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A contramano del cine

El retroceso setentista de la política contrasta fuertemente con el avance del cine nacional a niveles de excelencia. Claudio Fantini.

23 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Director del Departamento de Ciencia Política de la UES 21)
A contramano del cine

"Soy tan cobarde que, sin un buen guión, no hago una película", dijo el cineasta Howard Hawks, quien tuvo entre sus escribas al mismísimo William Faulkner. El cine argentino de la década de 1970 tenía buenas ideas y muy buenos actores, pero los guiones lo empantanaban en narraciones lentas y plagadas de lagunas. Con Nueve reinas , Fabián Bielinsky marcó el salto hacia las películas eficazmente narradas. Pero no fue el único avance. El cine de las últimas décadas se libró de la mirada moralista y cargada de estereotipos que lo reducía a instrumento para "bajar línea". El hombre de al lado y Sin retorno son confirmaciones definitivas del imponente avance. Un progreso que marcha a contramano de la política.El cine evolucionó porque superó rasgos de la cultura setentista, mientras que la política involucionó hacia esa década de posiciones excluyentes.Con las excepciones que siempre tienen las reglas, la producción cinematográfica de la década de 1970 muestra dos vertientes: una, de corte intelectual, era políticamente moralista y compulsivamente tendiente a bajar línea; la otra abrevaba en comedias decididamente mediocres y "estupidizantes". Las dos tenían intencionalidad política. La primera predicaba, juzgaba, anatemizaba y pontificaba; la otra despolitizaba mediante historias "alegroides" y humor desprovisto de inteligencia.A su modo, las dos debilitaban el pensamiento crítico, reflejando el autoritarismo que dominaba la política mediante izquierdas y derechas de mirada excluyente y su inexorable correlato: el activismo violento.El cine nacional se libró de aquellas taras ideológicas que le conferían la misión de esclarecer, en un caso, y de alienar, en el otro. Pero la política, marchando a contramano, retrocede hacia aquellos tiempos mesiánicos, de convicciones totales y militancia intolerante. Vacío. Reflejando las dos corrientes del cine setentista, en el escenario político actual predominan un discurso adoctrinador y sectario y otro superficial y vaciado de pensamiento político. Una clara descripción de la insustancialidad con Mauricio Macri, Francisco de Narváez, Julio Cobos, Gabriela Michetti, "Nito" Artaza y muchos otros que redundan en lugares comunes, repiten clichés sobre inseguridad, hablan a "la gente" en lugar de hablar "al ciudadano" y reciclan eslóganes del marketing .Tampoco hay contenido doctrinario en dirigentes creíbles y valiosos, como el socialista Hermes Binner, buen gobernante pero lacónico cuando se trata de pensamiento político. Igual que Ricardo Alfonsín, decente y austero pero sin la capacidad de su padre para expresar ideas.En el terreno opositor, Felipe Solá, "Pino" Solanas, Elisa Carrió, Claudio Lozano y Víctor de Gennaro son algunas de las excepciones de discurso con posición y contenido. Se puede estar de acuerdo o no con ellos, pero cuando hablan, dicen. Al revés de Daniel Scioli y Carlos Reutemann. Argentina escucha la nada convertida en palabras cada vez que habla Scioli, y valora el silencio de Reutemann porque cuando habla dice mucho menos. Recargado. El vacío de pensamiento político predomina en el lenguaje opositor, reflejando aquel pésimo cine setentista de humor negligente y entretenimiento bobo. A su vez, la propaganda y el adoctrinamiento inundan el discurso kirchnerista, reflejando aquel cine de ínfulas intelectuales que estereotipaba lo bueno en personajes de perfil progresista o revolucionario y lo malo en los de perfil conservador o reaccionario, además de caer a menudo en la tara moralista de juzgar, anatemizar, glorificar y bajar línea. Tanto El hombre de al lado , dirigida por Gastón Duprat y Mariano Cohn, como Sin retorno , de Miguel Cohan, confirman que con Bielinsky, Burman, Szifrón y Campanella, entre otros, el cine nacional progresó en el terreno del guión, superando su pasado de poses y lentitud pasmosa, y también se libró de ideologismos e intelectualismos que, en la primer mitad de los '70, lo hacían predicar y obnubilaban su mirada de lo humano.Pero en la política, absurdamente a contramano, irrumpió el setentismo con su visión binaria y ese moralismo violento con que juzga, sentencia y glorifica.Entre la insoportable levedad del discurso opositor y la intolerante agresividad del discurso kirchnerista, empieza a asomarse la reivindicación de lo irreivindicable: la última y criminal dictadura.Están apareciendo libros que vuelven sobre la afirmación de que lo ocurrido "fue una guerra", como si eso disculpara la sistematización del asesinato, la crueldad de la tortura y la desaparición de víctimas.Aplicando la teoría del "cuanto peor, mejor", el kirchnerismo está empeñado en despertar ese adefesio político para que sea la alternativa a su monarquía "progre". Igual que la dirigencia de Montoneros a mediados de los '70, cuando apostó a que una dictadura militar vendría mejor a su lucha armada que el gobierno peronista contra el que estaba luchando.En rigor, lo que procura el kirchnerismo es que, si pierde el poder, gobierne una derecha reaccionaria que indulte a torturadores y genocidas, además de instrumentar políticas fuertemente represivas.Sólo esa oscura intención explica el retroceso hacia el discurso panfletario y la sobreexposición de personas que irritan hasta el hartazgo, vociferando ofensas y proclamas desgastadas. También explica la obstinada negación de la delincuencia y la financiación millonaria de instrumentos mediáticos de linchamiento, tan excitantes para los adictos como revulsivos para el inmenso resto de la sociedad.