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El botín de la historia

Cada vez que se discute cuál es el país que queremos tener entre manos para marchar al porvenir, debemos revisar siempre la conciencia que tenemos del ayer. Alejandro Mareco.

13 de noviembre de 2011 a las 12:01 a. m.
El botín de la historia

El presente es todo lo que tenemos para ejercer la vida que nos ha tocado. Pero, claro, nunca nos alcanza para comprender la dimensión en la que estamos parados; es que somos hijos del ayer y padres del mañana, así en el mandato biológico como en nuestra conciencia (o inconsciencia) de navegantes en el río de la historia. El hombre es un animal político, decía Aristóteles, y la frase es una de esas que caben en el puñado de sentencias esenciales con las que el pensamiento ha conseguido poner a la especie frente al espejo de las palabras, nuestra gran invención. La mirada frente a los hechos y a los protagonistas de la historia, lejos de ser una mirada perdida hacia las brumas del pasado en busca de signos de luz, es inherente a nuestra condición de seres políticos. La lectura del ayer nos da un lugar bajo el sol del presente, una guía para pararnos frente a los acontecimientos de hoy y su proyección al porvenir. Es por eso que la historia es un gran botín, por el que se consumen, de generación en generación, tantas energías. Hay tanto poder en esa mirada, como que nuestra memoria argentina está hecha de una puja en la que se impusieron algunos conceptos y protagonistas, mientras que otros fueron soslayados o ninguneados, según el cristal de los intereses de los que tuvieron las herramientas, los medios, para escribir la historia. Vaya como ejemplo Bernardino Rivadavia, el hombre y el nombre: acérrimo defensor del interés porteño a costa de la desventura del interior, enemigo de San Martín, traidor de la causa americana e inventor de la deuda externa para regocijo inglés, es un astro de la toponimia nacional. No sólo tiene grandes homenajes en Buenos Aires (“la calle más larga”), sino en todo el interior, como fruto de la imposición de un modelo de país durante décadas y su correlato histórico. “Es una reivindicación de Bustos. Si son sus restos, lo importante es que estén junto a los de Paz. Tenemos que terminar con esa diferencia que hoy ya no sería posible”. El hombre que habló dijo nombre y apellido: José Girona, y aclaró que era de Viamonte, localidad al sudeste de Córdoba. Sucedió el martes último, frente a la Catedral, detrás de las vallas, donde estaba la gente que era público. Era una de las maneras de ver esa tarde, cuando la enorme figura de Juan Bautista Bustos era oficialmente reivindicada, al cabo de casi dos siglos. Bustos ha sido uno de esos negados por los que escribieron la historia, a pesar de tener tantos pergaminos (héroe en las Invasiones Inglesas, guerrero de la Independencia, aliado de San Martín, gran impulsor del federalismo a través del Motín de Arequito) que lo convierten en un prócer nacional, no sólo cordobés. Pero fue sepultado bajo el manto de olvido de la conveniencia ideológica de la historiografía oficial. Hasta San Martín, con tanto bronce e idealización suprahumana, fue casi despojado de su esencia de revolucionario americano y hombre político. Por eso, cada vez que se discute cuál es el país que queremos tener entre manos para marchar al porvenir, debemos revisar siempre la conciencia que tenemos del ayer. Si ese país que queremos tiene que ver con la razón americana de ser, con la defensa de los intereses de cada pueblo, pues la historia nos da espejo en el que mirarnos.