Economía y política. Anotaciones sobre el modo de producción argentino

Argentina parece sentirse cómoda en el lugar de la excepción que confirma la regla. Desafiamos cualquier predicción y evidencia. Probablemente creamos que hemos descubierto una suerte de “modo de producción argentino”, una forma singular de enfrentar los avatares económicos.

10 de abril de 2026 a las 11:22 p. m.
Anotaciones sobre el modo de producción argentino
El presidente Javier Milei.

La pretensión tácita o confesa de toda teoría sociológica consiste en el descubrimiento de leyes que rigen la historia humana, que tengan validez universal, que sean aplicables a toda situación y circunstancia. Ello encierra también una ambición predictiva.

Karl Marx pensó que había descubierto una secuencia histórica inamovible de modos de producción que transitaban desde las sociedades primitivas al socialismo, pasando por el esclavismo, la era feudal y el capitalismo. Cuando apareció una sociedad que no encajaba en su estricta taxonomía, insertó el “modo de producción asiático”.

En el mismo sentido, se atribuye al economista Simon Kuznets el quebrantamiento de una clasificación muy popular. Dijo que existen cuatro tipos de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y la Argentina. Golpea, con ironía, sobre la relación entre recursos naturales y el grado de desarrollo. Japón, con extensas carencias, integra el pequeño núcleo de países altamente desarrollados, y la Argentina, con una gran dotación de recursos naturales, chapotea en el estancamiento perpetuo.

La excepción y la regla

Argentina parece sentirse cómoda en el lugar de la excepción que confirma la regla. Desafiamos cualquier predicción y evidencia. Probablemente creamos que hemos descubierto una suerte de “modo de producción argentino”, una forma singular de enfrentar los avatares económicos.

Al relajamiento fiscal populista y la emisión sin límite que amenaza con un estallido hiperinflacionario, lo sucede un ajuste imprescindible que siempre resulta doloroso y afecta las economías familiares de la clase media, que inicialmente apoya las correcciones, pero que, pasado un tiempo, comienza a quejarse y a buscar soluciones a su asfixia.

Empiezan a resultar otra vez gratos los cantos de sirena del populismo, con su promesa de mayor actividad económica, menores tasas de interés relativas, mayor circulación de dinero. Así pasó con Mauricio Macri, y no es descartable que vuelva a suceder ahora, con Javier Milei.

Nadie puede explicarse qué nos pasa, por qué no llegamos nunca a la vecindad de los países económicamente más poderosos del mundo. De manera sucesiva, vamos comprando diversas explicaciones que nos satisfacen y, sobre todo, nos exculpan.

En estos años, nos hemos abrazado a la convicción de que, una vez eliminado el déficit fiscal, desaparecería la inflación. Pero esto no está sucediendo. El Banco Central no fue dinamitado y de la dolarización ya no se habla. Eran puros mascarones de proa de campaña electoral.

Lo que sí tenemos es una disminución de los ingresos del grueso de la población y una caída del nivel de actividad económica, excepto tres o cuatro sectores que entusiasman a los inversores, pero que no tienen demasiada repercusión en el conjunto de la economía.

Hace un par de días, el Indec publicó cifras que denotan una fuerte baja interanual en la industria manufacturera y en la construcción.

Ante la evidencia del deterioro, que era ya extensamente percibido por la población, el Presidente no tuvo más remedio que cambiar su discurso. Pasó de la euforia al reconocimiento de los problemas y al pedido de paciencia. En buena hora.

Cada día aparece más gente que reconoce, con rubor, que si bien rechaza al peronismo en su versión kirchnerista, su situación económica era mejor antes de este gobierno. El impacto del ajuste sobre los bolsillos era fácil de pronosticar, y muchos de los votantes de Milei mantuvieron durante dos años el apoyo al Presidente pese a sus padecimientos personales. Pero esa adhesión no dura para siempre, menos aún si la asfixia económica continúa.

A juicio de muchos, la razón por la que Macri entró en un cono de sombra fue por la falta de dureza de sus transformaciones. De Milei no puede decirse lo mismo, claro. Hasta ahora, él lucía despreocupado por los problemas de la gente de a pie.

Si las cuentas cierran y el dólar no sube, este país va rumbo a la gloria. Parece que ahora ha cambiado. Habrá que ver si eso deriva en correcciones significativas al programa económico.

Sobre llovido, Adorni

Uno de los atributos más valorados del Gobierno actual era el contraste entre el alto grado de corrupción del peronismo y la promesa de “el que las hace, las paga”, que abría las puertas a un tiempo de honestidad en el manejo de lo público.

Pues bien, este aspecto de la imagen presidencial está siendo horadado por varios casos que muestran flaquezas al momento de tentarse con los recursos estatales.

Los casos de $Libra, Andis, Manuel Adorni y ahora los créditos de Banco Nación hacen que la imagen del Gobierno en materia de corrupción diste ya de ser impoluta. El éxito del Gobierno en el control del gasto público parece tomarse un descanso cuando se trata de su propia tropa. Además, el Presidente elige proteger a los infractores. Los abraza y bendice, y perjudica así aún más su imagen.

Con estos datos a la vista, cabe preguntarse si estas circunstancias no están allanando el camino hacia una restauración peronista.

Aún es prematuro arriesgar una opinión en esa dirección.

Pero estamos en Argentina, país donde lo que parece imposible se corporiza rápidamente.

Analista político