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Destituyentes y golpe blando

Cada día, el Gobierno avanza con un minigolpe de Estado, atacando una a una a las instituciones de la república: el Congreso, la Procuración. En suma, combatir al Gobierno para defender las instituciones y defender al gobierno institucional era para todos la misma cosa, y sigue siéndolo.

22 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Luis Alberto Romero*
Destituyentes y golpe blando
Cristina Fernández. Durante su última cadena nacional, en la que volvió a inaugurar la planta nuclear de Atucha (Télam)

Me llamaron por primera vez "destituyente" en 2008. Fue un estimado colega, con quien compartimos durante 20 años un seminario mensual, seguido de café y tertulia. En su juventud, él había militado en el peronismo, pero desde que lo conocí estaba más cerca de la socialdemocracia, sobre todo la de España, adonde viajaba seguido.Como historiadores, compartíamos el gusto por los marxistas ingleses –Edward Thompson, Raymond Williams–, las bromas ácidas sobre los revisionistas locales, que él se dedicaba a estudiar, y hasta la crítica al gobierno kirchnerista.Todo empezó a cambiar con la crisis del campo y su redescubrimiento de la "oligarquía destituyente", grupo en el que me incluyó, todavía de un modo cariñoso. Pero, desde entonces, nos vimos poco y dejamos de compartir el café.

Cambio de filas

En 2012, encabezó una declaración de colegas historiadores en la que 
–ahora de un modo serio– me acusaban de ser “destituyente”. La causa era haber criticado al Conicet por “apretar” a los investigadores críticos del Gobierno, invocando la “unidad de pensamiento” de la institución. Sobre todo, por haberlo hecho en notas publicadas por

Clarín

. Esa vez hablamos y me dijo, de manera afectuosa, que no era “nada personal”.

“Destituyente” me sonó a “golpista” –hoy ya son sinónimos– y me preocupé. Empecé a preguntar a la gente cercana y a la que me leía o asistía a mis charlas, buscando entre ellos a golpistas.

Encontré a cuatro, entre unas dos mil personas, es decir, un 0,2 por ciento. El resto, como yo, se oponía al Gobierno, entre otras cosas, por atacar a las instituciones de la República.

Todos queríamos evitar los daños a la institucionalidad, y a la vez nos parecía esencial defender al Gobierno y ayudarlo a concluir su mandato con normalidad.

En suma, combatir al Gobierno para defender las instituciones y defender al gobierno institucional era para todos la misma cosa, y sigue siéndolo.

Quizá parezca paradójico lo de enfrentar al Gobierno y a la vez defenderlo. Se trata de sostener a las instituciones y, entre ellas, a las autoridades legítimas, elegidas por el sufragio ciudadano.

Pero quienes lanzaron hace tiempo el argumento de lo “destituyente” y ahora el del “golpe de Estado blando” parten de otra idea de la democracia.

La totalidad del poder

Es una idea con sólidas raíces en nuestra cultura política, que apareció con Hipólito Yrigoyen, maduró con Juan Domingo Perón y adquirió nueva figuración en la década de 1970, en el ámbito de la Juventud Peronista (JP), montonera o no. Una idea a la que han vuelto muchos, como mi colega y amigo, que en 1983 habían encauzado su “progresismo” en el marco de la democracia republicana.

Resurgida en la década de 1990, esta idea cuajó con el kirchnerismo. Su gobierno, que siempre tuvo una espontánea vocación decisionista, retomó la vieja idea de que la mayoría de sufragios concede al mandatario elegido la totalidad del poder, y que todo el aparato institucional debe plegarse a su voluntad política, que expresa de forma directa la del pueblo y la de la nación.

Esto explica el avance de los gobiernos kirchneristas sobre las instituciones de la República, con el paradójico argumento de la democratización. Al igual que Luis Napoleón Bonaparte, Benito Mussolini o Perón, creen que no hay democracia más allá del líder plebiscitario, ni patria fuera del gobierno que expresa al pueblo y a la nación.

Por eso mi colega y amigo, que ingresó a la política por la vía de la JP, en 2008 pudo imaginar una actitud destituyente en la oposición política a un gobierno popular y democrático. Bastaba la oposición para configurar la actitud destituyente, una semilla que con seguridad crecería.

Sobre esa creencia básica, era fácil sumar luego los clásicos argumentos de la conspiración de los poderes concentrados, de los que mi colega solía reírse.

Los verdaderos golpes

Hay que salir de esos pobres argumentos y analizar las cosas desde otra perspectiva. Los golpes de Estado en la Argentina no sólo derribaron presidentes sino también instituciones; suprimieron el Congreso, removieron jueces, cerraron diarios, encarcelaron ciudadanos y crearon dictaduras.

Algo de eso ya está ocurriendo en la Argentina, y no por obra de la oposición sino del propio oficialismo. Según una fórmula bastante conocida, se trata de desmontar las instituciones desde el gobierno.

Esto comenzó a ocurrir de manera gradual en tiempos de Néstor Kirchner, y de manera acelerada desde 2011, cuando el 54 por ciento de los votos dio cuerpo a la consigna de ir “por todo”.

Cada día, el Gobierno avanza con un minigolpe de Estado, atacando una a una a las instituciones de la república: 
el Congreso, la Procuración, los jueces y fiscales, los medios de prensa.

En ese camino, obtuvo varias victorias, pero 
cosechó derrotas importantes.

Alerta: final

El papel de la oposición ha sido frenar el golpe de Estado en cuotas, intentado por un gobierno básicamente destituyente, que acusa a los demás de hacer aquello que él mismo está haciendo. Como dice el refrán: “Cree el ladrón que todos son de su condición”.

Hoy, finalmente, la oposición le está prestando un gran servicio a la República, defendiéndola de su gobierno. El final está cerca, pero falta un poco.

Aún existe la posibilidad de un golpe de Estado de estilo 
bonapartista. En 1852, concluido su mandato presidencial y sin reelección posible, Luis 
Napoleón Bonaparte dio un golpe de Estado y convocó un 
plebiscito que lo proclamó emperador, durante 20 años. No hay que descartarla, pues el Gobierno dispone de muchas fuerzas, entre ellas un jefe del Ejército que adhirió al proyecto oficial.

Creo que este plan es poco viable; en parte porque la ciudadanía está movilizada y se expresa en marchas como la del 18 de febrero. Pero existe una segunda alternativa, igualmente peligrosa: patear el tablero y provocar un final wagneriano, un

Götterdämerung

del Gobierno, que se lance al precipicio y en su caída arrastre a la República y a todos los que vivimos en ella.

Tampoco es probable, pero no deja de ser posible. En esa eventualidad, todo el arco opositor deberá unirse para defender al Gobierno y evitar que triunfen los destituyentes, entre los que me temo figura hoy mi antiguo amigo.

*Historiador, miembro del Club Político Argentino