Bolívar y Chávez
La macabra manipulación de los restos de Simón Bolívar con fines políticos es un recurso extremo de Hugo Chávez para distraer a su pueblo de la pobreza.
En su discurso de recepción del premio Nobel de Literatura de 1982, Gabriel García Márquez hizo una breve enumeración de mandatarios que ha padecido Latinoamérica desde que se liberó de la dominación española.
Encabezó su breve censo con el general Antonio López de Santana, varias veces dictador de México, quien hizo enterrar con funerales magníficos su pierna derecha, que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles contra la invasión francesa (1838/1839). El donoso escrutinio siguió con el general Gabriel García Moreno, que "gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones, sentado en la silla presidencial". Podía haber agregado que azotaba a los ministros que habían interpretado o mal ejecutado sus órdenes.
No más equilibrado fue el general Maximiliano Hernández Martínez, "el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, y que había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos que se le servían estaban envenenados e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina".
Como bonus , García Márquez añadió que el monumento al general hondureño Francisco Morazán es, en realidad, una estatua del mariscal napoleónico Michel Ney, comprada en París en un depósito de esculturas en desuso.
Ni hablar de dejar afuera al dictador Gaspar José de Francia, quien gobernó Paraguay con mano de hierro durante 26 años y lo aisló del resto del mundo. Ex alumno de la Universidad de Córdoba, prohibió la enseñanza superior, el ingreso de extranjeros y la salida de paraguayos, la importación de libros y diarios y el mantenimiento de correspondencia con el exterior.
La galería podría enriquecerse con el actual dictador venezolano Hugo Chávez, quien ahora ordenó abrir el féretro de Simón Bolívar porque sospecha que el Libertador murió envenenado. La ceremonia y el relato de Chávez bien podrían ser incluidos en las novelas mágicas del escritor. Si los estudios confirmasen su presunción, utilizaría ese crimen para seguir embistiendo contra Colombia, porque le sería demasiado fácil atribuirlo a Francisco de Paula Santander, quien gobernaba Colombia cuando se extinguió el gran patriota venezolano. Bolívar y Santander mantuvieron una difícil relación, hasta el punto de que el Libertador, uno de los próceres de más exquisita educación, llegó a rehusar estrechar la mano de quien, como venganza, le prohibió que condujera los ejércitos en la batalla de Ayacucho, que selló el final del imperio español.
También puede esperarse que Chávez culpe por el magnicidio a la Agencia Central de Inteligencia norteamericana (CIA). Todo sirve a sus fines de distraer a su pueblo de la pobreza en que lo hunde su desatinado gobierno.

