Días contados Consejos para no tener en cuenta en una Cupido fest
Crónica de una de esas fiestas de moda, promocionadas como la contracara de la falsedad del algoritmo de las apps de citas. Cómo enfrentar la olvidada costumbre de hablar cara a cara.
Se sabe que Cupido, el dios del amor y el deseo según la mitología romana, tenía como madre a Venus, la diosa del amor. En cambio, no está clara su paternidad: unos dicen que no tuvo padre, otros mencionan en ese puesto a Marte o a Vulcano.
El poeta Virgilio arriesga un poco más y asegura que el progenitor de Cupido fue Júpiter. Es decir, el padre de Venus. Una versión más arriesgada y novelesca que poética sobre el origen del angelito del amor.
La representación de Cupido como un arquero sin ropas nace de su paso por el bosque profundo, a donde tuvo que esconderse de Júpiter –que quería matarlo porque pensaba que Cupido le haría mal al mundo– y en donde fabricó el arco de fresno y las flechas de ciprés de las que nadie en el universo es inmune. A quien tocan, queda perdidamente enamorado.
Como sea, está claro que las historias de las deidades del amor arrancan con las partes más provocativas de las historias de amor.
Alguien podría preguntarse qué elementos de la mitología romana o griega se pueden encontrar actualmente en una Cupido Fest, un encuentro para que solos y solas hagan lo posible por cambiarse de categoría.
La respuesta no es simple. En la fiesta hay coordinadoras que intentan ser una especie de Cupido, animando a que la gente se encuentre, baile o haga monerías frente a una cámara giratoria.
Al principio, la gente responde a estas insistencias con un poco de timidez, movida no tanto por la atracción de quien le ponen enfrente, sino por el premio que gana quien cumple la prenda: una mini botellita de champagne rosado de una marca reconocida.
Una botellita que parece ser más poderosa que la flecha de fresno construida por Cupido.
Ni solos ni solas: solteros y solteras
Los encuentros para solos y solas plantean una paradoja ya desde el nombre: sería más correcto denominarlas fiestas para gente que no quiere estar sola.
De lo contrario, podría suponerse, con toda razón, que quien está interesado en ir a una reunión de solos y solas es porque le interesa ese tipo de gente, que está sola o solo, y que no desea cambiarlo.
El segundo error es considerar que ese “solo o sola” está relacionado con la soledad. Pero soltería no es soledad.
Muchas personas realmente sufren esta última (cuando no es deseada), pero muchas eligen la soltería y tienen una vida social y familiar plena, que no querrían cambiar, al menos por algún período.
Aclarados estos puntos, pasemos a la aventura de contar cómo es una “Cupido Fest”, uno de los eventos de moda para tratar de superar la virtualidad y la falsedad de las apps de citas, a través de la presencialidad plena, con relaciones más directas y contactos cara a cara.
Una gran característica de la Cupido Fest es que no esconde sus pretensiones bajo el paraguas de la amistad o de “encontrar y hacer amigos”. Otros grupos sí lo intentan, y es muy loable que lo hagan, hay gente para todo.
Esos eventos adquieren la forma de encuentros con juegos, salidas de trekking, noches de degustación o meriendas con desconocidos.
Difícil no retrotraerse a momentos de la adolescencia, cuando el “video debate” era una gran excusa para sentarse al lado de quien nos gustaba, y para tratar de impresionarla con algo que sonara inteligente, lo que nunca sucedía.
Pero la Cupido Fest mete el pecho sin medias tintas: acá se viene a ligar, qué tanto. Si de paso conocemos gente y la pasamos bien, eso va de yapa.
Prejuicio y vulgaridad
Existe un nivel de prejuicio subterráneo relacionado con este tipo de eventos. En especial por parte de quienes tienen pareja, claro, o de quienes aun sin tenerla creen que la asistencia a estas actividades indica un grado de abandono y subvaloración tales, que ven a este tipo de elección como un último y desesperado recurso.
Y aunque puede que esto suceda en algunos casos, ¿qué tiene? ¿Cuál sería el problema?
Asistir a estas reuniones requiere de un coraje del que carecen quienes se esconden en las fotos falsas de Tinder, que apuestan a la ilusión de una relación que –cualquiera sea la que se busque– se convierte en un cuento de realismo mágico cada vez más alejado de la realidad.
