Crimen en San Cristóbal La sociedad desbordada
La probada vinculación del autor del crimen en San Cristóbal con el sitio True Crime Community ilustra sobre aspectos de la vida de los adolescentes actuales que merecen más atención y reacción de parte de la sociedad.
En algún lugar de la internet profunda, no tan lejos como para quedar fuera de alcance, sitios como True Crime Community fungen como un faro siniestro que ilumina el camino de los que han perdido el rumbo. Aquí, en la Argentina, aparece vinculado con los sucesos de San Cristóbal, donde el mejor compañero de la clase disparó sobre quienes lo habían elegido.
True Crime podría verse como un sitio más de los millones que abundan en la web, algunos bien documentados y la mayoría mal encaminados y peor intencionados. Pero nadie debería confundirse: en sus páginas, se repasan crímenes masivos asociados a supuestos raptos de locura circunstancial, tiroteos en lugares públicos y en escuelas, como en el famoso caso de Columbine, Estados Unidos, en 1999, en el que murieron 16 personas, incluidos los dos asesinos.
Y no se trata de crónicas policiales, sino de la ponderación de los hechos, la admiración por sus autores, el análisis de los planes criminales, la celebración del resultado y la mutua estimulación para quienes desean emular esas acciones.
Hasta allí sólo cabe aceptar que la realidad nos ha superado, dejándonos sin herramientas para confrontarla y adormecidos en la esperanza vana de que las cosas no pasarán a mayores. Pero cuando suceden incidentes como los de San Cristóbal nos quedamos preguntando qué se nos pasó por alto y qué podríamos haber hecho si hubiésemos estado más atentos a lo que veíamos pero no queríamos reconocer como un peligro potencial.
Sin embargo, los sucesos de esa ciudad santafesina se venían anunciando desde mucho antes, en episodios que ocurrían a la vista de todos sin que se los valorara en su verdadera entidad: autoridades educativas, gabinetes psicopedagógicos, representantes del Poder Judicial y de la Policía, padres y miembros de la comunidad coincidieron en no tomar debida nota.
Enfrentados a un mundo de total ajenidad, aislados, incomunicados y aferrados al celular, pegados a la pantalla e inmersos en un ecosistema virtual donde no existe el afuera (el otro no existe), donde se destruye y mata con un simple joystick y sin pagar consecuencia alguna, adolescentes despectivamente llamados "incels" –célibes involuntarios– que carecen de contención afectiva y contacto con el mundo exterior son la materia prima perfecta para sitios como True Crime.
La urgencia del momento pasa por advertir que hemos estado mirando hacia otro lado, en la esperanza de que nada alteraría nuestra dudosa normalidad. Urge que todos los actores involucrados se hagan cargo de la parte que les corresponde, entendiendo que se trata de orquestar una laboriosa operación de rescate: extraer a nuestros adolescentes del mundo virtual, revincularlos con la realidad; resocializarlos, en suma.
No es una tarea simple, pero sí la única que podemos darnos a los efectos de que no haya en nuestro diario devenir otros San Cristóbal.

