75 años de la Casal Català. Cómo Córdoba habla un poco catalán sin darse cuenta
Córdoba no se volvió catalana. Se volvió más Córdoba gracias a esos 75 años de diálogo terco entre la Rambla y La Cañada. Del Monserrat y el dique San Roque a los CPC, de las Alcantarillas a la costanera del Suquía: dos ciudades que se piensan juntas.
Llega el 23 de abril y la casona de calle Urquiza, en Alta Córdoba, abre sus puertas. Es Sant Jordi, y el Casal Català lo celebra en su sede con libros, rosas y esa forma particular de hacer comunidad que no necesita tarimas. No hay corte de calle ni acto en la plaza.
Hay encuentro, lengua y memoria compartida entre socios, vecinos y curiosos. Seis días después, el 29 de abril, esa misma casona cumple 75 años desde su fundación en 1951. Tres cuartos de siglo de catalanismo en la Docta.
El Casal no nació como museo ni como salón de nostalgia. Nació como trinchera. En los años 1950 fue imprenta para boletines en catalán, escuela de lengua para que los hijos no perdieran el habla de los abuelos, cooperativa para ayudarse en tiempos duros y punto de reunión cuando ser extranjero todavía pesaba.
Los primeros socios traían oficios aprendidos en talleres de Barcelona y Girona: panaderos, ebanistas, mecánicos, tipógrafos. Los catalanes aportaron su cuota en la identidad cordobesa abriendo panaderías en San Vicente, talleres en Pueyrredón y comercios en el Centro. Puig, Serra, Rovira, Ferrer, Vendrell. Hoy son apellidos cordobeses. Ya nadie pregunta de dónde vinieron.
Legados y apropiaciones
La huella no está solo en la placa de la vieja casona de calle Urquiza ni en los libros de actas. Se metió en la mesa y en la calle. El vermú del domingo se sirve en Alta Córdoba con la misma liturgia que en el barrio de Gràcia: sifón, aceitunas, papas. Y una picada con jamón serrano y butifarra se acompaña sin problemas con fernet con coca. Córdoba no copió. Leyó, probó, tradujo y se apropió.
El diálogo sigue en la arquitectura y en el modo de pensar la ciudad, un diálogo que comenzó ya en los tiempos de la construcción del emblemático Colegio de Monserrat, nombrado así en honor a la Moreneta, la Virgen patrona de Cataluña.
El modernismo de aquellas tierras dejó su marca en fachadas del Centro y Nueva Córdoba: balcones de hierro forjado curvo, mosaicos tipo trencadís en zaguanes y esa obsesión por que entre luz a los patios. La prueba más contundente está bajo nuestros pies y sobre La Cañada, no en las fachadas.
Juan Bialet Massé, catalán de Mataró, dirigió el proyecto del Dique San Roque, la obra de ingeniería más grande de Sudamérica en su momento. Para levantarla montó en Dumesnil la primera fábrica de cales hidráulicas del país, “La Primera Argentina”. Sin ese dique no hay lago, no hay Carlos Paz, no hay Córdoba moderna.
Parte de ese sistema fueron Las Siete Alcantarillas, el acueducto de siete arcos proyectado por Bialet Massé y Carlos Cassaffousth en 1890. Ya no conducen agua, pero siguen en pie como patrimonio en la nueva barriada de Manantiales en la zona sur.
Barcelona-Córdoba
Esa línea Barcelona-Córdoba se retomó un siglo después. En los años 1990, el intendente Rubén Américo Martí se inspiró directamente en los urbanistas catalanes Jordi Borja y Manuel Castells para diseñar el Plan Estratégico de la Ciudad.
De ahí salió la descentralización con los CPC y la apuesta por el espacio público como eje de gobierno. El modelo Barcelona 92 fue manual de cabecera en el Palacio 6 de Julio. Su antecesor, Ramón Bautista Mestre, ejecutó la recuperación de la Costanera del río Suquía con nuevos paseos, puentes y parques lineales.
Podría pensarse que 75 años diluyen identidades. Pero pasa lo contrario. El Casal sigue enseñando la lengua a nietos y bisnietos que quieren entender las cartas de la bisabuela.
La UNC mantiene convenios activos con la Universidad de Barcelona, la Autónoma y la Pompeu Fabra. Estudiantes de arquitectura y diseño eligen Barcelona para intercambios y vuelven con ideas de urbanismo y gestión cultural.
“Som i serem”, dicen los catalanes. Somos y seremos. En Alta Córdoba esa frase se entiende sin subtítulos. Porque acá también hacemos culto del aguante identitario. El cuarteto, el humor, la tonada que no se negocia. Nada de eso desapareció por una sardana, por el gusto por Gaudí o por brindar con cava en Año Nuevo. Al revés: se potenciaron.
Por eso Sant Jordi vive en la casona de Urquiza cada 23 de abril. Por eso un niño en Cofico puede llamarse Alejo y comer fuet en la merienda sin que nadie lo señale como raro. Córdoba no se volvió catalana. Se volvió más Córdoba gracias a esos 75 años de diálogo terco entre la Rambla y La Cañada. Del Monserrat y el dique San Roque a los CPC, de las Alcantarillas a la costanera del Suquía: dos ciudades que se piensan juntas. Y en tiempos de muros e identidades cerradas, esa conversación es la mejor noticia que podemos dar.
Concejal por la UCR

