Billetes y judíos
En gran parte de Europa, la práctica de la mayoría de los oficios estaba vedada a los judíos, al igual que la compra de inmuebles y los estudios universitarios. Marcelo Polakoff.
En estas épocas de escasez de circulante, como buenos paisanos tenemos bastante para decir al respecto. Sucede que la asociación de ambos términos ("billetes" y "judíos") es, muchas veces, lamentablemente automática. Pero tiene su muy fundada razón de ser, aun cuando muchos se resistan a reconocer la prístina verdad.El origen del judío presentado como usurero, y prácticamente concentrado en forma exclusiva en todo lo atinente al dinero, tiene que ver con la nefasta historia del antisemitismo medieval europeo, tristemente avalado –e incluso a menudo potenciado– por las ocasionales autoridades vaticanas.Y no es que me guste el rol de víctima, pero es un dato objetivo que en gran parte de los nacientes estados de Europa la práctica de la mayoría de los oficios (con su consecuente pertenencia a los gremios) estaba vedada por ley a los judíos; asimismo, éstos tenían prohibida por completo la adquisición de tierras y bienes inmuebles y, por si fuera poco, también el ingreso a las universidades. Por estos y otros tantos motivos, las autoridades locales los utilizaban para hacer aquello que nadie quería hacer en su propio nombre: cobrar impuestos y prestar a interés. Una ecuación notable que, a lo largo de los siglos, fue haciendo mella en la conciencia cultural popular, a tal punto que el mismo William Shakespeare pudo retratar al horrendo personaje de Shylock en El mercader de Venecia sin haber visto en su larga vida (ni en vida de su tatarabuelo) a un solo judío en persona, ya que habían sido echados de las islas de Inglaterra –islas de las cuales el prejuicioso William nunca salió– tres siglos antes, en 1391.Pero a veces las condenas son más poderosas que los calendarios y las geografías, y esta supuesta codicia, mezclada con un tanto de astucia maligna y de holgada tacañería, ha persistido en el imaginario colectivo hasta la actualidad, cuando se escucha la voz "judío". ¡Si hasta en el diccionario de la Real Academia Española todavía aparece como sinónimo de "avaro"!Igualmente, creo que hemos aprendido a convivir con este mote y también a recibir con humor las respectivas chanzas asociadas, siempre y cuando vengan "con buena leche". De hecho, es evidente que los complicados vericuetos de la economía, después de tantos siglos, han pasado a formar parte inherente del enorme legado del tesoro judío.Sin embargo, el dinero siempre fue visto desde la tradición hebrea sólo como un medio y nunca como un fin en sí mismo. Un medio para generar mayor riqueza, lo que necesariamente debería traducirse en mayor bienestar, mayor justicia y mayor equidad. Ahora bien, cuando la riqueza es descontrolada, impiadosa y concentrada, las consecuencias son casi idénticas a las de la pobreza. Es probable que por ello la tradición judía prescribe las normas de la tzedaká , que podría traducirse como "justicia social", por medio de las cuales un mínimo de un 10 por ciento de las ganancias debe ser distribuido entre quienes, momentáneamente, precisan de una ayuda monetaria. La idea, como casi siempre en esta área, es balancear la injusticia que de modo inexorable el mercado produce cuando es dejado tan solo a sus anchas. Curiosa la temática, ¿verdad? Pero más curioso aún es el origen de la palabra "billete", que viene del francés billet como una alteración de bullette , abreviatura, a su vez, del latín medieval bulla , que no era otra cosa que una carta o un acta con un sello, donde se originaron las famosas bulas papales. Entre ellas, algunas no muy santas en las que se prohibían ciertas profesiones y derechos para los judíos…Se ve que el tema de los billetes también tiene contenido interreligioso.

