El conflicto como aprendizaje
Pararnos frente al conflicto constructivamente no es eliminarlo. El mundo, de hecho, necesita más conflictos y no menos, porque en la medida en que hay injusticia vamos a necesitar conflictos para llamar la atención sobre ella.
El conflicto, desde una mirada antropológica, es inherente a las relaciones humanas. Provistos de una dinámica propia por la cual surgen, existen durante un tiempo y luego desaparecen.
Esta forma de verlo, y por ende de estudiar las relaciones que se establecen entre los individuos u organismos políticos, supone que la interacción produce necesariamente conflicto, porque la rivalidad, la competencia y la diferencia de opiniones, deseos e intereses son inevitables en el orden humano, como de hecho sucede entre todos los seres vivos.
Sin embargo, en la vida cotidiana cada vez aparecen más conflictos. Conflictos en la familia, en el vecindario, en las comunidades, en las escuelas, en el mundo del trabajo. Conflictos que enfrentan a los sindicatos, la dirección, la gestión, la mano de obra, el personal, los dueños o propietarios.
Cortes de calle, piquetes, marchas, contramarchas, persecución a la libertad de prensa, asaltos, violaciones, muertes. Manifestaciones continuas de descontento social y violencia cotidiana nos asaltan cada día.
La explosión social, los estallidos, no se dan de un día para otro. Como actos de emoción colectiva, van acompañados de frustraciones, de cúmulos de insatisfacciones, de conflictos no resueltos, que revientan y estallan fuera de los marcos de contención cuando llegan a un límite de tolerancia.
Sin estrategia previa ni objetivos conducentes, es probable que no lleguen a transformarse en movimientos sociales duraderos. Entonces, se consumen luego del estallido, desvaneciéndose también la lucha por las reivindicaciones, lo que realimenta la frustración y el descontento.
Quizá el desafío de los próximos tiempos sea hacer frente a nuestras diferencias y saber cómo conducirlas.
Pararnos frente al conflicto constructivamente no es eliminarlo. El mundo, de hecho, necesita más conflictos y no menos, porque en la medida en que hay injusticia vamos a necesitar conflictos para llamar la atención sobre ella.
El desafío es transformar la forma en cómo los abordamos y los conducimos, y quizá apropiarnos de nuestros problemas y que las circunstancias que nos tocan vivir sean una oportunidad para ayudarnos a crecer.
Poner el foco en uno mismo y en lo mejor que cada uno puede hacer en el escenario que le toca actuar es una forma de no conferirles a otros el poder de controlar nuestras vidas. Cambiar lo único que podemos cambiar: nuestro propio universo, nos hace libres y responsables.
Aun con fragilidad y limitaciones, necesitamos consolidar vínculos, valorar nuestros afectos, reconocer viejos y nuevos amigos, abrir nuestros brazos, encontrar o generar nuevos recursos, integrarnos a redes sociales comunitarias para canalizar la afectividad, la capacidad de solidaridad y responsabilidad hacia el otro.
Ojalá la estrella de Belén nos ilumine para que cada uno de nosotros pueda encontrar el camino que preserva lo único que nadie nos puede robar: nuestros sueños. Como bien canta César Isella, tratemos de evitar la tristeza... que es la muerte lenta de las pequeñas cosas.
*Teicher. Mediadora, magíster en Antropología

