Debate. Ciencia y tecnología en un territorio neocolonial
El Gobierno nacional abandona a docentes e investigadores científicos, con miles de despidos en áreas claves de salud, educación, CyT, y derrumbe de capacidades productivas y del conocimiento.
La profundización del paradigma capital-trabajo muestra que los clásicos modos de producción comparten como denominador común la ganancia de la minoría basada en explotación de la mayoría.
Y aunque la palabra neocolonia no se reconozca en la Regia Academia, se define colonialismo como el régimen político y económico de un Estado (metrópoli) que controla y explota un territorio ajeno (colonia), imponiendo su administración y cultura.
Hoy, avanzado el siglo 21 con la ciencia y tecnología (CyT) como base del desarrollo, ¿qué se puede agregar, con un pasado y presente que debería merecer perspectivas más optimistas?
Ayer y hoy
Cada generación del planeta debió esbozar una amarga sensación: “¡Qué mundo le dejamos a nuestros nietos!”
Como también una autóctona conclusión: “Si Kafka fuese argentino, sería un escritor costumbrista”, como sosteniendo que “la historia no se repite, es la misma historia, en diferentes escenarios, con distintos actores, pero con el mismo libreto”.
Y aunque antiguos genocidios parecen lejanos, los avances y retrocesos en la última centuria sólo pueden analizarse con capacidad crítica y reserva de optimismo. En 2026, el país y el planeta cursan momentos críticos, cuando sólo la idea de guerra nuclear o de catástrofe climática proporciona una perspectiva real.
Lo que rescataría a Antonio Gramsci desde la humillante cárcel mussoliniana: “Entre el tiempo viejo que no termina de morir y el nuevo que no termina de nacer, emergen los monstruos”. Y sin temor al equívoco, se podría agregar: “Los viejos y nuevos tiempos son conocidos, y los monstruos también”.
A mediados del siglo 20, con más fuerza desde los años 1970, avanza el hipercapitalismo neoliberal, un fenómeno anticipado en la literatura y varios escenarios, aunque pocos parecen concientizar esta mitología plutocrática.
En aquella época, también se actualizó la manipulación de creencias, valores y comportamientos que, en décadas anteriores, se conoció como “lavado de cerebro” (brainwashing), atribuido a chinos y soviéticos.
Pronto, aquella vertiente mutó en ultracapitalismo neolibertario, que no se preocupa en lucrar con clientes-consumidores (que ya son superfluos), porque la gran ganancia de la minoría se produce por explotación de masas de dinero.
Un capitalismo financiero o libertarianismo basado en enormes deudas contraídas por individuos, empresas particulares y estados nacionales. Deudas acumuladas que garantizan la usura de nuevos compromisos, con secuelas neocoloniales..
Y como aparente paradoja, los jerarcas de esta economía neolibertaria parecen ser promotores de la anticiencia, antivacunas, terraplanismo, teorías mesiánicas, etc., en un combo que autoalimenta el citado “lavado de cerebro”, fenómeno de alcance mundial y, sobre todo, dirigido a las jóvenes generaciones.
Cuando la ciencia y la tecnología estorban
En Argentina, el actual gobierno ignora al Congreso y rechaza la justicia. Además del ataque a jubilados y discapacitados, legisladores y periodistas, abandona a docentes e investigadores científicos, con miles de despidos en áreas claves de salud, educación, CyT, y derrumbe de capacidades productivas y del conocimiento.
Se anulan servicios esenciales para las actividades sanitarias, nutricionales, agropecuarias, aeronáuticas, de control y protección; se bloquean eficientes y avanzados programas de desarrollo nuclear y satelital, se enajenan empresas productivas y se regalan recursos naturales.
Una destrucción de riquezas y actividades que no tiene antecedentes ni en los sangrientos periodos de dictadura cívico-militar, con reemplazos de personal jerárquico eficiente e idóneo por personajes sin formación específica y desconocedores del tema bajo su mando, cuyo único interés es encontrar líneas que garanticen la generación de ingresos.
Una demostración de la ignorancia absoluta de elementales conceptos de investigación básica, desarrollo tecnológico y aplicación de resultados emergentes de CyT. En síntesis, un industricidio y cientificidio cuyo único objetivo es aniquilar la producción de conocimientos y el desarrollo autónomo.
La verdadera razón de los “dueños del mundo” (aspiración quimérica que ilusiona al gobernante vernáculo) está, sin duda, en un modelo de país sólo exportador de materias primas e importador de todo lo demás.
Sin necesidad de educación superior, sin ciencia y tecnología, sin participación real de los jóvenes, sin vida saludable, sin la molesta supervivencia de los viejos jubilados, discapacitados o enfermos, un camino hacia el mejor estilo de territorio neocolonial.
¿Hay futuro?
Pregunta de difícil respuesta, porque implica obligados compromisos, mayor involucramiento social, mucho pensamiento colectivo y, sobre todo, crítico y autocrítico.
Así como la sociedad mostró haber recibido el urgente llamado de auxilio que provocó sus movilizaciones en defensa de la educación pública, la CyT, la salud, los jubilados y otras vertientes de la justicia social, el esfuerzo debe ser incrementado y profundizado, priorizando objetivos comunes y postergando eventuales divergencias.
Tras la huella de Donald Trump, su envalentonado discípulo vernáculo congela sistemas públicos de salud, educación y CyT, explaya amenazas macartistas contra toda idea de progreso real, desmantela movimientos pro-diversidad, equidad e inclusión y acuerda que, desde el Río Grande hacia el sur, el patio trasero de EE.UU. debe proveer toda la materia prima que necesite la gran democracia del norte.
En suma, aunque ambos desean ser caudillos de países que masacran pueblos originarios apoderándose de geografías y almas a punta de fusil, lo que Milei no parece comprender es su rol llanamente prescindible pretendiendo un “cambio cultural” que sólo consiste en regalar o malvender las pocas “joyas de la abuela” del patrimonio nacional.
Una grotesca imitación de anteriores gobiernos neoliberales (1976-1983, 1989-1999, 2015-2019), ahora profundizando la pretensión bajo la forma de una explícita neocolonia.
El futuro necesita de la participación activa de todos los integrantes de la sociedad, en una coyuntura que, de no hacerlo, los describirá como cómplices de la muy cercana debacle. Sobre todo, cuando se escuchan declaraciones de que “hay que tener esperanzas…, porque si al gobierno le va bien, al país le irá bien”.
Nada más lejos de la verdad objetiva. Si al dueño del país le va bien, la imagen de una sociedad enferma, no será otra que la del país transformado en neocolonia.
Profesor Emérito (UNC); investigador principal (Conicet) jubilado y comunicador científico

