Seguridad. Los datos sirven para gobernar, pero no gobernamos para los datos
Córdoba cerró 2025 con la tasa de homicidios más baja en 25 años y una caída sostenida en la siniestralidad vial. No es poco. No es casualidad. Y no es definitivo.
Hay una frase que conviene tener clavada en el escritorio de todo funcionario que tome decisiones en seguridad pública: los datos sirven para gobernar, pero no gobernamos para los datos. Es la distinción que separa al estadista del tecnócrata.
Sun Tzu lo enseñó hace siglos: quien conoce al enemigo y se conoce a sí mismo no corre peligro en 100 batallas. Conocer al enemigo exige información e inteligencia; conocerse a uno mismo exige saber para qué se actúa. El dato orienta, no decide. Pero sin el dato, la decisión es a ciegas.
En la provincia de Córdoba, esa convicción guía nuestro trabajo cotidiano, y los números hoy permiten decir con responsabilidad institucional que el camino elegido está dando resultados.
Córdoba cerró 2025 con 90 homicidios dolosos, una tasa de 2,28 cada 100 mil habitantes: la más baja de los últimos 25 años, una reducción del 23% frente a 2024.
Dentro de ese descenso, los homicidios vinculados a ajustes de cuentas cayeron un 73%; los ocurridos en ocasión de robo bajaron un 67%, y los femicidios se redujeron un 53%. A esto se suma el seguimiento mensual del Observatorio de Seguridad y Convivencia de Copec (Consejo para la Planificación Estratégica de Córdoba), que viene registrando una baja sostenida en delitos contra la propiedad y en siniestralidad vial provincial.
No son cifras del Gobierno: son datos del Sistema Nacional de Información Criminal, procesados por la Policía provincial y validados por un organismo técnico independiente. En seguridad pública, los datos tienen valor cuando se publican aunque incomoden, y se publican también cuando favorecen.
Ahora bien, estos resultados exigen una responsabilidad triple, y vale la pena nombrarla.
La primera es del funcionario: tomarse los números en serio. Cuando son adversos, sin maquillarlos ni esconderlos. Y cuando son favorables, sin sobreactuarlos, sin confundir una mejora coyuntural con un cambio estructural, y reconociendo que ningún promedio consuela a una familia.
La buena estadística no nos exime de la vigilancia; al contrario, nos obliga a sostenerla. Por eso, el Ministerio incorporó el seguimiento sistemático de heridos por arma de fuego y arma blanca: porque medir más y mejor es la única forma de no relajarse ante una mejora.
La segunda corresponde a los medios. Una sociedad democrática necesita prensa que informe sobre los hechos graves –es su deber–, pero también prensa capaz de leer tendencias. Hay una vieja regla del oficio que dice que un avión que despega y aterriza bien no es noticia.
Es cierta como descripción, pero también es cómoda como coartada: deja afuera todo lo que funciona y construye una realidad recortada por la excepción. Cuando una provincia alcanza la tasa de homicidios más baja en 25 años y eso no merece cobertura, no se está informando: se está editando la realidad. La libertad de prensa es innegociable; la responsabilidad en su ejercicio también.
Y hay una tercera responsabilidad, que atraviesa a todos y que casi nunca se asume. Cuando los indicadores muestran un cambio positivo, hay que decirlo. No por cortesía con el funcionario de turno, sino porque detrás de cada indicador que mejora hay una sociedad que cambió. ¿Para qué vamos a manejar más despacio? ¿Para qué no tomar alcohol antes de manejar? ¿Para qué dejar el celular al volante, si al final da todo lo mismo, si nadie nota la diferencia, si los buenos hábitos son invisibles y sólo se ve la tragedia?
Esa es la pregunta silenciosa que se hace cada ciudadano cuando su esfuerzo no se traduce en reconocimiento colectivo. Si no mostramos que cada conducta cuidada suma, le estamos errando al método. Cuando se silencian los datos positivos porque “no venden”, o cuando se los minimiza por conveniencia electoral, no se le falta el respeto al Gobierno: se le falta el respeto a la sociedad.
En seguridad pública, eso es doblemente grave, porque desmoraliza al que hizo bien y desincentiva al que iba a hacerlo.
A los cordobeses que vienen sosteniendo este cambio, quiero decirles algo simple: no es en vano. Cada vez que alguien decide no tomar antes de manejar, no mirar el celular en una curva, respetar al peatón en la esquina, llamar al 911 cuando algo no cuadra o enseñarle a un hijo a cuidarse en la calle, está construyendo, sin saberlo, la estadística que después celebramos entre todos.
Esos gestos no aparecen en los titulares, pero aparecen en los números. Y los números, este año, hablan de una Córdoba más segura que la de hace un cuarto de siglo.
En seguridad, no hay casualidades. Cuando los indicadores mejoran, es porque alguien decidió, porque alguien sostuvo y porque millones de gestos cotidianos construyeron, en silencio, el resultado que las estadísticas registran después. Reconocerlo no es propaganda: es información tan legítima como la del hecho grave, y es la condición para que el esfuerzo continúe.
La finalidad del Estado sigue siendo la misma de siempre –proteger la vida, los bienes y la libertad de los ciudadanos– y los datos son su herramienta indispensable; nunca su finalidad.
No es poco. No es casualidad. Y no es definitivo: lo que se gana en seguridad se sostiene día por día, o se pierde. Por eso, este no es momento de aflojar ni de festejar de más. Es momento de seguir.
Secretario de Seguridad de la Provincia de Córdoba

