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China, oportunidades y amenazas

El proceso de crecimiento de China ha sido una especie de bendición para los mercados de las commodities. Juan Manuel Garzón.

13 de junio de 2010 a las 12:01 a. m.
Juan Manuel Garzón (Economista jefe del Ieral)
China, oportunidades y amenazas

El proceso de crecimiento de China ha sido una especie de bendición para los mercados de las commodities (productos primarios), tanto agrícolas como industriales.

Los actuales niveles de precios de los granos, de los minerales y del petróleo no se observarían si los mercados no estuviesen presionados por la gran demanda que ejerce el país más poblado del mundo. Si se repara en que su economía crece a tasas cercanas a los dos dígitos, que su población supera los 1.350 millones de personas, que buena parte de ella está todavía lejos de los estándares de vida que disfrutan los habitantes de los países desarrollados y que la superficie agrícola de que dispone no alcanza para generar el volumen de proteínas animales que demandan sus habitantes, se entiende por qué el país más grande del este de Asia ha tomado un gran protagonismo en el comercio internacional de materias primas agrícolas.

El fortalecimiento de la economía china ha ayudado a revertir las expectativas de los productores agrícolas, deterioradas luego de varias décadas en las que los productos del campo perdían de manera sistemática poder de compra frente a otros bienes.

Pros y contras

El "efecto China", tan favorable para el primer eslabón de las cadenas agroalimentarias, tiene sus matices para los eslabones de transformación industrial.

Por un lado, es cierto que el mercado mundial sería mucho menos dinámico sin la fuerza de China y también que los alimentos tendrían seguramente menores precios; pero, por el otro, debe advertirse que una parte de la suba de precios internacionales de aceites, lácteos o carnes responde a aumentos de costos de producción (producir esos bienes se ha hecho más caro, pero no necesariamente más rentable) y que, además, se están empezando a generar tensiones con el país asiático en productos sensibles que surgen de sus políticas proteccionistas.

Una muestra de esas tensiones es el reciente conflicto entre la Argentina y China por el aceite de soja.

Distintas explicaciones se han dado para la decisión del gobierno chino de prohibir el ingreso de aceite de soja argentino: a) que tiene que ver con cuestiones sanitarias, ya que el aceite de soja argentino no cumpliría con las condiciones que se exigen; b) que se trata de una reacción del gobierno asiático a las restricciones que impuso la Argentina a los ingresos de productos de ese origen; c) que surge por cuestiones políticas asociadas a la intrascendente relación del Gobierno argentino con su par chino (quienes suscriben este motivo recuerdan la postergación del viaje de la Presidenta, a principios de enero último).

Quién industrializ. Todos esos argumentos pueden ser válidos en un análisis rápido de coyuntura, pero se diluyen cuando se los compara con la pelea de fondo, que está asociada con la puja por la transformación de las materias primas; en suma, por quién se queda con la generación de empleo y el agregado de valor.

China pretende que todo proceso de transformación de una materia prima se realice en su propio territorio. Esa política promueve hacer en el país asiático todo lo que se pueda hacer. La soja no se puede producir, porque no alcanza la tierra cultivable, pero sí se puede comprar la soja y elaborar la harina de soja y el aceite de soja en China. Luego, con el alimento que se produzca, se engordará a los animales y así sucesivamente. Ese objetivo se trata de lograr a partir de programas muy agresivos y proteccionistas que incluyen subsidios directos a la industria, tarifas escalonadas, barreras no arancelarias y financiamiento por debajo del costo de mercado.

Los números son contundentes respecto a que la política de sustitución está teniendo éxito. Hace una década, China compraba al mundo relativamente poca soja y mucho aceite y harina de soja.

La foto ha cambiado. Hoy, ese país representa casi 60 por ciento del mercado de importaciones mundiales de soja, asumiendo un papel dominante -un cuasi monopsonio (un único comprador)- que, cuando puede, trata de usufructuarlo bajando el precio del grano. Por su parte, su mercado interno depende mucho menos que antes del aceite de soja importado (20 por ciento en la actualidad, en relación con el 40 por ciento hasta hace unos años).

En síntesis, no hay dudas de que la irrupción de China es una gran noticia para los países productores de commodities agrícolas. Seguramente, también para los que producen alimentos.

Pero habrá que estar atento a cómo evolucionan las políticas proteccionistas de China para con su agroindustria (y las de otros países, por supuesto), cómo afectan éstas a los precios internacionales y, en particular, cómo repercuten sobre la industria local. Argentina debe defender su producción de una política desleal, cualquiera sea el país que la aplique.