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Arrieta de Ávila

En el recorrido histórico de nuestra Córdoba, han estado presentes quienes volcaron en sus páginas ese comentario locuaz al describir lo que tenían frente a sus miradas. Efraín U. Bischoff.

04 de septiembre de 2010 a las 12:01 a. m.
Efraín U. Bischoff (Historiador)
Arrieta de Ávila

Quienes tenemos cierta predilección en enfocar en los escritos temas del pasado de la provincia de Córdoba, no siempre nos detenemos en la evocación de figuras de la literatura, y mucho menos cuando han pasado su existencia tocando textos de poca seriedad. Creemos que ellos no nos hacen ningún favor en nuestra tarea, efectuada casi siempre con ánimo de alcanzar nombradía y popularidad. Y, precisamente, es todo lo contrario, puesto que largarse al abordaje de esas imágenes humanas requiere una seriedad capaz de descubrir las auténticas raíces de lo producido por ellas.En el recorrido histórico de nuestra Córdoba, han estado presentes, en ciertos tramos de mucha severidad política y religiosa, quienes volcaron en sus páginas ese comentario locuaz al describir lo que tenían frente a sus miradas. Nos proponemos, y aun con riesgo de no lograr en profundidad lo que quiso decir nuestro elegido, quedarnos ante don Manuel Arrieta de Ávila. En los días de agosto, él solía andar por las nada prolijamente pavimentadas veredas, apoyado en su bastón y caminando sin prisa, para evitar dar un tropezón y caer con todo el cuerpo, teniendo así que esperar la ayuda de algún vecino comedido que lo levantara.El caso es que Arrieta de Ávila era español, había nacido en Cádiz en 1858, en un hogar formado por don José María Arrieta y doña Elvira Ávila, los que en las conversaciones con sus amistades no dejaban de sacar a relucir los nombres de quienes habían sido sus antepasados. Por supuesto que no se acordaban de los que habían cometido alguna fechoría, sino siempre de los de alto rango social, aunque tuvieran una conducta dormilona en todas las reuniones a las que los llevaban. Don Manuel aterrizó en nuestra ciudad de Córdoba luego de haber establecido correspondencia con algunos connacionales llegados pocos años antes. Él, en cambio, no pensaba salir de la península y se entreveró en cuestiones políticas, con tan mala fortuna que, de pronto, largó un lanzazo a quien, por tener mayor envergadura en el reino, le hizo saber que, si no se calmaba, lo iba a meter entre rejas en alguna prisión. Don Arrieta no vaciló. En una madrugada cualquiera, se hizo meter en la bodega de un bajel y no asomó hasta entrar en el Río de la Plata. Y después, a Córdoba. Algunas manos amigas lo ayudaron y, hombre de buen talante en las reuniones sociales, terminó por conquistar a una niña, Rosario Gigena, y la llevó al altar el 2 de octubre de 1886, prometiéndole ser un esposo fiel, como lo fue. Estaba siempre al tanto de lo que ocurría en España y en otros países de América, y cuando José Martí comenzó en Cuba su campaña de liberación del dominio español, don Arrieta no aguantó más. La experiencia que tenía del periodismo lo hizo largar unas páginas de un semanario titulado La Guerra, que apareció el 29 de mayo de 1898, en el que se despachó ácidamente contra los insurgentes cubanos. Lo habían llamado a su juego, puesto que ya en 1894 había colaborado en La República , en el que no siempre lo dejaban decir lo que él quería. Nos parece oportuno retornar a ciertas líneas nuestras evocadoras de Arrieta de Ávila, pues el aludido se mostró en "toda su sagacidad y, a la vez, con espíritu mordaz y chacotón en las páginas de su libro Fruta de Córdoba. Cabezas y calabazas . En un verso suelto, hizo la semblanza de varios personajes de nuestra Córdoba. Con mucha habilidad por numerosos envidiada, con gracejo y vigor, su pluma fácil y liviana parecía pedir cancha, como él solía decir, cuando un asunto despertaba su interés. Falleció en Córdoba el 29 de agosto de 1910 y en el volumen aludido dijo de él lo siguiente: "Constantemente en acción / y errándole a cada paso, / es del humano fracaso / viviente demostración. / Y no hay exageración / si a la conclusión arribo / que es peor que nulidad, / porque Arrieta en puridad, / tiene el valor negativo / de toda calamidad".Antes de aparecer el libro, leyó esas palabras y las subrayó con una carcajada de todos.