Debate. Argentina en la mira de los ayatolás
En medio de una guerra con alcance global, Milei pone al país en una de las trincheras respondiendo a sus pulsiones y excitaciones personales.
Los embajadores extranjeros aplaudieron encantados las palabras de la princesa. Buckingham Palace le había redactado el breve discurso oficial para esa recepción de diplomáticos, pero Margarita Windsor, con candor adolescente, en lugar de leer el papel que tenía en su mano, dijo lo que le salió espontáneamente y a los agasajados resultó tan simpático y amable.
Al día siguiente la visitó el primer ministro y le preguntó con gesto adusto por qué no había leído el mensaje protocolar que le habían redactado. Ella respondió “porque quise ser auténtica” y, con severidad, Winston Churchill volvió a preguntar: “¿Y quién le dijo a usted que su rol cuando representa al Estado es ser auténtica?”.
En el caso de que se trate de una cuestión de autenticidad lo que lleva a Javier Milei a bramar insultos en actos oficiales y a hacer política exterior en primera persona, cabría preguntarle lo mismo que aquel estadista le preguntó a la hija del rey Jorge VI.
Así ocurriría si hubiera alguien en la oposición o en el oficialismo que entendiera la democracia y el Estado como los entendía el histórico líder conservador británico.
Es grave que, movido por sus pulsiones del momento, el Presidente posicione al país en escenarios peligrosos sin consultar al Congreso ni tener claridad sobre su mandato institucional.
Que en otros países Milei se exprese en primera persona es grave y revela una anomalía en su visión del sistema liberal-demócrata, además de que pueden ser muy graves las consecuencias.
Es peligroso que se exprese a sí mismo cuando sólo cabe expresar a la sociedad que representa. “No me cae bien Irán”, dijo en la universidad neoyorquina Yeshiva. “Tengo una alianza estratégica con Israel y con Estados Unidos”, añadió.
Esos “me” y “tengo” deberían causar estupefacción. Una señal de que actúa como soberano aunque sea sólo un mandatario, ergo, el gobernante de una democracia que debe cumplir el mandato que le confirió la sociedad.
En ese mandato no figuran los posicionamientos de Argentina que hace Milei actuando en nombre propio. Esos posicionamientos constituyen una aberración política en los parámetros liberal-demócratas y una irresponsabilidad en términos geopolíticos.
Que el régimen iraní sea anacrónico y criminalmente represivo no es la cuestión central en este caso. Si de combatir a villanos se trata, también se podría poner al país en la trinchera de Pakistán y su tenue democracia en la guerra que libran contra el demencial régimen afgano.
Los israelíes tienen una razón objetiva para querer destruir el régimen iraní que lleva casi medio siglo queriendo borrar del mapa a Israel y matando judíos. Esa dictadura oscurantista es una amenaza existencial para los israelíes. Pero no es lo mismo para la sociedad norteamericana y así lo revelan las encuestas, así como tampoco lo es para Argentina.
Las justificadas acusaciones al régimen de los ayatolás por las dos masacres perpetradas en Buenos Aires no implican que el régimen del chiismo duodecimano sea una amenaza existencial para los argentinos. Una cosa es mantener las denuncias y acciones políticas y diplomáticas contra los presuntos responsables iraníes, y otra es exponer al país en una guerra impredecible y de inmensa peligrosidad.
Milei no tiene “alianzas estratégicas con Israel y con Estados Unidos”, sino con Benjamin Netanyahu y con Donald Trump. Si en las próximas elecciones israelíes y norteamericanas vuelven gobiernos de centroizquierda en ambos países, va a entender que él no se identifica con los estados que nombra, sino con los liderazgos extremos que hoy los gobiernan.
Uno de los problemas argentinos es que, desde el primer día, el Presidente hizo política exterior en primera persona. Sus agravios a líderes de otros países y la cantidad de viajes que hizo al exterior para subir a cuanto escenario ultraderechista se pone a su alcance son también señal de la misma patología.
Ahora, en medio de una guerra con alcance global, Milei pone al país en una de las trincheras respondiendo a sus pulsiones y excitaciones personales.
Una cosa es mantener la denuncia contra el régimen iraní por los atentados de los años ’90 y otra muy distinta es que sea sensato y responsable actuar en nombre propio en un escenario de alto riesgo.
La respuesta de Irán fue amenazante y, por sus antecedentes en acciones exteriores criminales, debe ser tomada en serio.
Argentina debe estar más cerca de una democracia que de una teocracia. Aunque el actual Gobierno israelí es controversial y extremista, Israel es una democracia que jamás reprimió protestas haciendo correr sangre de israelíes como tantas veces hizo el régimen de Irán con su pueblo. Pero poner al país en un escenario tan peligroso argumentando la oscuridad del régimen persa es otra cosa.
En Argentina hay pocas voces con valor y autoridad moral para decirle al Presidente que actúa de manera arbitraria y peligrosa. Pero la corrupción de los anteriores gobernantes y la mediocridad de los actuales opositores no justifican el estropicio que comete Milei al actuar representándose a sí mismo.
Politólogo y periodista

