Mundo. Algo que Argentina debe aprender de Lula
Argentina debiera tomar nota del vínculo que Lula tuvo con el vicepresidente de sus dos primeros mandatos y que ahora mantiene con su actual vicepresidente.
La dirigencia política argentina tiene varias cosas que aprender de Lula. Una de ellas es mantener una relación institucional sólida y respetuosa con sus vicepresidentes, incluso generando amistad.
En Argentina, las fórmulas presidenciales constituyen estafas a los votantes, porque se establecen sólo para dar imagen de armónica convivencia en la amplitud política, pero luego queda en claro que quienes aparecen juntos y sonrientes en las boletas en realidad se detestan y lo hacen de manera pública.
Néstor Kirchner ignoró a su vicepresidente, hasta que Daniel Scioli dijo algo que no le gustó y lo degradó al quitarle la Secretaría de Turismo sobre la que el exmotonauta había pedido gravitar desde la vicepresidencia. Desde entonces, Kirchner lo marginó ostentosamente hasta el final de su mandato.
Más violenta aún fue su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, con el radical Julio Cobos. Dejando en claro que la “transversalidad” no había sido más que un mentiroso eslogan de campaña, la entonces presidenta ignoró a su vicepresidente desde el primer día y, tras el “voto no positivo” del mendocino, no pasó un día sin denigrarlo a través de su potente aparato de propaganda.
Lo mismo hizo Cristina con quien ella había convertido en presidente. Los maltratos públicos de la entonces vicepresidenta no dieron tregua a Alberto Fernández, rompieron el gobierno por dentro, lo volvieron disfuncional y, finalmente, fallido.
Batiendo todos los récords en materia de estafa electoral con la fórmula presidente-vice, Javier Milei traicionó lo acordado con Victoria Villarruel antes de asumir el mandato, al entregar las áreas militar y de seguridad a Patricia Bullrich y a Luis Petri.
Los actuales presidente y vicepresidenta iniciaron sus mandatos detestándose de manera pública e impúdica. Y el más agresivo y menos respetuoso de la investidura propia y de la persona defenestrada, desde el vamos, fue Javier Milei.
Al lanzar contra Villarruel acusaciones tan peligrosas como la de ser una “traidora”, el presidente ultraconservador llegó al extremo de poner a la vicepresidenta en riesgo de agresión física, además de las cataratas de insultos y difamaciones que le propinan su violento aparato de propaganda y sus chacales en las redes.
En lugar de naturalizar semejante estafa política convertida en regla, Argentina debiera tomar nota del vínculo que Lula tuvo con el vicepresidente de sus dos primeros mandatos y que ahora mantiene con su actual vicepresidente.
El líder del PT generó resistencia en su partido cuando llevó como compañero de fórmula al industrial y dirigente empresarial José Alencar, que había pertenecido al centroderechista Partido Liberal y luego pasó al conservador-religioso Partido Republicano do Brasil, creado por pastores de la Iglesia Universal. Sin embargo, con Alencar no sólo tuvo una excelente relación institucional, sino que además forjó con él una sólida amistad. Incluso se emocionó y lloró hablando de José Alencar en un acto público.
También se quejaron los “puristas” del PT cuando eligió al exgobernador paulista y dirigente del centroderechista PSDB, Geraldo Alckmin. Con esa fórmula derrotó a Jair Bolsonaro en la última elección y ahora decidió repetirla en la elección presidencial de noviembre, a pesar de varias recomendaciones contrarias.
Para muchos observadores y analistas, con sus 80 años Lula necesita como compañero de fórmula alguien que sea joven, para contrarrestar ese activo que sí tiene Flavio Bolsonaro, el hijo del expresidente ultraderechista y actual candidato por esa vereda política. Los 73 años de Alckmin no rejuvenecen lo necesario la fórmula que encabeza Lula.
También son muchos los que consideran que sería más competitiva la fórmula oficialista si a Lula lo acompañara un conservador menos moderado que Alckmin. El líder del PT volvió a generar amistad, además de respeto y armonía institucional, con su vicepresidente. Y puso ese valor por delante al armar la fórmula para noviembre.
Otra lección de Lula es hacer coaliciones amplias que van desde la centroizquierda a la centroderecha, como las que hizo en sus tres gobiernos y anunció que mantendrá en la búsqueda de su cuarto mandato. También fue lo que recomendó a Dilma Rousseff cuando gobernó con Michel Temer en la vicepresidencia.
Cuando el PT hizo una coalición que no incluyó a la centroderecha en la fórmula, perdió la elección presidencial. Fue porque el candidato a presidente, el petista Fernando Haddad, llevó como candidata a vice a Manuela d’Ávila, del Partido Comunista.
Hay otra lección de Lula para tener en cuenta en Argentina. Si bien eludió la posición crítica que debió tener frente a dictaduras como las de Venezuela y Cuba, así como también es cuestionable la neutralidad frente a la invasión de Rusia a Ucrania, es respetuoso en el trato con los demás gobernantes del mundo y cuida de no involucrar a Brasil en conflictos ajenos potencialmente peligrosos.
Después de las “relaciones carnales” de Menem y del amiguismo con caudillos populistas como Chávez y Maduro, el país pasó del bochornoso memorándum con Irán al “estamos en guerra” y “vamos a ganar” que Javier Milei proclama de manera irresponsable y negligente.
Su alineamiento personal y acrítico con Donald Trump y Benjamin Netanyahu lo lleva a hacer política exterior en primera persona, tanto en lo que se refiere a insultar a gobernantes extranjeros (Pedro Sánchez, Lula, Gustavo Petro y AMLO, entre otros) como a posicionar el país en una guerra tan impredecible y peligrosa como la de Oriente Medio.

