Pensar la infancia. El ejercicio de la memoria

Cincuenta años –medio siglo, cinco décadas, 10 lustros, 600 meses– es demasiado tiempo como para creer que la memoria personal se mantendrá intacta.

22 de marzo de 2026 a las 12:02 a. m.
El ejercicio de la memoria
Por diversas vías, el sistema nervioso codifica la información, la almacena y, cuando es necesario, la recupera. (Pexels)

La memoria se define como una función cognitiva; una capacidad que se construye a lo largo de la vida y que, en términos sencillos, funciona como archivo histórico personal.

Por diversas vías, el sistema nervioso codifica la información, la almacena y, cuando es necesario, la recupera.

Este proceso es maravillosamente complejo, ya que no sólo incluye datos y vivencias de momentos particulares, sino las emociones que tiñeron cada acontecimiento.

Es por eso que la definición de memoria no podría generalizarse.

Codificar cada experiencia, almacenarla según el impacto producido y traerla al presente es una elaboración singular.

El cerebro humano –con similar estructura celular para todas las personas y con conexiones y neurotransmisores comunes– produce resultados disímiles, ya que (es sencillo comprobarlo) la memoria varía de un sujeto a otro según la sensibilidad para experimentar, atesorar y recuperar experiencias.

Sobran ejemplos.

Hermanos que compartieron episodios infantiles suelen relatarlos de forma muy diversa, incluso citando otros sitios, otras fechas o hasta personajes insólitos.

Compañeros de aula y recreos recuerdan cada cursado de mil maneras. Algunos disfrutaron, otros padecieron y no pocos afirman no recordar con nitidez. O, simplemente, les da igual.

Más frecuente aún: en reuniones familiares, es posible escuchar versiones contradictorias acerca de la misma anécdota; cada uno, defendiendo lo suyo con argumentos tan sólidos y apasionados que resulta imposible llegar a una “verdad” histórica única de aquel momento.

Como fundamento de todo aprendizaje, la memoria demuestra que lo aprendido es diferente en cada persona. Así como indispensable para la supervivencia, al permitir “escaparse” de todo aquello que, desde el pasado, amenaza. (Una multitud de psicoanalistas podría atestiguar que mucha de su tarea profesional es develar lo relegado en la memoria).

Lo más evidente es que la memoria tiende a cambiar según pasa el tiempo. Detalles que parecían importantes, ahora son nimios; los protagonismos se modifican y hasta palabras que parecían “exactas” ahora son “dudosas”, o desaparecen.

Incluso la peor tragedia contemporánea, la que comenzó hace exactamente 50 años, puede ser cambiada, pulida y modificada hasta alejarse de lo que en realidad significó.

Cincuenta años –medio siglo, cinco décadas, 10 lustros, 600 meses– es demasiado tiempo como para creer que la memoria personal se mantendrá intacta.

Porque está dicho que, más allá de la fisiología y más acá de las vivencias individuales, cada quien es artífice de su propia memoria, producto de una sensibilidad única para procesar el pasado.

Es por eso que cada relato se defiende con apasionada seguridad, con ciega certeza; porque en la memoria está contenida una parte trascendente de la identidad personal, aun cuando colisione con los recuerdos de los demás.

¿Es posible pensar, entonces, que la memoria individual podría ser una herramienta de olvidar?

No, ya que la memoria no forma parte de ningún silogismo, gracias a la virtud inherente a otra memoria, a la colectiva; esa suma de verdades que, aun diferentes, permiten construir lo que no puede deformarse: el tormento sufrido por las víctimas; el dolor interminable de quienes siguieron y siguen buscando; el desconcierto de redescubrir su identidad y la penosa carga sobre una ciudadanía que exhibe heridas aún abiertas.

Es la memoria social la que corrige intentos de fuga de recuerdos que deberían ser imborrables.

La que pule aristas que lastiman a quienes no recuerdan igual o no quieren hacerlo.

La memoria que acerca a la paz y aleja de la injusticia.