Editorial. Trump, un presidente sin límites

Las ambiciones del magnate estadounidense desafían los controles y reflejan un regreso al poderío sin restricciones de antaño, en un contexto de crítica y controversia.

06 de julio de 2026 a las 12:02 a. m.
Trump, un presidente sin límites
Donald Trump.

El último magnate es el título de la última e inconclusa novela de Scott Fitzgerald. Su protagonista es uno de esos millonarios omnipotentes de la talla de los Morgan, los Rockefeller o los Vanderbilt, quienes fueron propietarios de la economía estadounidense a través del acero, el petróleo, la banca, los barcos y el ferrocarril hasta la llegada de Teodoro Roosevelt al poder.

Como a todos y a cada uno de aquellos personajes, la palabra "regulación" parece erizarle la piel al actual presidente de la primera potencia mundial, Donald Trump, aun cuando no se canse de subir y bajar los aranceles a las importaciones.

La reciente declaración patrimonial del actual mandatario de los Estados Unidos –que asciende a un monto de U$S 2.200 millones– fue calificada por los líderes de la oposición demócrata como el producto de una "codicia repugnante".

La calificación no suena excesiva si se tiene en cuenta que se aplica a un millonario que ha sabido medrar en los claroscuros del sistema: mandó holdings a la quiebra cada vez que lo necesitó y dejó por el camino a no pocos damnificados.

Claro que esta vez lo que están en juego es la investidura presidencial y las facilidades que esta otorga a quien carezca de escrúpulos y aproveche su posición para privilegiar negocios personales.

Trump lo ha hecho de manera ostensible, apostando sin demasiado riesgo en el universo de las criptomonedas para ganar más de U$S 1.000 millones sólo en ese rubro. En paralelo, los demócratas, algunos republicanos disidentes y una parte de la sociedad siguen requiriendo que esas actividades sean reguladas, en tanto y en cuanto facilitan el lavado de activos, la evasión y las estafas a los incautos ilusionados con las ganancias fáciles.

Por el contrario, el presidente de los Estados Unidos hace lo humanamente posible para eliminar todo vestigio de control, mientras que, a la manera de los autócratas de otros países, rebautiza con su apellido edificios e instituciones diversas.

Es el claro retorno a esa era en que los magnates imponían la ley y fabricaban presidentes; el triunfo del capital sobre la sociedad. El actual inquilino de la Casa Blanca no tiene pudor de vender zapatillas, relojes y hasta Biblias con su marca.

En rigor de verdad, debe decirse que Trump no inventó nada y que el manual del autócrata está escrito desde hace tiempo. Y cada vez más se lo imita sin disimulo, anulando toda forma de control sobre los actos del poder, en un lamentable retroceso de las normativas que costó décadas discutir e instalar.

Como de costumbre en todas estas cuestiones, lo que está en juego es la democracia y su deterioro harto evidente. Esa democracia que las urgencias cotidianas impuestas por estos tiempos crueles impiden valorar y todos lamentan de consuno una vez perdida.