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Democracia y poder invisible

El riesgo de que los servicios degeneren en un poder oculto sin límites se hace más marcado cuando los gobiernos manifiestan, de forma recurrente, excesiva concentración de poder en la cabeza del Estado.

10 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma*
Democracia y poder invisible

Las reflexiones que Norberto Bobbio reunió en Democracia y secreto , título de uno de los libros que integran su prolífica obra intelectual, cobran por estos días una importancia mayúscula en la Argentina. En esas páginas, el politólogo italiano habla del "poder invisible", al que define como el gobierno que actúa en las sombras o por debajo del "gobierno visible". Ese poder invisible –que ejecuta sus actos en la más completa oscuridad– es una de las cuentas pendientes de las democracias contemporáneas.Una de las formas que adquiere ese poder es lo que Bobbio denomina "criptogobierno" o conjunto de hechos y acciones ejecutados por determinadas fuerzas políticas en conexión con los servicios secretos o con una gran parte de estos, o por lo menos sin ser obstaculizadas por esos organismos.Bobbio considera que la red de servicios secretos y las organizaciones terroristas funcionan como manifestaciones del poder del Estado o del anti-Estado, que se ocultan para hacerse invulnerables. Esa invisibilidad los hace fuertes y les permite alcanzar la categoría de poder.La serie de acontecimientos cuyo punto culminante fue la dudosa muerte del fiscal Alberto Nisman alertó a la sociedad sobre el desarrollo extraordinario que alcanzó el criptogobierno en la Argentina kirchnerista.Las pujas descarnadas en el organismo de inteligencia nacional (ex-Side, ahora SI, próximamente AFI); los personajes estrafalarios de la política, como el expiquetero Luis D'Elía o el quebrachista Fernando Esteche, que montaron una diplomacia paralela para negociar con Irán, más la utilización de organismos públicos "visibles" y de la prensa adicta al Gobierno para seguir y escrachar a ciudadanos son sólo algunas de las manifestaciones conocidas de ese poder, cuya lógica es actuar desde las sombras. Pero la trágica novela de intriga y espionaje que, pasados los días, sigue manteniendo cautiva a la mayoría de la sociedad no es cosa nueva en la historia democrática del país. Sólo que los intereses que están en juego esta vez (la muerte de un fiscal asociada a la investigación del atentado contra la Amia y la trama secreta del memorando firmado con Irán) dan a esta historia una magnitud a tono con un gobierno deslumbrado por las batallas épicas. La misteriosa muerte de Nisman se suma a otras muertes dudosas que, con el paso del tiempo, quedaron reducidas casi a la categoría de datos anecdóticos, aunque por lo menos sirven para recordar a los argentinos que, en algún punto de las profundidades del poder, los riesgos para la vida no se pueden minimizar.Por estos días, se recuerdan en forma recurrente los casos de Horacio Estrada, Marcelo Cattáneo, Lourdes Di Natale y Alfredo Yabrán ("suicidios" emblemáticos ocurridos en tiempos menemistas), para trazar un paralelismo con lo que, por estos tiempos, muchas voces plantean como un "magnicidio institucional".

Espías de fin de ciclo

Bobbio señala que las acciones de espionaje (o los servicios secretos) constituyen un fenómeno capital en la historia del poder invisible, al que ningún Estado, sea democrático o autocrático, pudo renunciar.

Pero también destaca algo esencial: ningún Estado renuncia al espionaje, “porque no hay mejor modo de saber las acciones ajenas que tratar de conocerlas sin hacerse conocer y reconocer”.

De todas maneras, la naturaleza de los regímenes democráticos posibilita el desarrollo de “anticuerpos en su propio seno” para generar “operaciones de desocultación”, como por ejemplo la denuncia de acciones secretas.

La trama que desnudó Nisman, en vida y una vez muerto, sin dudas constituye uno de los más grandes escándalos institucionales de la historia argentina.

Este es un ejemplo de desocultación que sólo es posible en sistemas que, aunque de manera endeble, siguen conservando rasgos de democracia.

Después de transcurrir toda la “década ganada” alimentando el aparato de inteligencia para tareas alejadas del interés nacional y para satisfacer el interés propio, Cristina Fernández acusó el cimbronazo y decidió escribir una nueva historia en el mundo del espionaje criollo. Tarde y mal.

La decisión de transferir el monopolio de las “pinchaduras” telefónicas legales a la órbita nada más y nada menos que de la procuradora General de la Nación –la ultrakirchnerista jefa de los fiscales, Alejandra Gils Carbó– generó una reacción inmediata en la oposición y en distintos sectores del Poder Judicial.

Las expresiones de Ricardo Recondo, titular de la Asociación de Magistrados de la Nación, resumen muy bien la sensación generalizada entre los que no sintonizan con el Gobierno: “Le dan al lobo para proteger a las ovejas”.

La disolución de la Secretaría de Inteligencia (SI) para crear la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) a pocos meses de culminar el mandato presidencial, parece un cubito de hielo depositado en el interior de una caldera. No sólo porque el kirchnerismo ya no tiene margen de tiempo para emprender transformaciones profundas, sino porque para cambiar los métodos de un servicio de inteligencia, el Gobierno debe cambiar inexorablemente su mentalidad sobre la política. Y ya queda claro que eso no ocurrirá con el actual elenco gubernamental en retirada.

Agrava la expectativa negativa la posibilidad de que el nuevo organismo sea atestado de militantes camporistas, programados para mortificar, mientras dure su estadía en el poder, a candidatos presidenciales y periodistas.

No hay que descartar el riesgo de que se dediquen en estos meses a mandar a la papelera de reciclaje todas las huellas que comprometan al Gobierno en asuntos delicados para los intereses del país, tal como sospechan algunos sectores de la oposición.

Los servicios de inteligencia, por desgracia, parecen un mal necesario dentro del aparato estatal. El riesgo de que degeneren en un poder oculto sin límites se hace más marcado cuando los gobiernos manifiestan, en forma recurrente, excesiva concentración de poder en la cabeza del Estado: las tentaciones autocráticas hacen de lo invisible el mejor instrumento para dominar a los súbditos.

*Periodista, investigador adscripto en el programa Historia Política  de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC