Pérdida de empleos. Preocuparse por la producción y el trabajo
La pérdida de empleos formales alcanza cifras preocupantes. En contraste, regiones como Vaca Muerta protegen su empleo local, resguardando el mercado laboral.
Argentina sólo produce biromes y dulce de leche. La gente se endeuda porque no sabe administrar sus recursos. Esas y otras frases del mismo tenor bajan desde las más altas instancias del poder político en el país, nada menos que desde el presidente de la Nación, mientras el cierre de empresas, las convocatorias de acreedores y las suspensiones que las preceden van sucediéndose sin prisa y sin pausas.
Sólo en abril de este año se perdieron en el territorio nacional 11.673 puestos formales de trabajo. Eso significa que la gestión de Javier Milei acumula un deterioro de 235 mil pérdidas de empleo, y cuando aún resta incorporar a la estadística los números del último trimestre, nada alentadores.
Curiosamente, y de forma simultánea, Vaca Muerta Muerta goza de buena salud, y Río Negro y Neuquén blindan su mercado laboral privilegiando la mano de obra local y desalientan las mudanzas internas por falta de trabajo e infraestructura.
El agro, claro, no genera tanto empleo directo, por bien que le vaya a la soja, mientras que la minería pudo crear en San Juan unos 150 nuevos puestos en un año; una gota de agua en el desierto.
Son las consecuencias ¿no deseadas? de un modelo de reconversión concretado a espaldas de cualquier atisbo de planificación, un sistema darwiniano en el que sólo los más fuertes verían la luz al final del túnel. Claro está que pudo hacerse de otra manera, operando con un bisturí y no con una cuchilla de carnicero.
Son 22 los distritos que acumulan fuertes pérdidas de empleo, para engrosar una cifra simbólica de desempleo en torno del 7,8%, dato que no pocos analistas cuanto menos duplican cuando revisan la creciente uberización del trabajo. Esto es, el desplazamiento de los desocupados hacia las aplicaciones en las que repartir comida o transportar a personas reemplazan la producción genuina.
Son trabajos a destajo, sin cobertura de salud ni aportes jubilatorios, lo que impacta en la salud pública, tanto como en la desfinanciación de Anses y del Pami.
Ni el litio ni el petróleo ni la minería o el agro logran disimular una situación que tiene impacto directo en la recaudación, genera más endeudamiento y arroja a la incertidumbre a una masa creciente de marginados del sistema.
La pregunta del millón que muchos parecen no querer plantearse sería cuántos pobres puede soportar el modelo mientras los nuevos desclasados aguardan que la política les otorgue una cuota de representación que por el momento no tienen.
Argentina tenía numerosos sectores poco competitivos y demasiado protegidos. Y su modelo económico basado en subsidios y en la emisión espuria de moneda era claramente insostenible. Era imprescindible revertir ese escenario que nos llevaba a la catástrofe. Pero el cambio debió ser afrontado con planificación y previsibilidad. Sin embargo, las cosas se hacen por la razón o por la fuerza, y ya se sabe cuál ha sido la opción elegida.

