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El otro pequeño

Cada pequeña luz que apagamos jamás volverá a encenderse. Son estrellas irrecuperables para nuestro firmamento humano.

12 de enero de 2014 a las 12:01 a. m.
El otro pequeño

Un niño, un cachorro humano, no siempre enternece como los perros de vidriera. Al menos a los ojos de algunos. Tantas veces la vidriera, que puede ser algo más común como el vidrio de un auto, separa a dos mundos tan distantes, que es como si siempre lloviera y se empaparan los cristales de modo que impidieran ver al otro –o al menos verlo sin turbiedad–, sobre todo si el otro es pequeño. El otro pequeño es el verdadero otro que tenemos sobre los talones, si es que somos los corredores que vamos detrás de un tiempo que siempre se nos va. Y la paradoja es que corremos para dejarle un mundo al otro pequeño que nos pisa los talones.  El otro pequeño ha venido a participar de un mundo –no siempre expresamente invitado– en el que las cartas están repartidas y que siempre ha sido así, salvo algunas generaciones que han intentado cambiar el orden de las cosas.  Ese otro pequeño es frágil, porque necesita de la mano de nosotros que estamos aquí hace algún tiempo más para ayudarlos a atravesar la contingencia cotidiana de vivir. Es nuestra esencial misión como especie, que va mucho más allá de las veleidades que hablan de transmitir desde pasiones, profesiones y hasta principios, pasando por tantas cosas muchas veces insignificantes. Lo más significante es la vida. Se dice que Priscila, la nena de 7 años que fue encontrada muerta en una bolsa en el arroyo de Berazategui, en Buenos Aires, ni siquiera tenía partida de nacimiento; que nació en un patrullero y que nadie le dio identidad civil, es decir, de ciudadanía.  También se dice que vivió con su padre biológico hasta que, hace dos meses, su madre se la llevó a conocer a sus otros hermanos y a su padrastro.  Como quiera que fuese la historia, su cuerpo maltratado (acaso con intentos de ser quemado) apareció en el agua.  Ya no importaba si tenía documentos, no los necesitaba. Igual, a la hora de su muerte, queda claro que el Estado debe encontrar las maneras de dar entidad a todos los hijos de la patria. Cada pequeña luz que apagamos jamás volverá a encenderse. Son estrellas irrecuperables para nuestro firmamento humano y en cada estremecimiento, en cada lágrima, se nos va de a gotas la esencia de agua y sal de la que estamos hechos. Esas pequeñas luces son los niños que, en un tenebroso golpe asesino, son arrebatados con violencia del escenario de la vida, de este mundo mágico al que sólo llegan los señalados por un rayo misterioso. Cuando nosotros éramos niños, nada nos espantaba más que imaginar un destino así. ¡Ay, qué cosas terribles nos podían llegar a pasar a los pequeños!, sentíamos. ¿Acaso podía haber un temor peor que ese, que nos dejaba con los ojos abiertos frente al todo o la nada de la oscuridad? Sí, había uno peor, y lo aprendimos después: que cosas así pudieran ocurrirles a nuestros hijos. Cada vez que la muerte de un niño sucede así, el corazón se vuelve un jirón del alma. Nos está pasando a menudo; cada año nos sobrecogemos con uno u otro capítulo de la más tenebrosa sinrazón.  Para más dolor, suele suceder muchas veces que, mientras se busca en la presunta desaparición, hay que atravesar las horas de agonía que marca el reloj de los malos presagios. Priscila es otro más de los nombres de un dolor sordo. Y su nombre, pero sobre todo su vida y su muerte, importa aun cuando no registre en ningún registro.