Sin vencedor ni vencedores
El acuerdo de última hora alcanzado en Estados Unidos para ampliar el margen de endeudamiento no despeja de modo total las brumas en el horizonte de la economía globalizada.
El acuerdo de última hora entre el presidente de los Estados Unidos y los líderes de los partidos Demócrata y Republicano del Congreso norteamericano aleja, en lo inmediato, el riesgo de que la superpotencia caiga en cesación de pagos por primera vez en su historia. El Senado decidió ayer aprobar la elevación del techo de las obligaciones y Barack Obama podrá tomar más deuda por 2,4 billones de dólares y finalizar su mandato menos apremiado. Pero no puede decirse que lo suyo sea un triunfo. Una autorización para deber difícilmente sea objeto de alegría, más aun cuando ello supondrá grandes amputaciones en el gasto social. Quizá sólo el movimiento Tea Party, el ala de extrema derecha del Partido Republicano, pueda celebrar este avance en sus designios de desmontar el demonizado Estado de bienestar, al que atribuye gran parte de los males de una economía alejada de la racionalidad, como lo demuestran los estallidos cada vez más frecuentes de sus ruinosas burbujas, tales el de las "punto com" y el de la actividad inmobiliaria. Una economía basada sobre el endeudamiento y la especulación financiera tiene asegurado, tarde o temprano, un quebradero de cabeza. Sobre todo cuando se endeuda para financiar empresas censurables, como gastar más de dos billones de dólares en la barbarie de las guerras de agresión contra Irak y Afganistán. A ello hay que sumar 1.500 millones de dólares que el ex presidente George W. Bush regaló a los sectores más ricos, en una desatinada movida impositiva presuntamente encaminada a inversiones productivas, que terminó inflando la última burbuja. La rígida posición republicana careció de justificación moral, porque esas dos inicuas guerras y las exenciones fueron obras de George W. Bush, el gran inspirador del Tea Party. El sobreendeudamiento no hubiese implicado demasiado peligro: Japón sobrelleva desde hace más de dos décadas una deuda soberana superior al 200 por ciento de su producto interno bruto (PIB), mientras que Estados Unidos recién cruzará la línea del ciento por ciento. Por lo demás, de los 14,5 billones de dólares de deuda actual, la Reserva Federal adquirió cerca de 70 por ciento de los títulos de deuda que se encontraban en manos de privados. El gobierno se debe, en gran medida, a sí mismo. Y en su propia moneda. ¿Por qué, entonces, tanto temor? Un default del principal operador de la economía globalizada minaría los pilares fundamentales de esta, con grandes países –China y Brasil, entre ellos– fuertemente posicionados en bonos del Tesoro de Estados Unidos. Se habría ingresado así en un círculo vicioso de emisiones de deuda e impagos que las calificadoras de riesgo condenarían a su liquidación como "bonos basura". Con todo, a pesar del acuerdo, los analistas advierten que la economía global no está en un lecho de rosas, ni mucho menos.

