Naranjitas. El delito camuflado de cuidacoches en Córdoba
El problema con los llamados "naranjitas" en la ciudad de Córdoba no sólo continúa, sino que ha comenzado a codearse con el delito y la inseguridad. Es decir, sujetos que se colocan un chaleco naranja para delinquir.
El conflicto con los “naranjitas” que operan en la ciudad de Córdoba ha tomado dimensiones que ya no sólo se reflejan en el cobro extorsivo a quienes se disponen a estacionar su vehículo en la vía pública. Ahora, la cuestión se desenvuelve en un contexto de decidido perfil delictivo.
Los cuidacoches se pueden definir como un fenómeno urbano que resiste en abierta desatención a las normativas que prohíben su presencia en las calles. Una medida que incluye a los limpiavidrios.
Sin embargo, pese a los buenos intentos oficiales, el problema no sólo continúa, sino que ha comenzado a rodearse con el delito y la inseguridad. Es decir, sujetos que se colocan un chaleco naranja para delinquir.
Si bien el ardid no es novedoso, ha tomado impulso en los últimos días con individuos que terminaron presos.
Dos ejemplos: el pasado domingo en horas de la madrugada, un supuesto naranjita fue detenido en barrio Güemes, de la ciudad de Córdoba, acusado de robar la rueda de auxilio de un vehículo estacionado en la zona.
La policía sorprendió al ladrón mientras trasladaba un contenedor de basura, en cuyo interior detectaron la rueda sustraída. Con las averiguaciones del caso, determinaron que el auxilio pertenecía a un vehículo particular.
Otro capítulo de los cuidacoches de mala vida se registró poco, en ocasión del atraco a un quiosco de barrio Nueva Córdoba. Tras recuperar lo robado, el muchacho fue puesto a disposición de la Justicia.
Reglas de convivencia
Habrá que valorar que no se trata de estigmatizar al conjunto de los hombres y mujeres que ofician de naranjitas inscriptos en cooperativas de trabajo reconocidas por la Municipalidad de Córdoba. Incluso, no todos los ilegales pueden ser puestos bajo sospecha. La crisis golpea y mucha gente sale a procurarse unos pesos para comer, aunque ello no justifique infringir normas.
Si las reglas de convivencia prohíben la presencia de cuidacoches y de limpiavidrios urbanos, el Estado tendrá que auxiliar con otras ocupaciones a las personas que han perdido su trabajo y que deben recurrir al sostén hostil de la calle.
Con todo, la tarea de las fuerzas de seguridad y de control municipal ya no sólo debe estar encaminada a terminar de una vez con las amenazas y ataques de naranjitas que reclaman cifras exorbitantes por el estacionamiento de un vehículo. Ahora se ha colado el delito en modo de robo de pertenencias, lo que amerita otra mirada.
Resulta riesgoso quedar a merced de falsos cuidacoches que, como se ha observado, hasta ofician de “dateros” de las bandas agazapadas para que consuman los asaltos.
Cómplices con información fina sobre estacionamientos, por lo general en horario nocturno. Y se reitera una historia lamentable: la mayoría de los delincuentes no han superado aún la adolescencia.
En síntesis, el fenómeno naranjita ha comenzado a inquietar a dos bandas. Las tarifas y los arrebatos en emboscadas.
La cuestión es dinámica y se repite. Sólo los controles podrán terminar con un conflicto urbano sin resolver.

