Política nacional. El lenguaje político, en su nivel más bajo

Los recientes cruces verbales entre Martín Menem y Ricardo Quintela son manifestaciones preocupantes del nivel al que ha descendido el debate político en la Argentina.

28 de febrero de 2026 a las 12:02 a. m.
El lenguaje político, en su nivel más bajo
Martín Menem, diputado de La Libertad Avanza.

"Un mono con un martillo en una cristalería". Así calificó el titular de la Cámara Baja nacional, Martín Menem, al gobernador de La Rioja, Ricardo Quintela. Poco antes, este se había despachado sobre lo que a su entender le espera a la Argentina si el actual rumbo político de la Nación no se corrige, y pronosticó que el gobierno de Javier Milei no llegará al 10 de diciembre de 2027, es decir, al fin de su mandato.

Tanto las palabras de Menem como las de Quintela están lejos de ser una muestra refinada de las alturas que el debate podría alcanzar en nuestro país.

Sin embargo, sirven precisamente para comprender por qué el debate político profundo desapareció de la escena, reemplazado desde hace tiempo por la incontinencia verbal y por frases que se asestan como estocadas, sin parar mientes en la magnitud del daño inferido, no sólo al adversario sino a la sociedad toda, que tiende a naturalizar esas conductas y ese lenguaje exagerado.

Todo es igual

No se requiere de la mayor lucidez para observar la decadencia manifiesta en las carencias argumentales de quienes se tirotean todos los días de una a otra vereda ideológica, apelando a la misma táctica ramplona, donde el agravio prima sobre la discusión seria y la argumentación fundamentada con datos, documentos e ideas.

Potenciados por los escasos modales de las redes sociales y por la multiplicación de micrófonos y de pantallas, la grosería y el tono patoteril aplanan todas las expresiones.

Como decía el famoso tango Cambalache, "todo es igual, nada es mejor". Pero Enrique Santos Discépolo se quedó corto al diagnosticar que "los inmorales nos han igualado". En realidad, está sucediendo algo más grave: demasiadas personas en nuestra sociedad han decidido igualarse con los inmorales.

Como ciudadanos argentinos, resulta difícil aceptar que esa resignación colectiva termine ratificando que, si no podemos ser mejores como país, al menos podemos poner nuestro empeño en ser peores.

Y en este punto reside lo más criticable de las expresiones de un presidente de la Cámara de Diputados y de un gobernador. El pésimo ejemplo que ofrecen a un conjunto social que viene observando y padeciendo, día tras día, los exabruptos de una parte considerable del estamento dirigente que parece haber extraviado los modales, el decoro, la discreción y la mesura.

Legisladores que se enfrentan en el Congreso como en una pelea de feriantes despechados; mandatarios que cantan y bailan cuando vastos incendios arrasan miles de hectáreas; legiones de tuiteros de todas las facciones que laboran al efecto de cubrir una cuota diaria de escarnio, y hasta exmandatarios que presumen de sus escarceos con modelos o vedetes diversas. Todo vale y se tolera, en el juego de nivelar para abajo.

Sin embargo, una gran mayoría de la sociedad argentina permanece ajena a estos trasiegos, absorta en el diario esfuerzo de sostenerse en un marco cada vez más hostil.

Es a esos millones de ciudadanos que la política –los políticos– les está debiendo respuestas que recuperen la confianza y dejen entrever un horizonte posible más allá de las palabras utilizadas como proyectiles.