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Cuando 20 años no es nada

Entre los escombros y la desorganización, me crucé con el embajador de Israel y le pregunté qué hacía falta. No me pudo contestar, por su conmoción. Marcelo Polakoff.

13 de marzo de 2012 a las 12:01 a. m.
Marcelo Polakoff*
Cuando 20 años no es nada

Tenía 25 años (pueden calcular fácilmente cuántos tengo ahora). Cursaba mis estudios en el Seminario Rabínico Latinoamericano, en Buenos Aires, y tenía a mi cargo –como seminarista– una comunidad con una escuela en el barrio de Parque Patricios.

Recuerdo que la tardecita del 17 de marzo de 1992 llegué al seminario a eso de las 15 y me encontré con la secretaria académica llorando a mares. Le pregunté qué sucedía, y me contestó, entre sollozos, que habían colocado una bomba en la Embajada de Israel y que seguramente habría muertos y heridos.

No dudé un instante. Salí para allí enseguida y cuando llegué no podía creer lo que tenía ante mis narices. Imágenes así estaban reservadas para alguna película de acción o al menos tenían más que ver con otras geografías. Pero no, la realidad me había golpeado en su faceta más violenta, en pleno Buenos Aires. Lamentablemente, no sería la única vez.

Entre los escombros y la desorganización, me crucé con el embajador de Israel y le pregunté qué hacía falta. No me pudo contestar, de lo conmocionado que estaba. Llegó la noche y, mientras policías, bomberos, socorristas y demás voluntarios hacían su trabajo en las más terribles de las condiciones, comenzaron a aparecer lentamente los cadáveres de las víctimas fatales.

Vecinos, transeúntes, el cura de la parroquia que estaba en frente de la Embajada en la misma calle Arroyo, viejitos del hogar de ancianos de al lado y, por supuesto, los funcionarios israelíes, se entremezclaban entre los despojos de lo que había sido una aristocrática casona del barrio de Retiro. Curiosamente, un candelabro de siete brazos, una menorá, lucía intacta sobre una de las pocas paredes que había quedado en pie, como si fuera un símbolo de que tanta destrucción, a la postre, no impediría que sigamos apostando por un poco más de luz.

De acuerdo con la tradición judía, no se debe dejar solo a un cadáver antes de darle sepultura. Ese concepto lo tenía muy fresco en mis años de estudiante rabínico. Fue por ese motivo que los seminaristas nos distribuimos para acompañar a los familiares de las víctimas. A mí me tocó estar en una sala velatoria sin ningún familiar, ya que debía permanecer al lado del cadáver de Eli Ben Zeev, un agregado de la Embajada cuya familia no estaba en el país.

Llamé a Judith, que en tres meses más se convertiría en mi esposa, para no quedarme solo toda la noche. Un ataúd muy liviano de madera en el piso, unas pocas velas y nosotros dos leyendo cada tanto algunos salmos, esperando que retiraran el cuerpo inerte de Eli, para ser transportado a su casa, al otro lado del planeta.

Recuerdo que nos llamó poderosamente la atención (y el miedo) el crujido que la madera cada tanto producía, como si fuera un quejido llegado desde su alma en pena.

Nos casamos el 27 de junio de ese mismo año y, como sucede en toda boda judía, al final me tocó romper una copa. La idea que subyace a este ritual tiene que ver con un intento de captar lo vital, desde el equilibrio. En el momento más alegre, no debemos olvidar que no todo en la vida es así.

Esos vidrios rotos nos recuerdan las tragedias compartidas (en especial, la destrucción de los dos templos de Jerusalén). Claro que también es al revés, ya que en los momentos lúgubres hay que señalar que tampoco todo es siempre tenebroso.

Antes de romper la copa, sumamos en nuestro casamiento el recuerdo del atentado a la Embajada.

Tras 20 años de nada de justicia, no sólo la copa sigue rota. La madera del ataúd de Eli, como la de tantos otros, sigue crujiendo.

*Rabino, integrante del Comipaz