Editorial. Volar a ras del suelo
Para alimentar nuestras polémicas de vuelo gallináceo, bastan dos muestras: el caso del gendarme Nahuel Gallo y el de la abogada Agostina Páez, ambos tratados con el mismo rasero e iguales dosis de inconsistencia y liviana irresponsabilidad.
No es ningún secreto: desde 1983 hasta la fecha, el ejercicio de la política en nuestro país no se hizo más serio, adulto o responsable. Para más detalle, bastaría con señalar que ha perdido las virtudes que pudo haber exhibido en épocas más felices, para ganar, en cambio, en superficialidad, oportunismo y falta de ideas.
Los cruces de cada sesión en ambas cámaras del Congreso Nacional se destacan hoy por su patetismo barriobajero y su arrogante grosería: la injuria, la chicana y las frases dogmáticas perimidas son los condimentos habituales para disputas de peluquería que la televisión transmite en vivo, como si de un mal reality se tratara. Acaso lo sea.
Para alimentar nuestras polémicas de vuelo gallináceo, bastan dos muestras sucesivas que, en un lapso muy breve, vinieron a corroborar nuestra aquilatada capacidad para convertir lo sagrado en profano: el caso del gendarme Nahuel Gallo y el de la abogada Agostina Páez, ambos tratados con el mismo rasero e iguales dosis de inconsistencia y liviana irresponsabilidad.
En el caso del gendarme, la Cancillería argentina quedó en claro offside al no tener con quién articular diálogo alguno sobre el tema, dado que se trata a Venezuela como un país enemigo y a Brasil, el lógico mediador, como socio indeseable. Ello dejó al canciller argentino, Pablo Quirno, fuera de juego y haciendo esfuerzos desesperados para salir en la foto cuando finalmente el argentino fue liberado. Por una gestión, como se sabe, de otro enemigo, el "Chiqui" Tapia, patrón de la AFA, y de la diputada disidente Marcela Pagano. Para mayor patetismo, al gendarme se le ordenó callarse, a la vez que la exministra de Seguridad Patricia Bullrich trataba de salir en la foto.
De inmediato, apareció una nueva oportunidad para la chapucería, cuando la Cancillería tropezó con el caso de Agostina Páez y nuevamente el canciller Quirno vio cómo el juego se desarrollaba a sus espaldas, con la doble humillación de que los gestores de su eventual vuelta a la Argentina hayan sido, otra vez, la diputada Pagano y –oh sorpresa– el expresidente Alberto Fernández. El fruto del árbol envenenado, diría un jurista.
Unos y otros disputan los despojos, carroñeando en cuestiones sensibles, faltos de toda empatía y mínimo sentido del decoro, empeñados en demostrar, como si ello fuese necesario, que no estuvieron ni están dispuestos a asumir las responsabilidades que sus funciones les imponen. Ajenos a todo, siguen empeñados en volar a ras del suelo. Como las gallinas, que aletean pero sólo logran avanzar unos centímetros. Olvidando, quizá, que a las gallinas nadie les exige que dejen de ser lo que son.



