Celebraciones por la selección. Los violentos no merecen una fiesta
Los disturbios en medio de los festejos por los triunfos de la selección argentina reflejan un modelo de violencia enquistado en el fútbol, que requiere acciones políticas y judiciales.
Bien podría decirse que volver a hablar de la violencia vinculada con el fútbol equivale a predicar en el desierto. Pero la reiteración de disturbios y desmanes cada vez que el festejo se torna masivo –tal como ha ocurrido en estos días tanto en Córdoba como en otras ciudades del país– obliga a insistir sobre un tema que tiene más preguntas que respuestas.
Las victorias de la selección argentina en el marco del presente Mundial de Fútbol han suscitado un entusiasmo creciente en la población, como es habitual en esta clase de eventos deportivos. Ese entusiasmo se ha manifestado en concentraciones multitudinarias en zonas céntricas.
Pero junto a semejantes expresiones de alegría se registraron diversas formas de vandalismo. Por ejemplo: la destrucción de elementos vinculados al espacio público, contenedores, paradas de transporte y, lo peor de todo, delitos cometidos por los aprovechadores de costumbre, sin olvidar el asalto a una joyería, hecho que no parece obra de la casualidad.
La violencia y los policías heridos, amén de los residuos que quedan en la calle tras estos acontecimientos, componen un combo tan reiterado como insoportable.
Los sociólogos sabrán explicar las razones por las que esta clase de desmanes se asocian en general al fútbol y no a otras disciplinas que, claro está, no alcanzan la visible masividad del principal deporte nacional. Sin embargo, es difícil comprender el grado de exasperación e intolerancia que se genera en torno de este juego tan popular
Lamentablemente la cultura futbolera ha impuesto un modelo en el que los colores propios y la victoria emulan cada vez más a un escenario bélico donde el adversario es alguien inferior e indigno de consideración alguna. Años de una tolerancia perniciosa al fenómeno han permitido que este modelo de relación se naturalice hasta el paroxismo.
Por cierto, hay responsabilidades compartidas y culpas variadas, como las de los dirigentes que pactan con las barras bravas o directamente participan de su negocio, funcionarios policiales y hasta judiciales y no pocos políticos que apelan a la cantera del fútbol para cimentar sus carreras, y devuelven el apoyo con cuotas de impunidad.
Y no es menos cierto que, en general, pocas veces se castiga a los vándalos y mucho menos se exige a los dirigentes de los clubes que rindan cuentas. Como se verá, el entramado es de una enorme complejidad y nadie pretende que se desarme de un día para el otro.
No obstante, es imprescindible que desde la política se decida enfrentar esta cultura violenta y que desde la Justicia se ataquen las formas del delito que se le vinculan. También debe entenderse que no pocas veces estas expresiones son detonadas por razones ajenas al deporte, esas que subyacen en los subsuelos de una sociedad enojada. Este último no es, desgraciadamente, un dato menor.

