Cómo se escribe
Si todavía somos chicos pero no sabemos ser grandes, alguien debería ayudarnos con esto.
"Ayudame", le rogué. "Ya sé que ando medio pavo, que no ayudo en la casa, pero entendeme: esto es importante". Papá me miró sonriendo. Con 40 años cumplidos, él es de la época en que se escribían cartas; algo debe saber. Se quedó en silencio, pensando mi pregunta. Finalmente, dijo que lo mejor era que escribiera lo que sentía, de cualquier manera. Y que después él haría las correcciones.En mi cuarto, frente al papel todavía en blanco, mi papá golpeó a la puerta. Nuestra charla lo había vuelto a su adolescencia. Sentado en mi cama, confesó que había sido tan tímido como yo, y que nunca había escrito cartas así."No puedo ayudarte. Pero sabés que contás conmigo para lo que sea". Muy cariñoso de su parte, pero inútil para la emergencia."Dejá de dar vueltas y acomoda tu pieza", fue la reacción de mamá cuando le consulté. Yo pensaba que, siendo mujer, iba a entender. Ella, que siempre habla de los sentimientos… que "el amor esto… que el amor aquello…", ¡ahora me pide que sea ordenado!... ¡en vacaciones!
Pedir ayuda
Tenía que hablar con mis amigos. Cuando me encontré con los de fútbol, me miraron con cara de asco.
Es que ninguno pasó por esto antes. Me dijeron que “me dejara de joder, que esas eran cosas de mina y que me fuera al arco”.
Les pedí que no lo publiquen porque el plan se me venía abajo. De todos modos, son tan inmaduros que seguro se olvidan.
Pensé entonces en hablar con mi abuela. Ella siempre tiene tiempo y no le importa si estoy “en la luna”, como dice mi tío. La llamé por teléfono.
Antes de escucharme, dijo que “la ponía muy contenta mi llamada y que me quería mucho”.
Cuando le expliqué lo que necesitaba, me dijo que “por supuesto podía ayudarme”. Y comenzó a hablar; sin parar, como hace ella siempre.
Otros tiempos
Me contó que de chica había escrito muchas cartas y que todavía conserva las que le mandaba el abuelo. En esa época lo importante se comunicaba de esa manera. Las escribía con una lapicera “pluma” (así dijo) que te manchaba los dedos con la tinta.
También dijo que cuando terminabas la carta, doblabas el papel y lo tenías que poner en un sobre.
De un lado escribías el nombre y la dirección de quien la recibía; del otro, tus datos. Todo, muy complicado.
¿Ya expliqué que mi abuela es imparable hablando por teléfono?
Terminó contando que al final pegabas una especie de
sticker
(dijo estampita o estampilla, no me acuerdo) y la llevabas a la esquina donde había una caja de metal (buzón, me parece) y ahí la dejabas. Rarísimo.
Lo increíble es que tenías que esperar varios días para que llegara; y otro tanto si te contestaban. Un viaje, pensé. Las historias de mi abuela siempre son divertidas, pero no me sirven ahora.
Y mi hermano?... ¡Me había olvidado de él! Tiene 17, cuatro más que yo, y algún dato me puede arrimar.
Aunque no estoy seguro si quiero hablarle de esto, porque seguro que se va a burlar de mí.
Me va a decir que mande un
y listo; o que lo publique en Face. Él resuelve todo así: tecleando. Y lo que yo necesito es algo más personal.
Ya había escuchado que a mi edad empezamos a sentir cosas que no podemos explicar, que nos ponen raros. El cuerpo nos cambia y, como dice mi tía, “las ganas se van para otro lado”.
Si todavía somos chicos pero no sabemos ser grandes, alguien debería ayudarnos con esto.
Como, por ejemplo, ahora, cuando necesito escribirle a una chica. Para que se entere, de una buena vez, que estoy profundamente enamorado de ella.
*Médico pediatra

