La corrupción como espectáculo
La corrupción se ha transformado en un espectáculo. Y eso es muy riesgoso, porque, en la lógica del espectáculo, las cosas importantes terminan siendo banalizadas.
Los argentinos nos encontramos ocupados desde hace ya varias semanas en analizar, comentar y recomentar las denuncias y pruebas de supuestos hechos de corrupción realizados por funcionarios y amigos de funcionarios del Gobierno nacional, al amparo –parece– del favor oficial. Programas y programas ventilan el tema.
La corrupción se ha transformado en un espectáculo. Y eso es muy riesgoso, porque en la lógica del espectáculo, las cosas importantes terminan siendo banalizadas. Si es un espectáculo, los protagonistas gozan también del aura mediática de los “famosos”: la gente finalmente termina envidiándolos. Se habla de Federico Elaskar, Leonardo Fariña y Lázaro Báez como se habla de actores y mediáticos de turno.
La corrupción mata. Pero creo que lo más serio es que no se muestra a las claras (o no queremos ver) el lado más lacerante y criminal de la corrupción, y es que la corrupción mata. El dinero que se distrae del erario público hacia bolsillos privados significa, indefectiblemente, menos recursos para cosas necesarias. Por ejemplo, para asistencia a los pueblos originarios que, como la etnia Qom, siguen siendo exterminados por la pobreza, el hambre, el abuso y la avaricia insaciable de algunos. No se conecta que ese dinero que va hacia "empresarios amigos" se saca de la posibilidad de que mucha gente tenga vivienda digna o agua potable.
Parece que los temas no están conectados, pero sí lo están, y en todos los niveles de gobierno. Por caso, el dinero que se gasta en campañas publicitarias costosísimas, campañas electorales y otros beneficios y prebendas para amigos no va a planes de contención social, a generar trabajo digno o a proveer la posibilidad de acceso pacífico a la tierra.
El dinero que se malversa no va a mejores escuelas, ni a hospitales en condiciones dignas que de verdad atiendan y contengan a los enfermos.
La corrupción mata. Por eso es mala, por eso no puede ser banalizada en la lógica del show y del espectáculo mediático. Por eso, debe ser condenada severamente por la Justicia.
Mirar para adentro. Pero también creo que hay una cierta fascinación de parte de los ciudadanos con esto de hacerse rico a costa de favores, de emplear la "cuña" para lograr beneficios o para librarse de obligaciones. Somos tolerantes con pequeñas y no tan pequeñas corruptelas.
Las denuncias y el furor mediático no se transforman en un hecho ético y ejemplar para la ciudadanía. Nos escandalizamos, pero luego no mejoramos; por ejemplo en cuanto al acatamiento de las leyes de tránsito. La cantidad de muertes por incumplimiento de las normas de tránsito es alarmante. Eso es corrupción que mata.
Esa corrupción es responsabilidad de los ciudadanos en gran parte. Y revertir esta situación de corrupción social no va a ser fácil. Pero no podemos continuar, los ciudadanos, rasgándonos las vestiduras de manera hipócrita y después seguir igual. Es verdad que, como dice el refrán, “el pescado comienza a pudrirse desde la cabeza”, es decir que el mal ejemplo viene de arriba; pero también es cierto que los que están “arriba” no llegaron allí ni permanecen allí solos.
Hay una red que los sostiene y una ciudadanía que repite el rito de rasgarse las vestiduras y luego seguir votando como si nada; una ciudadanía que se deja entretener por las denuncias pero luego no actúa ejemplarmente cuando le toca; una ciudadanía que le tolera a algunos el “roba pero hace” y se tolera a sí misma pequeñas corrupciones, pero luego no se compromete a cambiar las instituciones a través de su propia participación política. Y digo participación, no sólo salir a batir cacerolas. Las cacerolas no son urnas. La sociedad se transforma con compromiso.
Por eso, creo que necesitamos menos show y más acciones honestas por nuestra parte; menos rasgarse las vestiduras y más participación; menos tolerancia con nuestras propias "agachadas" y más compromiso para que ciudadanos y dirigentes cumplan sus obligaciones.
No estamos enredados en un círculo sin salida. Hay salida, pero es ardua, y reclama esfuerzo y honestidad de todos. Hay que animarse a dar los primeros pasos en la dirección correcta, ya que, como dice Lao-Tsé, “el viaje más largo comienza con el primer paso”.
*Rector de la Universidad Católica de Córdoba.

