Libro. César Tcach y la dictadura que construyó consenso

El nuevo libro del investigador cordobés apuesta a mostrar la articulación de apoyos que, durante el último gobierno militar, llevaron a la práctica los responsables de la conducción político-administrativa en Córdoba.

02 de mayo de 2026 a las 12:02 a. m.
Gustavo Di Palma
César Tcach y la dictadura que construyó consenso
El temible D-2 durante la dictadura en Córdoba. Espacio de la memoria.

Hay libros que agregan datos y otros que incomodan. El nuevo trabajo de César Tcach –titulado A cincuenta años del golpe: la Córdoba procesista (1976-1983)– pertenece, sin rodeos, a la segunda categoría.

El texto que el investigador y docente cordobés presentó en el Centro Cultural de la Universidad Nacional de Córdoba hace algunas semanas, acompañado por Norma Morandini, no es una narración más de aspectos de la dictadura ya ampliamente explorados.

La investigación de Tcach, que demandó muchos meses de exploración documental y recolección de testimonios, desplaza el foco hacia una pregunta más inquietante: ¿cómo logró ese régimen sostenerse, más allá del terror?

La trayectoria de Tcach ayuda a entender esa búsqueda. Exiliado durante la última dictadura argentina, formado en España y consolidado como uno de los historiadores más importantes del país, el reconocido intelectual cordobés es autor de varias decenas de libros, artículos académicos y periodísticos, e investigaciones colectivas siempre atravesadas por una misma obsesión: desmontar las explicaciones cómodas.

Ya lo hizo al estudiar el peronismo en el interior, mostrando que no fue un fenómeno homogéneo ni exclusivamente obrero, sino apoyado también en sectores conservadores de la sociedad.

Una zona más incómoda

Ahora vuelve a correr el eje, pero en un terreno más sensible. Su nuevo libro funciona como un “lado B” de los estudios sobre la década de 1970. Mientras buena parte de la historiografía se concentró, con razón, en la represión, Tcach eligió meterse en una zona más incómoda: los mecanismos de construcción de consenso social e institucional en Córdoba.

La tesis, aunque no siempre enunciada de forma directa, es clara: la dictadura no se sostuvo sólo por el miedo, sino también por la capacidad de articular apoyos, construir legitimidad y moldear sentidos.

De ese modo, según la aguda mirada de Tcach, se logró liquidar en ese momento lo que llama la “Córdoba bifronte”, que combinaba una cultura avanzada, progresista y revolucionaria con otra conservadora, tradicional y reaccionaria.

En su esfuerzo para demostrar ese proceso, aparece uno de los aportes más fuertes del libro: el uso de documentos confidenciales rescatados de archivos dispersos.

No se trata de un recurso ornamental, sino del corazón de la investigación: informes internos, decretos, registros de inteligencia, permiten ver al Estado no sólo como aparato represivo, sino como una maquinaria que pensaba, planificaba y ejecutaba estrategias para influir en la sociedad.

La estrategia de los gobernadores

En ese marco, el análisis de la “acción psicológica” resulta revelador. Al centrar su mirada en ese aspecto, Tcach echa luz sobre las acciones cotidianas de los gobernadores de la dictadura para lograr adhesiones a sus gestiones dentro de distintos sectores de la sociedad cordobesa, mientras, en simultáneo, operaba un aparato destinado a perseguir y eliminar opositores.

Esa estrategia se montó a partir de una comunicación planificada, que se articuló con operaciones simbólicas y la construcción de relatos a modo de herramientas para generar adhesión o, al menos, neutralizar resistencias. Dicho sin eufemismos: no bastaba con disciplinar cuerpos, había que ordenar conciencias.

El libro pone en evidencia, entonces, la destreza política de quienes conducían el aparato administrativo de la provincia. Uno de los núcleos más incómodos del texto, precisamente, es la reconstrucción de las alianzas que la dictadura articuló con sectores civiles.

