Ciencia ficción a paso de cangrejo
Lo que Assange no consiguió con sus revelaciones, que no dañaron demasiado a nadie más que al Departamento de Estado norteamericano, lo logró Edward Snowden.
Hasta los tiempos de la ciencia ficción se han acortado. Mientras todavía seguimos esperando que ocurran los acontecimientos imaginados por Ray Bradbury en Crónicas marcianas en la década de 1960, hace menos de tres años Umberto Eco (Alessandria, 1932), a propósito de las revelaciones de Julian Assange a través WikiLeaks, expresó lo siguiente: "Y entonces, ¿cómo podrán mantenerse en el futuro relaciones privadas y reservadas (entre los estados)? ¿Cómo reaccionar ante el triunfo incontrolable de la transparencia total? Sé perfectamente que, de momento, mi previsión es de ciencia ficción y, por lo tanto, novelesca, pero me veo obligado a imaginar a agentes del gobierno que de forma absolutamente reservada se desplazan mediante diligencias o calesas, siguiendo recorridos incontrolables, transitando por los caminos rurales de las áreas más deprimidas, ni siquiera tocadas por el turismo (porque el turista ahora saca fotos con el móvil de todo lo que se mueve delante de él), llevando mensajes aprendidos de memoria y a lo sumo escondiendo las pocas y esenciales informaciones escritas en el tacón de un zapato".
A partir de ahí, el lúcido semiótico italiano cuya imaginación sin límites no necesita probarse, a la vista de El nombre de la rosa , El péndulo de Foucault , La isla del día antes o La misteriosa llama de la reina Loana , se hace un pícnic. Describe encuentros de espías en las esquinas de calles solitarias a medianoche; bailes de disfraces en los que, a la hora señalada, un pálido Pierrot se quita la máscara y muestra el rostro de Obama a esa Sulamita que, apartando rápidamente su velo, se identificará como Ángela Merkel.
"Bueno, seamos serios, no pasará –se retracta el autor de A paso de cangrejo , un libro premonitorio sobre los retrocesos que conlleva el avance tecnológico–. Pero de alguna manera tendrá que suceder algo parecido. En cualquier caso, las informaciones, la grabación del coloquio secreto habrá de ser conservado en copia única y manuscrita en cajones cerrados con llave".
Lo que Assange no consiguió con sus revelaciones, que no dañaron demasiado a nadie más que al Departamento de Estado norteamericano, lo logró Edward Snowden, el exempleado infiel de la CIA, al desnudar el extraordinario alcance que su maquinaria tiene para conocer vida y milagro de los habitantes de este planeta.
Estados Unidos chasqueó los dedos y los gobiernos de Austria, Italia, España, Francia y Portugal retuvieron durante 13 horas al presidente de Bolivia, Evo Morales, porque creían que llevaba al exespía en su avión como pasajero secreto.
Pues bien, además de exhibir la fragilidad de ciertas instituciones en las que todavía se basa formalmente la organización del mundo y que sólo parecen estar vigentes para aquellos que cuentan con un buen arsenal que las defienda; y de convertirse él mismo, al igual que Assange, que ya lleva más de un año viviendo en la Embajada ecuatoriana en el Reino Unido, en una pieza de caza para el largo brazo del Gran Hermano del Norte, Snowden hizo realidad la predicción de Eco.
Tras el escándalo, el servicio de espionaje ruso planea escribir y archivar documentos extremadamente secretos en papel en lugar de usar soportes electrónicos.
Según el diario ruso Izvestia , el Servicio Federal de Protección surgido de la ex-KGB lanzó una licitación para la compra de 20 máquinas de escribir. No son muchas pero, sin duda, tendrán que pagar un buen precio por ellas, ya que son verdaderas piezas de colección.
Los hoy silenciosos pasillos del Kremlin volverán a animarse con el traqueteo de las teclas y recuperarán espacio en la sociedad esos seres marginados que son los dactilógrafos de 80 palabras por minuto surgidos de la Academia Pitman.
En fin, la frivolidad ya no da para más. Para esta mirada un tanto alejada de los detalles, el mundo es un espectáculo tragicómico que asiste (y consiente) como lo más natural del mundo los excesos de su gendarme. Todo en nombre de la libertad.
Hasta Mario Vargas Llosa, después de apresurarse a dejar sentada su pobre impresión sobre el presidente de Bolivia, reconoce que Evo Morales debe ser tratado por los otros gobiernos con el respeto debido a su cargo. Pero enseguida, fruto del fundamentalismo con el que entroniza al libre albedrío, imperativo categórico con escasos visos prácticos en la política internacional, el que fuera uno de los pilares del denominado boom latinoamericano (junto a Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, entre otros) se enreda en una argumentación que concluye que ni Assange ni Snowden, por sus revelaciones de cómo funciona el poder en Estados Unidos, "son paladines sino depredadores de la libertad que dicen defender".
Eco lo analiza con ironía y Vargas Llosa se lo toma en serio. Mientras tanto, el mundo sigue su camino incierto, a la espera cada vez más angustiada de aquel que le enderece el rumbo.
*Periodista.

