Pensar la infancia. Todos éramos distintos

La memoria suele liberarse de las feas sensaciones. Pero, aun vestidos de un blanco homogéneo, todos éramos distintos.

05 de abril de 2026 a las 12:05 a. m.
Todos éramos distintos
Los guardapolvos y la escuela. (Pexels)

Aquel colegio, enclavado en el corazón del parque Sarmiento, tenía sólo siete habitaciones: una por grado y la dirección.

Los alumnos colmábamos las aulas, aunque el bullicio sonaba controlado. Los gritos, las corridas y eventuales peleas parecían disolverse en la espesura de los árboles y matas circundantes. Una acequia cruzaba el patio; era el río por donde navegaban nuestros barquitos de papel.

El tiempo, siempre lento en lo que añoramos, se compartía sin segundas miradas. No recuerdo que repitiéramos en voz alta sentencias o prejuicios de nuestros mayores.

Los uniformes, por entonces guardapolvos, uniformaban. El calzado –la prenda más expuesta– no marcaba diferencias. Las zapatillas eran Flecha o Pampero. Recién al final de la primaria conocimos las con “punta reforzada”.

Raramente nos llamábamos por nuestros nombres, quizá por la costumbre de escuchar cada día “tomar lista” por apellido. Décadas después, González sería Ezequiel; luego “Corcho”, y, finalmente, “Echu”.

Tal vez nada de eso fue así. La memoria suele liberarse de las feas sensaciones. Pero, aun vestidos de un blanco homogéneo, todos éramos distintos.

Ramírez, por ejemplo, era tímido hasta la desesperación. Las maestras lo sabían y no lo llamaban “al frente”. Escuchamos su voz sólo cuando, con la mano sangrante, pidió por su mamá.

Díaz era preciosa; siempre bien peinada y con infalibles aritos de perla. Tartamudeaba, aunque sólo lo hizo durante los primeros años. Al parecer, aquello no era un problema. Era Díaz, la preciosa siempre bien peinada, que terminó la primaria parloteando como todos.

Es probable que nadie haya visto alguna vez a los mellizos Sánchez sentados en sus bancos. Deambulaban a toda hora buscando “algo” (que nunca era lo mismo). Interrumpían, pedían prestado, secreteaban al oído o simplemente caminaban y saltaban. Las autoridades terminaron aceptando esa conducta, siempre y cuando “copiaran” a la hora del “dictado”.

Famoso por sus enojos era Molina; bueno en el fútbol, pero gruñón. Solamente cuando el alboroto causado había sido excesivo, la directora citaba a sus padres, que, avergonzados, se disculpaban, explicando que el padre había sido igual. “Nos haremos responsables”, repetían.

Años después nos encontramos; ambos ya con canas. Según Molina, ya no era “calentón”. “Podría haber ayudado, pero nunca me llevaron a un psicólogo”, dijo, como al pasar.

Todas esas imágenes –idealizadas y edulcoradas– no reflejan la turbulencia social, económica y política vivida en Argentina en la década de 1960, pero es imposible desconocer que el mundo infantil era diferente. La jornada escolar duraba cuatro horas; madres, padres y, en especial, los docentes ostentaban una nítida autoridad, y el tiempo libre –el de jugar– prevenía lo que después sería el “apuro existencial”.

También era distinta la percepción de las diferencias; había compañeros “cuatroojos”, había “gordos” y había “olfas” (abuelos: expliquen el significado), pero sin estigmas que funcionaran como tabiques sociales.

Los recuerdos de aquella época –personales y, por lo tanto, sesgados– surgen al leer que Utah Frith, psiquiatra británica y una de las pioneras en definir el concepto de "espectro autista" en la década de 1980, afirma hoy: “La definición que actualmente usan médicos, familias y escuelas en todo el mundo para diagnosticar y entender la condición perdió completamente el sentido. El problema radica en lo que se hizo con ella: ampliar el espectro hasta incluir perfiles tan distintos que el diagnóstico dejó de tener valor clínico”.

González, Ramírez, Díaz, Sánchez, Molina (apellidos ficticios): los recuerdo con el cariño y la convicción de que todos éramos distintos.

Médico pediatra