Días contados. Las cosas de nuestros muertos
¿Qué hacemos con las cosas de las personas que ya no están con nosotros? ¿Por qué nos cuesta tanto despegarnos de las pertenencias de alguien más? Una limpieza en casa puede desatar muchas preguntas, pero también unas cuantas sanaciones.
Otra vez, la misma encrucijada. La idea de procrastinar es tentadora, pero ya no quiero ceder ante la tentación. Con un sábado así de lluvioso, está para mate y medialunas, pero no tengo más excusas. Hay que terminar con esto.
Cuando entro al living, el caos me mira de frente y me intima a claudicar. Respiro profundo y abro la puerta de vidrio del mueble para empezar a sacar los libros que yacen desordenados uno sobre otro, como cuerpos inertes después de dar batalla.
Estante por estante
El librero tiene tres estanterías. La de arriba tiene mis novelas histórico-románticas favoritas, entre ellas, las de Florencia Bonelli y Fernanda Pérez; los thrillers más atrapantes de Luz Larenn; las delirantes ideas de ciencia ficción de Orson Scott Card, y algún que otro ensayo sobre amor que supe comprar en una librería del Centro en busca de respuestas para mis fallos amorosos.
La del medio carga aquellas obras de mi infancia y adolescencia de las que no me puedo desprender y que ya son clásicos de la literatura: Frin, de Luis Pescetti; Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, y Las crónicas de Narnia: El león, la bruja y el ropero, de C. S. Lewis, entre otros.
Ahora, la tercera estantería, no me pertenece. Aquel espacio guarda una hilera de libros de política nacional e internacional, investigaciones periodísticas e historias de terror que nunca leí. Pepe Eliaschev dialoga con Jorge Lanata, luego discute con Roberto Caballero y termina conspirando con la ficción de Jacques Derogy. Todos ellos forman parte de lo que yo llamo "la maldición de las cosas de nuestros muertos".
Todos esos libros no son míos, más bien los heredé de mi padrino. Aunque Rubén falleció en 2022, aún conservo algunos de sus objetos más preciados. Como no se casó ni tuvo hijos, sus pertenencias fueron a parar a las casas de diversos integrantes de la familia, mientras que otras fueron vendidas.
Proceso indeseado
El hermano de mi mamá era músico, leía mucho y tenía una colección envidiable de remeras de rock. Fue muy difícil dejar ir ciertos instrumentos, libros, discos, casetes y pilcha de calidad, porque me daba angustia imaginar cómo esas cosas (con un alto valor emocional) iban a juntar tierra en el mueble de alguien más que no supiera valorarlas.
Fue un proceso totalmente indeseado. En cuestión de minutos, veía cómo aquellos objetos que tanto apreciaba, o que incluso le costó mucho conseguir en vida, adquirían nuevos dueños o terminaban en la basura.
Al principio se sentía cruel, pero con el tiempo me di cuenta de que alguien tenía que tomar la posta y hacerlo.
Nadie estaba cómodo con la decisión, pero ¿quién está cómodo con la muerte? En la división de bienes, elegí quedarme con cosas que me gustaban, pero también con algunas reliquias importantes que no necesariamente son de mi máximo agrado. Hoy, a cuatro años de su muerte, aún no puedo soltar sus libros.
Me recuerdan a cuando entraba a su habitación para decirle que ya estaba la comida y lo encontraba durmiendo con los lentes apoyados en la punta de la nariz y las hojas desparramadas al lado de la almohada.
También cuando caminábamos por las calles del Centro, entrábamos a los locales de libros usados y buscábamos las mejores promociones para llevarnos a casa. Siento que al dejar ir esos objetos, dejo ir mis momentos con él, mientras que, si los tengo conmigo, es como mantenerlo vivo. ¿Aun cuando están detrás de un vidrio en la parte baja de un mueble en la punta del living? Entonces, ¿qué hacemos con las cosas de nuestros muertos?
Zona gris del dolor
Quizás esa parte del duelo no llegue a sanar del todo. Es como la zona gris del dolor. Pienso que para algunas personas la olla abollada de la abuela puede ser una simple olla abollada de la abuela, pero también puede ser la olla abollada en la que la abuela cocinaba nuestra comida favorita o con la que salió a marchar por la crisis del 2001.
El objeto por sí solo no carga con la maldición, más bien nosotros se la engendramos con la carga emotiva que le asignamos. La RAE define maldición a la “imprecación que se dirige contra alguien o contra algo, manifestando enojo y aversión hacia él o hacia ello, y muy particularmente deseo de que le venga algún daño”. La muerte no solo incomoda, evidentemente también enoja.
No obstante, si la vida no es para siempre, estos sentimientos, mucho menos.
Cuando terminé de limpiar el mueble, dejé solo los libros que quería conservar. Los otros los doné. Las tres estanterías ahora se veían ordenadas. Las novelas románticas, los ensayos y los cuentos ocuparon su lugar y disiparon el vagabundo desorden.
Al terminar, me alejé para ver el mueble desde otra perspectiva y sentí una explosión de emociones. Aunque el llanto seguía contenido en la garganta, la espalda se sentía mucho más liviana.