Tampoco tienen esa valentía quienes prefieren ir a boliches de moda en los que nadie se habla y que sólo funcionan como vidriera para marcar estatus en un grupo de pertenencia que se cree muy exclusivo, aunque su lujo sea vulgaridad.
En ese sentido, la Cupido Fest alcanza un admirable grado de sinceridad, si se compara con otras alternativas de cortejo.
No hay poses, no hay intereses encubiertos, y sólo pierde el que no es como es, termine el día solo o acompañado.
Un poco de alcohol francés
La timidez prima al comienzo de estos eventos, en un grado inversamente proporcional al promedio de alcohol en sangre que se alcanza con el correr de las horas.
A medida que pasan las copas de vino, las mini botellas de champagne y las monjitas de cerveza, todos se empiezan a soltar y la alegría se vuelve contagiosa.
Sabemos que esa desinhibición conductual inducida por la ingesta de alcohol tiene su explicación biológica (la acción depresora selectiva sobre el sistema nervioso central, especialmente a nivel de la corteza prefrontal, y el incremento de la liberación de dopamina en el sistema mesolímbico). Pero en este caso actúa como un integrador social, sin que se registrara a lo largo de toda la tarde ningún incidente de alguien que se hubiera pasado de copas, que se hubiera puesto pesado o que se hiciera notar por una conducta inapropiada.
En ese sentido, el filtro de la responsabilidad no se derriba en su totalidad. Quizá porque había que volver manejando a cada hogar, quizá porque nadie quiere pasar más vergüenza que la planificada al acercarse a dialogar con una desconocida o desconocido.
Al promediar la fiesta, muchos hablaban con muchas, muchas bailaban entre todos y cada quien ya tenía su grupito con el que reírse de cualquier cosa.
Como la vida
La Cupido Fest es como la vida. Compleja. Inesperada. Diversa. En una sola tarde se puede asistir a tantas historias como asistentes.
Una chica casi no va porque la amiga con la que habían comprado las entradas tuvo un problema. Aun así decidió ir sola porque no quería perderse el almuerzo por el que ya había pagado. Se lo contó a un chico en la fila para entrar, apenas llegó. Estuvieron toda la fiesta juntos y la siguieron después, los días siguientes.
Está el tipo que ya fue a todas las Cupido Fest de Córdoba, y te tira la posta: “Tranqui, son desordenados con la comida pero ya te va a tocar, hay que ponerse al lado de la cocina”; “¿Ves esa de allá? No te gastes, solamente viene a hacerse ver”; “Aquel es un maestro, ya salió con una de las coordinadoras”, y así sucesivamente, como un confidente de varias décadas que no quiere renegar de las costumbres adolescentes, aunque tenga largos 50.
Están quienes van solos y se integran con facilidad, están quienes no.
Hay grupitos de amigos o amigas que se divierten entre ellos y ellas sin importarles el resto. Algunos permanecen más serios, otros se mezclan en el frenesí del festejo como si el mundo se estuviera por acabar.
La tarotista reparte al azar cartas de tarot en miniatura y se ofrece a leerlas. Todas las cartas, extrañamente, auguran que ese día tendrás sexo, que conocerás a un gran amor o ambas cosas a la vez.
Nadie sería tan necio como para preguntar por el porcentaje de acierto. Todos se entregan a la creencia de que será así.
Hay quien se pasó todo el evento admirando a una morocha adornada de canas, con su top blanco y su pantalón negro, con las caderas sumidas en el trance de la cumbia o la salsa, consciente de ser admirada por una horda de estúpidos que no pueden disimular la dirección de la mirada.
Varios días después, ella recibe –a través de la organizadora de la fiesta– una tonelada de mensajes de quienes no se animaron a acercarse ese día. La invitan a tomar algo, a charlar, a ser amigos de Facebook. Aun a sabiendas de que el tren ya pasó.
Y claro: el tren ya pasó.
Por otro lado, en cambio, varias parejas empiezan a transitar lo que puede que se convierta en algo, puede que no.
Al final, uno descubre que sigue siendo el mismo improlijo, inhábil y tosco para abordar a alguien que nos gusta. Con la diferencia de que, cuando ya ha pasado cierta edad, al menos, somos capaces de tomarlo con flagrante naturalidad.
Así son las Cupido Fest. Desordenadas, inciertas, arriesgadas, tentadoras, elusivas. Como la vida.

