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Brasil, tan cerca y tan lejos

Debemos complementarnos con Brasil y buscar nuevas áreas de negocios. Cualquier cosa, menos competir inútilmente o tomar decisiones unilaterales. Esteban Dómina.

30 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
Esteban Dómina (Ex presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior -Bice)
Brasil, tan cerca y tan lejos

Lo primero que debemos hacer es quitarnos de la cabeza el complejo, ése que nos hace ver a Brasil más grande y virtuoso de lo que realmente es. Si la realidad fuera tan formidable como la pintan algunos, Dilma Rousseff hubiera ganado en primera vuelta. Y no fue así. Sus propios compatriotas la obligaron a reflexionar durante casi un mes, antes de seguramente ser ungida mañana como la primera presidenta del vecino país. Primero. Es cierto que la superficie de Brasil es el triple de la de la Argentina; que quintuplica nuestra población y otro tanto ocurre con el tamaño de su economía. Pero es igualmente cierto que, pese a los logros obtenidos en los últimos años, exhibe problemas y contrastes acordes a su magnitud. Dicho esto sólo para poner las cosas en contexto. Segundo. Hay que tomar nota de que Brasil, dado su escala, es un jugador global antes que regional. Su enorme potencialidad lo coloca junto a Rusia, India y China en el llamado Bric (sigla formada por la inicial de cada uno de los países), el prometedor lote de naciones emergentes en los últimos tiempos. Tercero. Hay que asumir que muchas de las ventajas que nos sacó Brasil se vinculan más a nuestra propia desaprensión que a la mala suerte. Algunos ejemplos: envidiamos el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), una poderosa entidad que apalanca el aparato productivo y la internacionalización de empresas brasileñas. Muy bien, nosotros lo tuvimos en la misma época, en la década de 1950, pero lo perdimos en el camino; ellos, no. Otra: hoy compramos aviones a Embraer para la flota de Aerolíneas, cuando supimos tener la industria aeronáutica más avanzada de Sudamérica. Una más: hace algunas décadas, teníamos el mismo plantel ganadero y les vendíamos carne; hoy, tienen tres veces más vacas y son el principal exportador de carne del mundo. Y si no bastase, fijémonos qué pasaba con nuestra YPF mientras Petrobras se convertía en un gigante petrolero. Desencuentros y encuentros. La relación entre la Argentina y Brasil nunca fue un lecho de rosas, sino más bien un espacio de celos y rivalidades que vienen desde los tiempos de la conquista, cuando los portugueses pisaron primero aquellas costas y los españoles, las nuestras. La tensión entre ambas naciones subsistió en los siglos siguientes, al punto que en 1826 hubo una guerra por la posesión de la Banda Oriental. Y aunque por fortuna no se volvió a caer en lo mismo, la relación fue de recelo mutuo hasta bien entrado el siglo pasado, sobre todo cuando ambos países soportaron dictaduras y una geopolítica pasada de moda aconsejaba mostrarse los dientes. Las cosas cambiaron y mucho cuando los presidentes Raúl Alfonsín y José Sarney firmaron el Tratado de Asunción y dieron a luz el Mercado Común del Sur (Mercosur). Entonces, en forma gradual, la tensión dio lugar a la complementación y la relación pareció encaminarse en la dirección correcta. Sin embargo, la alianza regional se quedó a mitad de camino, arrojando resultados desparejos, muy positivos para algunos rubros y no tanto para otros. Tampoco se logró el objetivo de encarar en conjunto los mercados internacionales, la gran asignatura pendiente, Es que, hoy por hoy, Brasil mira hacia el mundo antes que a la región –en el pasado debate electoral, hubo escasas referencias al Mercosur y menos aún a la Argentina–, pero en lugar de lamentarlo, debemos ver el suceso brasileño como un espacio de oportunidades y un conducto para incidir también nosotros en el escenario global. Una nueva relación. La pregunta del millón es si, en razón de las asimetrías actuales y la brecha macroeconómica, podemos ser socios en igualdad de condiciones o si estamos condenados a la "brasildependencia". Un riesgo bien palpable, teniendo en cuenta que ese país es el principal destino de las exportaciones argentinas y de Córdoba en particular. Y esto sin mencionar que muchas de nuestras compañías pasaron a manos brasileñas, algunas en sectores estratégicos. La buena noticia es que la enorme demanda interna de Brasil puso a buen cubierto a industrias importantes, como la automotriz, que de no ser así no podría alcanzar este año niveles récord de producción.Para revertir las tendencias actuales, debemos buscar la mayor complementación posible entre ambas economías y, en lugar de mortificarnos con las oportunidades perdidas o rezar para que el gigante vecino no devalúe su moneda –una espada de Damocles que siempre pende sobre nosotros–, imaginar nuevas áreas de negocios compartidos que permitan aprovechar un mercado cercano de esas dimensiones y, de paso, achicar la brecha existente. Cualquier cosa, menos competir inútilmente o adoptar decisiones unilaterales que luego dan lugar a represalias o interminables rondas de negociaciones. En síntesis, sin dramatismo ni deslumbramiento –los dos extremos–, debemos tomar de manera positiva el buen momento por el que atraviesa la economía de Brasil y su peso creciente en el concierto internacional. Fortalecer la relación desechando la fantasía de que sólo con venderles lo que hoy nos compran tenemos nuestro destino económico asegurado. En otras palabras: recorrer un camino propio de desarrollo, basado en las potencialidades y virtudes específicas, y en ese marco aprovechar la vecindad con Brasil, dejando a salvo nuestra independencia, identidad y prestigio.