le impidió utilizarlas. Y el futuro no tuvo piedad con la humanidad. Porque ese gesto noble no ahorró a los pueblos de este doliente planeta infinitos sufrimientos, millones de muertos, vastas destrucciones.

Él mismo se arrepintió, pero ya era tarde; su hora había pasado. Sólo le quedaba padecer y esperar a que sus compatriotas no repitiesen su gesto, que abrió las puertas del infierno para naciones enteras.

Un momento crucial

Es 28 de septiembre de 1918 (faltan aún 44 días de padecimientos para que concluya la Primera Guerra Mundial). Las fuerzas aliadas combaten contra los imperios centrales en Cambrai, en territorio francés.

Del fango de las trincheras se pasa a los combates cuerpo a cuerpo, a los asaltos a la bayoneta contra las posiciones del enemigo.

Trincheras de la Primera Guerra Mundial. (La Voz/Archivo)
Trincheras de la Primera Guerra Mundial. (La Voz/Archivo) (La Voz)

En Marcoing, no lejos de Cambrai, un pelotón del Regimiento “Duque de Wellington” de los Green Howards se lanza contra una trinchera alemana.

La lucha es breve, y la posición es tomada por los británicos. El soldado Henry Tandey es el primero en ingresar en la trinchera, y se da con un cabo alemán tirado en el suelo, semidesvanecido y sangrante. El soldado Henry Tandey alza su fusil con bayoneta para rematarlo, pero la piedad detiene su índice que va a accionar el gatillo.

El alemán está indefenso. El soldado Henry Tandey observa un momento al enemigo caído, quizá espera algún movimiento para poder ultimarlo sin reproche. Finalmente, abandona al cabo herido; piensa que habrá de morir muy pronto.

El cabo no muere. Por lo contrario, se restablecerá. Cuando llegue la paz, será uno de los millones de desocupados y desencantados que jamás perdonarán a la clase política lo que consideran traición: el pedido de armisticio.

Adolf Hitler.
Adolf Hitler.

Pasan los años. Encabalgado en la frustración y en el resentimiento de un pueblo estúpidamente tratado por los vencedores en Versalles, el excabo llega a canciller de la República Alemana. Y no tarda en convertirse en su conductor, en su Führer.

Pues el excabo es, sí, Adolf Hitler.

Piedad mal pagada

Pasan más años. En la turbulenta primera posguerra, el exsoldado Tandey ha conseguido trabajo en la fábrica de automóviles Triumph, en Coventry, un centro industrial que será intensamente bombardeado por la Luftwaffe, en 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, tanto que la palabra “coventrización” será incorporada al discurso de la desdicha como sinónimo de ciudad arrasada por bombardeos de saturación.

Bombardeo sobre la ciudad de Coventry. (La Voz/Archivo)
Bombardeo sobre la ciudad de Coventry. (La Voz/Archivo) (La Voz)

El destino había pagado muy mal la piedad de Tandey, pues el verdugo de su Coventry era aquel enemigo cuya vida perdonó.

Yo no podía dispararle a un hombre indefenso. ¡Si hubiese sabido entonces en qué se convertiría ese cabo alemán...! Ahora, frente a tantos muertos y heridos en Coventry, me arrepiento tanto de no haberle disparado...

Henry Tandey

Hitler nunca olvidó el gesto del soldado británico. En 1933, tan pronto llegó al poder, dio órdenes a oficiales del Estado Mayor General de investigar qué ejército británico actuó en el frente de Cambrai y qué regimiento lo hizo en Marcoing.

Los investigadores alemanes llegaron a la conclusión de que era el Green Howards, y de que Tandey guiaba el pelotón que el 28 de septiembre de 1918 atacó el puesto donde él se encontraba.

Saludos del dictador

Establecieron, además, que Tandey había combatido en 1914 en la batalla de Menin, en la que también luchó Hitler, y que por su acción en ella fue condecorado. Más aún: en el comedor del regimiento “Duque de Wellington” de los Green Howards, colgaba un cuadro del pintor italiano Fortunino Matania, que representaba a Tandey llevando a hombros a un compañero herido.

El Führer solicitó y obtuvo, en 1935, una copia de la pintura, que ornamentó su mansión alpina de Berchtesgaden, y desapareció tras el fin de la guerra.

Arthur Neville Chamberlain y Adolf Hitler. (La Voz/Archivo)
Arthur Neville Chamberlain y Adolf Hitler. (La Voz/Archivo) (La Voz)

En 1938, cuando el primer ministro Neville Chamberlain acudió a Múnich para aplacar a Hitler, el Führer se preocupó, en medio de una crisis que había colocado al mundo al borde de otra guerra, por rogarle que transmitiese a Tandey sus saludos y su agradecimiento.

Ese hombre estuvo a punto de matarme, y en ese momento yo pensé que jamás volvería a ver Alemania.

Adolf Hitler

Henry Tandey, ya anciano. (La Voz/Archivo)
Henry Tandey, ya anciano. (La Voz/Archivo) (La Voz)

Tandey murió en 1977, a los 86 años, y sus cenizas fueron esparcidas en el lugar donde seis décadas antes, soldado desconocido, tuvo la posibilidad de cambiar el rumbo de la humanidad.