De nacimientos y cambios
El transcurrir humano incluye impulsos incontenibles, entre los que se destaca el deseo de tener hijos.
El transcurrir humano incluye impulsos incontenibles, entre los que se destaca el deseo de tener hijos. La mayoría de las personas lo logra sin contratiempos, contribuyendo a la pervivencia de una de las pocas especies de mamíferos que se reproduce (por lo general) de a una cría por vez. El impacto de la procreación no se limita al puro hecho biológico; los recién nacidos detonan cambios insospechados en la conducta de las personas. Al nacer, son los hijos los que nombran a sus padres. Con ello disuelven el escondido fantasma de la infertilidad.Este temor, comentario habitual entre mujeres y confesión esporádica entre hombres, desaparece del imaginario. Muchos descubren que tenían ese miedo sólo frente al embarazo consumado.Los bebés también llevan a reconocer, por primera vez quizá, otra forma de trascendencia. Permiten reconocer la vida después y más allá de uno mismo.Otro efecto maravilloso es que se comienza a entender a los propios padres. Recién con un hijo en brazos, la pareja comprende actitudes y decisiones de crianza que asumieron los abuelos en su momento.Esto les permite alojar a los recién llegados en sintonía u oposición, pero con una referencia a la vista.A partir del parto, los padres quedan expuestos a una inédita intemperie psicológica. Cómodos en el (habitualmente) sereno transcurso del embarazo, no sospechaban los cambios que surgen con un nacimiento.A pesar de que los amigos con hijos advierten que "te cambian la vida", esta idea no se entiende hasta que se vive. El embarazo es, por lo tanto, un territorio de idealizaciones con fecha de vencimiento.Poco tienen que ver las idílicas imágenes del bebé perfecto con las primeras noches en vela, por cólicos o gases. Estos comentarios no intentan amedrentar; por el contrario, buscan evitar desilusiones que compliquen el vínculo inicial entre padres e hijos.Pocos son los que confiesan el contraste que se vive entre la idealización previa al nacimiento y el cansancio posterior. Probablemente no quieren que se dude del amor por su hijo.No es el afecto lo que está en juego, sino las consecuencias de la perplejidad por no haber previsto la realidad.El que llega, aun cuando es fruto innegable del amor y del deseo, es un invasor. Inicialmente extraño, arrasa con horarios, paciencia y sueño. Y exige cuidado permanente, sin diferenciar el día de la noche.Cada movimiento o gesto suyo despierta incertidumbre y demanda decisiones que terminan enfrentando a las parejas más unidas.Mientras los pañales circulan a una velocidad que excede cualquier presupuesto, las primeras semanas incluyen una larga lista de tareas: Registro Civil, obra social, estudios de audición, visión y extracción de sangre, control con el pediatra, vacunas, medicamentos… no hay día que alcance para los azorados padres.En la madre, se suma una cuota extra de presión social. Familiares y amigos (¡que la quieren!) controlan y comparan de modo implacable si el bebé ha sido bien alimentado, cambiado, abrigado, si está amarillo o si eructa bien. Todos saben. Todos opinan.Esta amorosa colaboración no hace sino confundir y angustiar a las madres debutantes, desorientadas en el mar de dudas sobre su leche, su cuerpo y su imperiosa necesidad de que "todo se acomode".Paciencia. Eso es lo recomendable para padres que se inician en el camino de la crianza. Salir del Edén del embarazo para toparse con la realidad no es el fin del mundo.Piedad. Eso es lo recomendable para aquellos de buena voluntad que intentan ayudarlos. Entre tantas obligaciones para con el bebé, conviene no olvidarse de disponer de tiempo para disfrutarlo.Antes o después, relajados o agotados, enojados o felices, los padres entenderán lo inexorable: la pareja se ha convertido en una familia.
*Médico

