Editorial Frenar decibeles que enferman, una deuda pendiente
Un estudio ubica a Buenos Aires entre las ciudades más ruidosas de la región. El impacto del ruido continuo alcanza a la salud, la educación y la vida diaria, también en Córdoba. Faltan controles estrictos y sanciones ejemplares.
El ruido dejó de ser una molestia pasajera, para convertirse en un tema recurrente en la vida cotidiana de la población.
Hoy forma parte de una crisis de salud pública que avanza sin freno en las grandes ciudades argentinas.
Un estudio basado en datos de la Organización Mundial de la Salud ubica a Buenos Aires como la ciudad más ruidosa de América latina. En autopistas como la 25 de Mayo o la Perito Moreno, los niveles superan los 80 decibeles, muy por encima de los 55 permitidos durante el día y los 40 fijados para la noche por la Ley 1540. La brecha entre la norma y la realidad alcanza, en algunos casos, más de 25 decibeles.
Córdoba también padece una presión sonora constante. Bocinas, sirenas, obras, transporte público, música, desidia vecinal, bares y alarmas forman un entramado de ruidos que no concede pausas.
Un mapeo de denuncias vecinales identifica zonas críticas: el Centro, el microcentro, el noroeste cercano a la avenida Rafael Núñez y sectores fabriles del sur.
El dato revela un patrón: la contaminación sonora se concentra donde la actividad económica y el tránsito resultan más intensos, más allá de casos puntuales en los barrios, también cada vez más frecuentes.
Las consecuencias de vivir bajo este bombardeo acústico son profundas. La OMS establece que, a partir de los 75 decibeles, el sonido daña la salud.
La exposición sostenida eleva los niveles de cortisol y adrenalina, con impacto directo en el sistema cardiovascular y la presión arterial. También altera el sueño, afecta la concentración y erosiona el bienestar general.
En niños, los estudios registran dificultades en la comprensión lectora y una caída del rendimiento escolar. Incluso las mascotas sufren: casi la mitad presenta fobias ante ruidos intensos, según datos de la Asociación Argentina del PVC.
Se trata de una epidemia invisible. A diferencia del esmog o de la basura, el ruido no deja marcas visibles en el paisaje. Cada bocina innecesaria, cada escape adulterado, cada fiesta clandestina, cada obra sin control suman eslabones a una cadena que deteriora la calidad de vida.
El silencio, en este contexto, se vuelve un lujo.
El Estado no puede limitarse a diagnósticos. Hace falta una política integral que combine prevención, control y sanción. Los gobiernos municipales tienen un rol central: deben reforzar inspecciones, actualizar normativas y garantizar su cumplimiento efectivo.
Las herramientas existen, pero requieren decisión política.
También se impone un cambio cultural. La tolerancia social hacia el ruido excesivo alimenta el problema. Resulta imprescindible sancionar con firmeza a quienes generan contaminación sonora.
Vecinos que ignoran normas básicas de convivencia, locales que exceden límites permitidos y empresas que priorizan ganancias sobre la salud deben enfrentar consecuencias claras.
El 29 de abril, Día Internacional de Concientización sobre el Ruido, es una oportunidad para poner este tema en el centro del debate.
Las ciudades deben recuperar el equilibrio perdido. El silencio también es parte de la vida urbana.