El empresariado, lejos de ser un actor pasivo, aparece como parte activa de ese entramado. Instituciones económicas respaldaron al régimen, vinculando producción y “guerra contrarrevolucionaria”.

En ese ecosistema se inscribe también la creación de la Fundación Mediterránea, cuya proyección posterior obliga a repensar continuidades entre dictadura y democracia.

Orden, familia, producción

La escala provincial es, para Tcach, un espacio fundamental para visualizar con mayor nitidez esas dinámicas. La conclusión, en su texto, es que las gobernaciones de Carlos Bernardo Chasseing y Adolfo Sigwald no fueron meras administraciones, sino verdaderos dispositivos de poder.

Chasseing, según demuestra Tcach, fue “el rostro más político y amigable” de la dictadura en Córdoba: combinó cercanía con elites económicas y culturales con un fuerte control institucional, donde el Ministerio de Gobierno operaba como núcleo del disciplinamiento social. Legalidad y clandestinidad no se oponían: se complementaban.

La gobernación de Sigwald profundizó esa lógica, con una composición sociológica que no varió respecto a la anterior etapa: “Siguieron colaborando o formando parte del gobierno sectores tradicionales vinculados al viejo patriciado cordobés, al poder judicial y a la Iglesia católica”, señala Tcach.

En esa fase, el sucesor de Chasseing incorporó empresarios en áreas clave, impulsó obra pública y programas sociales, y buscó reforzar la legitimidad del régimen sin alterar su estructura autoritaria.

El mensaje era claro: orden, familia, producción. Una narrativa que no sólo reprimía, sino que también intentaba persuadir.

Sin embargo, detrás de esa fachada institucional, el poder real tenía otro epicentro: el III Cuerpo de Ejército. Luciano Benjamín Menéndez es, por supuesto, el amo y señor más recordado de ese foco de poder que constituyó el núcleo duro de la represión.

El libro de Tcach pone de relieve, entonces, los recursos con los que la gobernación provincial funcionó como el rostro amable de aquella usina represiva. Según el autor, el control militar de la provincia se combinó con cotidianas acciones comunitarias y gestos de cercanía con la sociedad, que reforzaban sutilmente el control social y cultural a partir del apoyo de actores relevantes de la vida económica e institucional.

Un giro

La etapa final, con Rubén Pellanda, refleja el desgaste del modelo. El intento de sostener la disciplina y el sistema de valores instaurado convivió con una creciente presión hacia la apertura.

Tras la Guerra de Malvinas, la dictadura ya no logró cerrar el sistema: empezó a resquebrajarse. Pero incluso en ese contexto, las lógicas de control no desaparecieron de inmediato, tal como lo muestra la investigación de Tcach.

Otro punto relevante del libro es la situación de los partidos políticos. Radicales y peronistas fueron vigilados, intervenidos y perseguidos. Sin embargo, Córdoba mantuvo una densidad política particular. Esa persistencia, en condiciones adversas, ayuda a explicar su papel en la transición democrática.

La gran virtud del trabajo de Tcach es evitar la comodidad moral de una explicación lineal. No relativiza la represión, argumento que sería insostenible, pero muestra que el régimen también construyó apoyos. Y ahí radica la incomodidad: obliga a mirar no sólo a los verdugos, sino también a las zonas grises de la sociedad.

Porque si algo deja este libro es una idea difícil de digerir: las dictaduras no gobiernan en el vacío. Necesitan redes, acuerdos, silencios, complicidades. No alcanzan las botas si no hay, en algún nivel, aceptación.

Ese es, en definitiva, el giro que propone Tcach. Y también su mayor provocación intelectual.

No se trata sólo de recordar lo que pasó en la década de 1970, sino de entender cómo fue posible. Porque el problema de las dictaduras no es sólo cómo empiezan, sino por qué, durante un tiempo, funcionan. Y esta es la idea que atraviesa todo el libro.